ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Omara Durand logró 11 títulos olímpicos, sin la sombra de ninguna rival. Foto: Calixto N. Llanes

«Cada persona, con discapacidad o sin ella, debe aceptarse; entonces, transita su camino más fácil. De lo contrario, crea un mito sobre su imposibilidad de seguir, y los demás lo sobreprotegen o lo subestiman».

Omara Durand nos puede brindar este consejo, porque supo quererse tanto que develó los secretos para convertir su nombre en el justo significado de la combinación entre lo humilde y lo legendario. 

«Mi familia constituye un apoyo incondicional, sin llegar a la sobreprotección. Hasta séptimo grado estudié, becada, en la Escuela Especial Antonio Fernández León, del municipio de Boniato, en Santiago de Cuba. Más allá de las clases, me preparó para la vida cotidiana, pues aprendí a tender la cama, coser, cocinar, lavar, incluso de carpintería».

Incursionó en gimnasia rítmica, pero a los siete años, gracias al sistema de Educación Física, su profesor Reinaldo Cascaré Castillo advirtió sus condiciones para el atletismo y le inculcó esa predilección.

Aún después de hallar su destino, la aguardaban varias metas complicadas, dentro y fuera de las pistas. «Desde octavo grado me inserté en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) provincial, con enseñanza convencional. Mi dificultad visual me impedía ver la pizarra, pero mis compañeros me ayudaron.

«En especial, una de ellas coincidió conmigo desde la secundaria hasta la Universidad del Deporte, y asumió el compromiso, con mucho placer, de dictarme las clases, aunque los maestros a veces le pedían silencio».

Luego de su descubridor, otros entrenadores «le dieron pinceladas a mi carrera y aportaron su granito de arena». Menciona a Jorge Gonce, Mabel Sosa, Adrián Ferrer y Manuel López, «a quien considero un padre, jugó un rol superimportante en mi adolescencia».

Desde 2007 hasta su retiro la acogieron las manos mágicas de Miriam Ferrer en la selección nacional. Su temprana independencia evitó un gran trauma cuando, muy joven, abandonó su hogar para viajar a La Habana. De todas formas, su madre se mudó hacia la capital poco tiempo después, y compartió siempre con atletas joviales que le permitían sentirse en casa.

«Nunca me coloqué barreras, aunque les temía a algunos ejercicios. Me causaba pánico el salto sobre vallas y sufrí accidentes, pero traté de crecerme y jamás dejé de realizarlo».

En su propio año de arribo al equipo cubano, la quinceañera, perteneciente a la categoría médico-funcional t13, debutó en el Campeonato Mundial para ciegos y débiles visuales, celebrado en Sao Paulo, y ganó los 100 y los 200 metros.

«Realmente, no lo esperaba, pero sucedió y me gustó muchísimo; sin embargo, ya se imponían objetivos para mantener el estatus». Apenas transcurrieron dos semanas y en otra urbe brasileña, Río de Janeiro, sede de los Parapanamericanos, volvió a dominar las dos distancias, además de la vuelta al óvalo.

«Levantaba buenas expectativas en los Juegos Paralímpicos de Beijing-2008, me suponía favorita, pero padecí lesiones previas que me impidieron asistir en forma óptima y me resentí en la competencia. Pese a la amargura del momento, devino una experiencia de aprendizaje».

A partir de 2011 comenzó la avalancha de sus marcas asombrosas. «Me preparaba muy bien siempre, me caracterizaba por una ambición sana. Los récords no los prevés, aunque el entrenamiento te ofrece una medida de qué puede ocurrir, pero son hechos extraordinarios».

Durante la lid estival de Londres inscribió su nombre en el sitial más encumbrado y pasó la dolorosa página de un cuatrienio atrás. «Me trajo tranquilidad y estabilidad emocional, saldé esa deuda al vencer con registros paralímpicos en el hectómetro y en los 400 m, aunque mi otra prueba quedó fuera del programa».

Allí se desempeñó por última vez sin guía, pero llevaba, sin imaginarlo, otro tipo de compañía. «Terminé el evento sin recibir ninguna señal, pero tras regresar a Cuba empezaron a brotar los malestares de un embarazo, no planificado, pero sí bienvenido.

«Con firmeza, decidí tener a mi hija Erika y reincorporarme. Existieron criterios distintos, pero conté con el apoyo incondicional de mi esposo y de mi madre, para mí representaba todo en aquellas circunstancias.

«Retorné a la actividad a los tres meses, llena de incertidumbre, pero me sobraban la disposición y la fuerza de voluntad. Miriam buscó un rehabilitador muy bueno, tanto que, al medio año de la gestación, entré al gimnasio, levanté pesas y no pasó absolutamente nada. De hecho, ahí inició mi etapa más destacada».

Junto a la bendición de convertirse en madre aconteció una mayor degradación de su vista, la reclasificación como t12 y la obligación de encontrar un guía.

