ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Un niño de unos cuatro años, de cabeza rapada y ojos rasgados corretea de un lado a otro sobre la alfombra roja del pabellón. Lanza sus risas en gritos y choca con la gente una y otra vez sin que esto detenga su juego. De repente se sienta en el suelo y saca un pequeño carro, también rojo, que arma y desarma a su antojo. Parece imposible no sonreír ante él y su algarabía contagiosa aunque ininteligible. Un muchacho dice que el pequeño se llama Cuba y que ya casi habla español como si hubiera nacido en la Isla.

Ojos marrones, cabellos extraordinariamente lisos y una delicadeza en el andar que evoca al bambú merodean por el Pabellón de China, en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, espacio dedicado al país invitado de honor en la vigesimoséptima Feria Internacional del Libro. Ellos conversan con algunos cubanos en su lengua natal, que semeja más una melodía que un idioma.

Caracteres que bien pudieran ser letras, palabras u oraciones enteras, cada uno más exuberante y artístico que el anterior, fusionados en sentidos enigmáticos, decoran el lugar. Pudiera intimidar tanta escritura y habla incomprensible para la mayoría de los miles que hemos visitado el sitio, pero la música suave de fondo, los murmullos admirados de quienes se asoman por las estanterías, los colores en las páginas y el saberse rodeado por una saber milenario disipan cualquier atisbo de aprensión. 

Para Hou Rutian, uno de los jóvenes organizadores de eventos relacionados con la participación de China en la feria, y que llega por primera vez a la Mayor de las Antillas, le resulta impresionante que a tantos cubanos les interese la cultura china, a pesar de encontrarse tan lejos de la gran nación asiática. «Nos sentimos como amigos –dice–, y desde el corazón estamos cerca los unos de los otros».

Rutian, quien adapta su nombre a los estilos occidentales y pide ser llamado Alex, propone que los de la Isla aprendamos de la economía contemporánea, la política y la esencia verdadera de su país («no la mostrada por la propaganda al oeste del globo»); mientras que afirma que sus coterráneos han de contagiarse de la actitud de vida feliz y positiva de los nacidos en Cuba.

Por un lado del pabellón, dos chinos que conocen español dibujan los nombres de aquellos que desean verse en tinta negra y caracteres, sobre papel de arroz, como si se tratara de una pieza de arte.

Y ha sido el papel uno de los legados del gigante oriental a la humanidad, pues como relatan algunas de las paredes de este espacio en La Habana, durante la dinastía Han del oeste (desde el 206 antes de nuestra era hasta el 25 de nuestra era) se fabricaba una suerte de papel a partir de fibras vegetales, hasta que en el año 105 Cai Lun inventara el material que se acerca al hoy conocido, basándose en lo realizado por sus antecesores, pero a menor precio y una técnica más simple.

China nos deja mucho este febrero, más allá de sus libros, sus historias y misterios; incluso por encima de las imponentes cultura y la sabiduría; China nos transmite ganas de crecer, como hombres y mujeres, como país, como historia.

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