ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel junto a Nicolás Guillén. 18 DE JULIO DE 1989. Foto: Archivo

La política cultural de la Re­volución tuvo una importante definición durante los encuentros que sostuvo Fidel con escritores y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional José Martí en el verano de 1961.

Tuve el privilegio de asistir a la última de esas sesiones, cuando el Comandante en Jefe pronunció el discurso que se conoce como Palabras a los intelectuales. Recuerdo que ese día, 30 de junio Fidel bajó con la directora de la Biblioteca, la doctora María Teresa Freyre de Andrade y habló con el personal del Departamento de Literatura para Niños, muy preocupado por los libros y la lectura que se les orientaba. Cuando llegó a la sala teatro, hubo una ovación.

Admiré mucho a aquel hombre de 34 años, con su traje verde olivo que venía con otro discurso, no el de los políticos anteriores. Todavía se respiraba el olor a la Sierra Maestra y a los combates victoriosos de Girón.

Ya lo había escuchado cuando llegó a Columbia con ese discurso fres­co, moderno, directo, coloquial, que llegaba al alma de todo el mundo porque estaba diciendo verdades extraordinarias. Y eso fue lo que más me impresionó. Esa convicción la confirmé en la Biblioteca Nacional. Estábamos ante un líder que hablaba claro y cumplía con su palabra.

Fidel es el artífice de la política cultural cubana. Él lo creó todo: la idea de la Uneac, la formación de los instructores de arte, el sistema de la enseñanza artística, el movimiento de aficionados, la red de editoriales en los territorios.

Poco después del triunfo de enero de 1959 se fundaron el Icaic, la Casa de las Américas y la Imprenta Nacional. El primer libro publicado por esta institución, en una tirada masiva fue El Quijote, en cuatro tomos y a precios populares.

Una frase de aquellos días revela la impronta del legado martiano en el pensamiento fidelista: “No le decimos al pueblo cree, sino lee”. En 1961 se libró una noble e intensa batalla para proclamar a Cuba territorio libre de analfabetismo.

Desde un primer momento, Fidel se interesó porque la política cultural fuera inclusiva y garantizara la libertad de creación. La democratización de la cultura implicó la creación de instituciones y el acceso de cada vez más amplios sectores de la población a museos, galerías, teatros, bibliote­cas, salas de conciertos y de cine y la posibilidad para que los mejores ta­lentos a lo largo del país pudieran recibir instrucción académica. También esa política propició la participación popular en la vida cultural a escala comunitaria y se ocupó de la salvaguarda y promoción de los valores patrimoniales.

Los escritores y artistas hemos tenido en Fidel a uno de los nuestros. Así lo sentimos en los Congresos de la Uneac en los que participó y en los plenos del Consejo Nacional de la organización. Escuchar su reclamo de que “la cultura es lo primero que hay que salvar”, en el Congreso de 1993, cuando transitábamos por momentos difíciles, fue un poderoso estímulo y un acto de fe en la capacidad de resistencia para llevar adelante nuestro proyecto social. Cinco años después, en un nuevo encuentro con intelectuales y artistas, nos habló sobre los efectos de la globalización hegemónica y la necesidad de enfrentarla con argumentos, ideas y el fomento masivo de una cultura general integral.

Fidel es El Iluminado, no solo para Cuba sino para el mundo, un político que hizo posible que el poema cubano mayor de nuestra época sea la Revolución.

A él dediqué estos versos:

 

FIDEL

 

Es cierto que los poetas

atrapan instantes de la vida

y los fijan en la historia

Generalmente el pasado

vago y nostálgico

O el presente inmediato con sus fuegos sutiles

y sus reverberaciones

Pero qué difícil atrapar el futuro

y colocarlo para siempre

en la vida de todos los poetas,

de todos los hombres

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