«No soy egoísta, espero ver otro campeón olímpico antes del transcurso de 50 años más». Ese anhelo perdura, tras cada vuelta del calendario, en Héctor Rodríguez Torres, el único judoca masculino cubano capaz de conquistar la cima bajo los cinco aros.
Este 30 de julio su hazaña cumple medio siglo. Las técnicas aplicadas en fracciones de segundos y los combates extendidos durante minutos en el verano de Montreal-1976 abrieron un plazo imperecedero, ajeno a las medidas convencionales del tiempo.
Las joyas de su corona nacieron cuando nadie conocía su nombre y apenas mostraba una piel de siete años. En enero de 1959 fue uno de quienes, sin saberlo, «preparan en la sombra llamaradas/ para fechas vacías que veremos arder», según escribiría Roberto Fernández Retamar en un poema.
«Empecé a practicar en 1964, si persistiera el deporte rentado me hubiera resultado imposible, pero la Revolución lo convirtió en derecho del pueblo. Con el profesor Mario García Nodarse obtuve el tercer lugar en los V Juegos Escolares Nacionales».
Experimentó un tránsito vertiginoso por las categorías inferiores y en la selección juvenil mereció un espacio entre mayores, en la maravillosa generación de Rafael Rodríguez Carbonell, Juan Ferrer Lahera, Isaac Azcuy Oliva, José Ibáñez Gómez y Ricardo Lamas Camejo.
En el camino a la gloria sufrió muchísimo, incluidas decisiones controversiales de los jueces. «Me despojaron de la discusión del bronce en Múnich-1972 contra el francés Jean Jacques Mounier pues le realicé un o-soto-gari (gran siega exterior con las piernas) y los árbitros determinaron que el gong sonó antes. Uno votó por mí, otro por el oponente y el central decidió a favor de él.
«Dos años más tarde, en la disputa del título de los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados en Santo Domingo, le hice al venezolano Manuel Luna una llave de luxación al brazo, el principal ordenó "mate" y declaró que no me solté, por lo cual me descalificó».
Otra vez llegó a la instancia definitiva en los Panamericanos Ciudad de México-1975 y tomó el tercer trago desagradable frente al canadiense Brad Farrow. «Marqué uchi-mata (acción con los pies) en dos ocasiones y me otorgaron la mínima puntuación (koka) cuando era ippon. Él practicó estrangulación, me paré y los oficiales apreciaron que me tiré atrás –totalmente incierto–, entonces me eliminaron (hansoku-make)».
Existía una posibilidad de borrar esas amarguras: lograr un desempeño memorable en Montreal. Sin embargo, aún le aguardaba una prueba inmensa de su valía.
«Cumplíamos el entrenamiento de altura en México y participaba en una sesión de randori en el ne-waza (trabajo en el suelo). Me hallaba sentado y giré de forma innecesaria; mi compañero Azcuy –me sacaba alrededor de 20 kilogramos cuando yo pertenecía a la división de 63–, sin deseo de dañarme, me incidió en la espalda y me lesionó.
«Mi profesor Ibrahim Cepero Iglesias confiaba en mis opciones de firmar una gran actuación, tras los dividendos del ciclo, incluido el bronce en el Mundial de Lausana, Suiza, en 1973. Dialogó con el cuerpo médico y los convenció de llevarme».

Su lista de víctimas en la fiesta estival la inauguró el camerunés Emmanuel Abolo, quien nunca pisó el tatami. Despachó antes del límite de tiempo al polaco Marian Standowicz, al portugués Jose Gomes y al húngaro József Tuncsik, previo a los instantes eternos.
«Ese día resultó inolvidable. Fui a la villa con Ibáñez a descansar, pero en la habitación enseguida Cepero me dijo: "Vamos a subir con la delegación, donde está el presidente del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación Jorge García Bango, que tienes una llamada desde La Habana". Indagué cómo, ni siquiera poseía teléfono.
«Ya arriba, de la presidencia me pidieron atender la comunicación. Pregunté quién me hablaba y Fidel Castro Ruz, del otro lado, se interesó: "¿Qué vas a hacer con el coreano ese? ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?". Le respondí: "Muy bien, esa medalla va para allá", me comprometí con él y ahí está la presea».
El duelo frente a Chang Eun-Kyung duró diez minutos y, después de la igualdad, quedó definido por hantei (decisión de los jueces). Al fin el criterio de estos le confirió un triunfo, el más importante, al «Coco». ¿Qué esfuerzo sobrehumano debería desplegar para convencerlos, con una costilla fracturada?
«En pos de dominar el dolor creé un lema: "Siempre se puede más" y salía al combate con esa idea. Me vi obligado a tomar una pausa para que el doctor Raúl Mazorra Zamora me examinara, pero le dije que me pusiera el vendaje y yo seguiría adelante».
De esa manera, el especialista en uchi-mata, apoyado en otras técnicas propias del tren inferior como o-soto-gari, o-uchi-gari y harai-goshi, concretó una proeza sin par hasta hoy en la Mayor de las Antillas. Entonces devino el primer monarca del arte marcial en la magna cita, no solo de la Isla, sino de toda América Latina.
Tras su retiro labró una gran trayectoria desde el puesto de preparador, tanto en su tierra natal como en su actual residencia, España. «Todos han sido mis alumnos más destacados, si te menciono nombres nunca terminaría. La clave en ambos roles radica en la confianza, el respeto mutuo y el afán diario, el único modo de lograr los objetivos».

Valora que el judo cubano mantiene el nivel mundial porque los entrenadores poseen perfectas condiciones, muy capaces de volver a llevarlo a los planos conquistados hasta ahora, con todos los lauros.
Acerca de sus raíces, «las conservo al 100%. En Cuba tengo todo: parientes, amigos, pertenezco a la Peña Roberto Losa Canales o el Pequeño Japón. Me genera tristeza no participar en el aniversario 50 de mi título por problemas de mi familia en Madrid, donde tengo tres nietos. Esa medalla no es solo mía, también de quienes me ayudaron y del pueblo de Guanajay, en Artemisa».






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