«Estaba acostumbrada a correr sola, pero lo asumí con mucha calma, gracias a Miriam. Trajo a Yuniol Kindelán porque apreció en él las condiciones físicas idóneas, además de características humanas similares, por ejemplo, la seriedad.

«Confié en ella, aunque al principio nos costó inmensamente arrancar sincronizados, pero un día lo logramos y luego podíamos pasar tiempo alejados que cuando nos uníamos, éramos uno.

«En nuestras primeras sesiones le pregunté: “Yuniol, ¿cuántas hermanas tienes?”. Me dijo que seis y le respondí: “Desde hoy cuenta siete porque soy una más”. Debíamos compaginarnos muy bien, generar transparencia, despejar cualquier duda.

«En esa charla no se mostró tan expresivo como yo, pero me escuchó y solo me contestó: “Está bien, Oma”. Creo que me entendió, porque conformamos un binomio casi perfecto. Nos fuimos del deporte activo, pero seguimos como hermanos, estamos uno al lado del otro».

Ella hablaba un poco más en esa relación cotidiana, pero durante las carreras solo se oía la voz de él. En las pruebas cortas le indicaba cuestiones técnicas, «pero en la vuelta al óvalo, que respeto muchísimo, me ponía muy nerviosa, aunque nunca lo exteriorizaba, y él fungía como guía y sicólogo, me relajaba».

Cada hazaña tuvo detrás un tremendo sacrificio y una preparación muy exigente dirigida por Miriam, aunque sabe combinar ese rigor con la comprensión. «La considero otra madre. En Beijing pedía participar y ella nunca impuso la opinión opuesta, aunque resultaba la más sensata. Al contrario, trató de aliviarme, pasó madrugadas sin dormir por acompañar al cuerpo médico».

Pocos lo conocen, pero la santiaguera sostuvo la idea de retirarse tras los Paralímpicos de Tokio, debido a las lesiones; sobre todo, los talones se le inflamaban y la limitaban en su accionar. Por suerte, Yuniol le reiteró su confianza y la convenció para mantenerse hasta París: «Oma, yo creo que puedes continuar». También la ayudó respirar el aire fresco de un año sabático, el primero de ese último ciclo.

Sin embargo, ninguna molestia física le causó tanto sufrimiento como la descalificación en los 400 metros de Santiago-2023. «Nunca antes me había pasado, pero realmente infringí una regla y están para cumplirlas. Solté al guía antes de pisar la última raya y en el momento no me percaté de ese error, lo observé en un video».

Además, ocurrió en la víspera de su cumpleaños y en el séptimo aniversario de la muerte de su entrañable Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Por supuesto, deseaba dedicarle ese triunfo porque, más allá de la cercanía en el calendario, ella lo lleva muy cerca y nunca dejará de identificarse como «una fidelista, fiel a su pensamiento».

Aquella jornada destrozó su mundo, pero supo reconstruirlo y le regaló, nos ofreció a todos, el final merecido bajo el encanto de la Torre Eiffel y el río Sena, en septiembre de 2024.

«El doble hectómetro constituía nuestra despedida y Yuniol estaba adolorido, existían varias tensiones a la vez. Antes de salir le transmití energía positiva, pues él temía un poco abandonarme en el camino. En las nueve carreras del certamen lo animaba: “Sí puedes y vamos para la próxima”. Así llegamos a la última.

«Cuando concluimos brotaron las emociones: la tristeza de nunca más tocar una pista y la felicidad por los tres títulos en la capital francesa. Me quité los pinchos y era en serio, allí terminaba, luego de competir con la motivación constante de mejorar el tiempo. Le dijimos adiós a la afición y al movimiento paralímpico, en el cual fuimos tan queridos».

Luego del llanto legítimo de aquellos minutos, compartido por muchos de sus afortunados compatriotas, la mujer, residente en el municipio habanero de Arroyo Naranjo, se dedica a la superación y le brinda amor a esa otra presea llamada Liz Allison.

«Tras el retiro pretendía aumentar mi familia y eso sucedió rápido. La estoy disfrutando muchísimo, ya dice “mamá”, “tata”, “papá”, también gatea y evoluciona bien».

Esa inocente alegría no le resta preocupación: «el cuidado de nuestros hijos parece un reto olímpico. Ante el toxicismo de las redes sociales, en las que personas perversas quieren utilizar a los jóvenes contra la Revolución, a los padres nos toca un papel educativo importante».

La encuesta de Prensa Latina la eligió como la mejor deportista femenina de la región dos años atrás, sin ningún tipo de distinciones. Sin embargo, en esa esfera y en toda la sociedad, continuamos aferrados a convenciones inútiles.

«Transformar la mentalidad resulta difícil, pero no imposible, requiere sensibilización y profesionalismo. Cuando los humanos aprendamos a vernos como tal, y nada más, las puertas se abrirán».

Los privilegiados de apreciar a Omara Durand, quien es también diputada y miembro del Consejo de Estado, coincidirán en que corría halada por una luz y nunca alcanzó a verla, pero no por su debilidad visual, sino porque esa lumbre vive dentro de ella.

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