ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ramón Fonst brilló en los primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe, dos décadas después de sus últimos títulos olímpicos. Foto: Archivo de Granma

La capital de la República Dominicana se encuentra en plena fase de ajustes finales para convertirse en el epicentro del deporte regional este verano. La organización de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en el año de su centenario, ha intensificado los trabajos de infraestructura, logística y seguridad con el objetivo de garantizar una de las ediciones más exitosas en la historia de la justa.

De acuerdo con reportes de la prensa local, el despliegue de obras ha sido el foco de los últimos meses. Gran parte de las sedes principales, incluyendo estadios de atletismo y complejos acuáticos, han completado sus etapas de rehabilitación y modernización. El gobierno dominicano, en colaboración con el Comité Organizador, ha priorizado la adecuación de recintos para cumplir con los estándares internacionales.

El plan de hospitalidad incluye la activación de centros de medios, la optimización del transporte público en las zonas de competencia y la coordinación con el sector hotelero para gestionar el flujo de visitantes. La seguridad ciudadana también ha sido reforzada, con un operativo especial que integrará a las fuerzas de seguridad pública para proteger los núcleos de concentración de atletas y las zonas de alojamiento.

La realización de este evento no solo representa un desafío logístico, sino también una oportunidad de crecimiento para la economía dominicana. El movimiento de turismo, la demanda de servicios y la reactivación del sector de la construcción han generado un dinamismo notable en la zona metropolitana. El legado de los juegos busca trascender la competencia, dejando una infraestructura renovada que servirá para el desarrollo de futuras generaciones locales.

Con la cuenta regresiva en marcha, Santo Domingo pretende demostrar su capacidad organizativa ante el mundo. Probando que está lista para albergar eventos de magnitud global, la capital dominicana festeja el premio de acoger unos juegos que viven en su historia centenaria.

CUBA PRESENTE DESDE LA SEMILLA DEL ORIGEN

A las puertas de que Santo Domingo-2026 celebre el centenario de la cita multideportiva regional más antigua del planeta, los libros de historia nos obligan a mirar hacia atrás. Corría el año 1924 cuando, bajo el influjo de los Juegos Olímpicos de París y la necesidad imperiosa de elevar el nivel competitivo de nuestra región, la Sociedad Olímpica Mexicana encendió la chispa de un proyecto audaz.

El 4 de julio de ese año, en la capital francesa, se firmó el acta de nacimiento de lo que originalmente se conoció como los Juegos Centroamericanos.

El gran estreno tuvo lugar el 12 de octubre de 1926 en la Ciudad de México. Aquel día, bajo el mandato del presidente Plutarco Elías Calles, el Estadio Nacional abrió sus puertas a una aventura que cumple un siglo. Aunque las fronteras de la época y las complejidades de transporte limitaron la asistencia a solo tres naciones –México, Cuba y Guatemala– la semilla de la excelencia ya estaba sembrada.

Con poco más de 270 atletas (todos hombres, pues la inclusión femenina tendría que esperar cuatro años, hasta La Habana-1930), se inauguró un certamen ininterrumpido, con la única excepción del paréntesis obligado por la Segunda Guerra Mundial en 1942.

En aquella cita primigenia de 1926 Cuba plantó las bases de su condición de potencia deportiva, conquistando un botín de 44 medallas (14 de oro, 15 de plata y 15 de bronce) para escoltar a los anfitriones.

Si un nombre brilló con luz propia, ese fue el de Ramón Fonst. El primer campeón olímpico de Latinoamérica (París-1900 y San Luis-1904) se presentó en las pistas de esgrima y dictó una cátedra absoluta.

Empuñando el florete, la espada y el sable, Fonst firmó una hoja de ruta inverosímil para los estándares actuales: sumó 24 victorias y sufrió una sola derrota, recibiendo apenas siete toques en todo el torneo. Aquella exhibición demostró que la esgrima cubana jugaba en otra liga.

En la natación, las brazadas de Leonel «Bebito» Smith congelaron los cronómetros y encandilaron al público mexicano. Dominó con autoridad las extenuantes pruebas de 400 y 1 500 metros libres, erigiéndose como el rey de las piletas. Su hazaña no fue un hecho aislado; cuatro años después, en las aguas de La Habana, volvería a repetir el doblete dorado para confirmar su estirpe de campeón.

Sobre el diamante, la selección cubana de beisbol ofreció un recital de poder y pitcheo al liquidar los tres compromisos frente a la escuadra local con pizarras categóricas de 12-0, 10-3 y 8-2.

La crónica de la época recoge una anécdota deliciosa que ilustra la pasión de la fanaticada: al concluir el primer choque, el público mexicano invadió el terreno. Sin embargo, lejos de agredir a los peloteros cubanos, la multitud se volcó en protestas contra sus propios directores técnicos, por la evidente superioridad de los visitantes.

La delegación también tuvo que sortear imprevistos fuera del libreto. En el tiro deportivo, los de la Isla presentaron enérgicas reclamaciones ante fallos arbitrales controvertidos, quejas que quedaron registradas en la literatura deportiva cubana décadas más tarde.

Aquel octubre de 1926, entre el colorido desfile de tehuanas en la ceremonia inaugural y la sobriedad competitiva de los atletas, se gestó un pulso histórico. México y Cuba emergieron desde ese instante como los titanes del área centrocaribeña, un binomio de respeto y nivel técnico que ha dominado el medallero histórico a lo largo de 24 ediciones.

Casi cien años luego de aquella hazaña pionera en el Estadio Nacional de México, la delegación cubana viaja a Santo Domingo-2026 inspirada por el espíritu indomable de Fonst, «Bebito» Smith y aquellos peloteros. La historia del deporte regional les pertenece y este verano escribirán un nuevo capítulo de su centenaria leyenda.

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