Portada

 De nuestros reporteros

Haití: el infierno de este mundo

 Galerías

 Conozca Haití

 Mensaje de los Cinco

De nuestros reporteros

3 de junio de 2010

Ayudas cuestionables

Cuando el mundo vuelve a reunirse para pactar la ayuda a Haití, bien vale mirar con luces más largas

LETICIA MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
Foto: JUVENAL BALÁN
Enviados especiales

PUERTO PRÍNCIPE, Haití.— Casi cinco meses han pasado desde que colgaron aquel cartel. Todavía no estaban armadas todas las chabolas, aún no había suficiente tela para tapar del sol a los niños, pero ahí pendían aquellas letras inmensas pidiendo ayuda en todos los idiomas posibles. Entonces era probable que un camión blindado, al estilo de una caravana de guerra, llegara hasta los predios de tantos desplazados para repartir, o "lanzar", los sacos de arroz. Aún están frescas en la memoria las imágenes de la guerra sin cuartel al pie de los furgones que traían alivios para el hambre, y desazón para quienes debían regresar al quimbo con las manos vacías, pues no clasificaron en la absurda ley del más fuerte.

La ayuda a Haití será cuestionable mientras no pase de los límites de la emergencia para convertirse en un auxilio a largo plazo.

Aunque el cartel siga allí, impasible, en donde miles de haitianos plantaron su "hogar", mucho ha amanecido desde entonces: han llovido críticas por la ayuda prometida que tarda en recibirse, por la que llega y no se reparte aduciendo problemas logísticos, también por una enraizada corrupción, y hasta dosis de indolencia; se ha reunido el mundo en una engañosa conferencia de donantes para bailar al son de los millones que se pactan pero no llegan; se ha convertido esta capital en una pasarela de famosos, que ha visto desfilar desde el controvertido Ricky Martin, la glamorosa Angelina Jolie, la sensual Shakira, la estilizada Cristina Aguilera, hasta el romántico Julio Iglesias, que llegó a entrevistarse con el presidente René Preval, ojalá para no decirle que la vida sigue igual.

Mientras, los haitianos ni se enteran, o si lo hacen no le ponen esperanzas después de tantas promesas sin cumplir. Y es que la ayuda a Haití llevará el cartel de cuestionable mientras no pase de los límites de la emergencia para convertirse en un auxilio a largo plazo, en una mano tendida que mire más allá de la cantidad de comida por entregar, de los galones de agua a repartir, de las dosis de vacunas a inyectar... De nada valdrá que el aeropuerto vuelva a repletarse de aquellas pacas, de aquellos voluntarios, cuando existe un país sin infraestructura para repartirla, cuando más que sabido está que quienes vienen pronto regresan con la foto del "haber cumplido", dejando tras de sí un sinfín de problemas sin resolver.

Ya me lo decía una tarde de enero aquel sabio anciano que sentado a la puerta de lo que alguna vez fue su hogar, cuestionaba ciertos auxilios: "No necesitamos pescados, necesitamos que nos enseñen a pescar, necesitamos que nos den la vara para hacerlo nosotros mismos". Razón tenía el hombre de tantos años, razón al hablar de un país que ve endurecer sus suelos por falta de sembrados, de maquinarias, de fertilizantes; que importa la mayoría de sus alimentos, mientras los campesinos terminan vendiendo sacos de arroz que dicen USA en los infernales mercados de las ciudades; que carga con uno de los índices de desempleo más alto del mundo; que cuenta con 0,2 médicos por cada 10 000 habitantes; que carece de maestros, que más del 85% de sus graduados universitarios han salido del país. Con tales lastres es imposible desarrollar una nación, así la comunidad internacional se desangre enviando millones de toneladas de ayuda.

Es que este país, más que un montón de pacas "salvadoras" que lleguen cada vez que la naturaleza se enfade, precisamente con los más pobres, urge de doctores, enfermeros, profesores, ingenieros, técnicos, que construyan una nación menos vulnerable, cuestiones que no resolverán el montón de Organizaciones no Gubernamentales (ONG) que trabajan en Haití. Y no lo resolverán porque sus luces son cortas, porque no cubren políticas universales, porque en las orillas de lo local naufragan sus probadas buenas intenciones. Si a ellos sumamos las ONG que se instalan en cualquier punto de la geografía haitiana sin contar con la anuencia de las autoridades del país, sin suscribirse a la política de sus ministerios, entonces el problema se agrava, pues implica una ilegitimación del Estado.

Haití precisa de manos mejor extendidas, de manos que ayuden a levantar, no a poner curitas en extremo vulnerables. Quizás para cuando el mundo decida aprender a ayudar, entonces el cartel que cuelga a la entrada del campo de desplazados siga tan impasible como la tarde de enero en que se izó. Quizás aquellos miles de haitianos que levantaron "hogar" allí continúen esperando la buena ayuda que tanto ha tardado en llegar. Mientras tanto, Cuba seguirá apostando a una solidaridad verdadera, perdurable.

Subir