ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Escándalos, investigaciones y despidos masivos, la administración republicana de Donald Trump es todo menos aburrida. Pero, entre tanto titular explosivo, se cuelan por debajo de la mesa muchos de los cambios que definen la política económica estadounidense.

La derogación de los pocos mecanismos del Estado para controlar la especulación financiera, causante de la crisis del 2008, y la desregularización en beneficio de las grandes compañías, son desplazadas en las parrillas informativas por los comentarios más controvertidos del mandatario, sus ataques contra los medios de comunicación o el avance de la investigación sobre las irregularidades en la campaña republicana del 2016.

Sin embargo, en medio del caos que caracteriza la Casa Blanca de Trump, hay sectores de poder con una agenda bien definida a favor del sector corporativo.

La economía era el punto fuerte del magnate neoyorquino y supuesto «genio» de los bienes raíces en la carrera por la presidencia. Su eslogan, «Hacer grande a América de nuevo», estaba dirigido al electorado blanco, conservador y poco calificado que es mayoría en varias regiones del país.

La retórica populista caló en el llamado «Cinturón del óxido», donde se agrupan los antiguos estados industriales que han visto una migración masiva de fábricas hacia otros países con fuerza de trabajo más barata y menos regulaciones durante las últimas décadas.

Si los llamados «perdedores de la globalización» llevaron a Trump a la presidencia, el equipo económico que instaló en la Casa Blanca estuvo compuesto por sus «grandes ganadores».

Hasta comienzos de este mes, la mente maestra detrás de la política económica de la actual administración era Gary Cohn, quien llegó a ser director ejecutivo de Goldman Sachs, uno de los gigantes de Wall Street.

Cohn fue el diseñador de la reforma fiscal aprobada el año pasado que reduce los impuestos a los ricos, hace más fácil los despidos y ubica los gravámenes a las corporaciones a niveles de naciones mucho menos desarrolladas que Estados Unidos.

El impacto a largo plazo de la reforma, según coinciden los economistas, será un aumento de 1,5 billones de dólares en el déficit fiscal norteamericano en la próxima década. El 99 % de los ciudadanos, entretanto, dejará de percibir algún beneficio antes de que culmine el mandato de Trump.

Tras la salida de Cohn de la Casa Blanca –muchos dicen que con la misión cumplida y antes de salpicarse con algún escándalo– el nuevo gurú económico pasó a ser Larry Kudlow, también un personaje conocido en Wall Street y con experiencia en la administración de Ronald Reagan.

El presidente aprovechó el cambio de asesor para achacarse el buen momento de la economía norteamericana, que creció un 2,3 % en el 2017 y que tiene el nivel de desempleo en sus mínimos históricos, con cerca del 4 %.

No por gusto Trump prefiere los índices de la bolsa como medidor de su éxito y no las encuestas de aprobación, que lo ubican como uno de los presidentes menos populares de la historia de Estados Unidos.

Pero muchos analistas, incluido el premio Nobel de Economía Paul Krugman, alertan que podría estar jugando con fuego.

En primer lugar, la mezcla de los últimos recortes fiscales, la desregularización y bajas tasas de desempleo pueden disparar los salarios y el consumo a niveles incontrolables, lo que implica una presión inflacionaria y resulta la receta ideal para la recesión.

Las crisis capitalistas cuentan con cuatro fases fundamentales: crisis, depresión, reanimación y auge. Algunos ya ven síntomas de sobrecalentamiento en la economía estadounidense y la posibilidad de que el ciclo se repita y sobrevenga una crisis similar a la del 2008.

El escenario podría ser incluso peor si el presidente finalmente aplica medidas proteccionistas como subir las tarifas a la importación de materias primas o cambia los aranceles a países específicos.

Si bien desde el anuncio de las tarifas para el aluminio y el acero Trump ha suavizado los términos y establecido exenciones para algunos aliados, el simple fantasma de una nueva guerra comercial es suficiente para asustar de muerte a las bolsas de Nueva York y sus similares a lo largo del mundo.

De cumplirse alguno de esos pronósticos, el romance de Trump con Wall Street terminaría en tragedia, y esa noticia no habría escándalo que la sacara de los titulares.

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Jorge dijo:

1

21 de marzo de 2018

12:10:10


Tiene razón en que: “la administración republicana de Donald Trump es todo menos aburrida” Esperemos que el pueblo estadounidense abra los ojos y no le permita llegar al fin de este mandato.

emilio Fernández lobeiras dijo:

2

27 de marzo de 2018

04:38:01


Están de pláceme, relación biunívoca especulación millonaria en la bolsa, y millonario especulador en la casa blanca