ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Sin jugadores de Grandes Ligas, aunque sí muy profesionales y de inmensa calidad, Cuba llegó a la final. Foto: Ricardo López Hevia

La historia del deporte cubano está cincelada con momentos donde el diamante y la diplomacia se funden en un solo trazo. Sin embargo, pocos capítulos resultan tan fascinantes y cargados de simbolismo como la incursión de la Isla en la edición fundacional del Clásico Mundial de Beisbol en 2006. Fue un torneo que, para Cuba, comenzó a jugarse mucho antes de que se lanzara la primera bola en el estadio Hiram Bithorn de San Juan, Puerto Rico.

Tres meses antes del certamen, la participación de la selección nacional parecía un sueño cancelado. El 14 de diciembre de 2005, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos negó la licencia necesaria para que Cuba compitiera, amparándose en las absurdas leyes del Bloqueo. El argumento era económico: evitar que cualquier beneficio derivado del torneo beneficiara al gobierno cubano.

Lo que siguió fue un ajedrez político de alto nivel. Ante el veto, la respuesta de La Habana fue un golpe de efecto: la renuncia total a cualquier estímulo monetario y el compromiso de donar las ganancias a las víctimas del huracán Katrina, que apenas meses antes había devastado Nueva Orleans.  

El mundo del beisbol no se quedó de brazos cruzados. Puerto Rico, sede de la primera ronda, amenazó con retirar su hospitalidad si los cubanos, vigentes campeones olímpicos y mundiales de aquel entonces, no estaban presentes. A su vez, la Federación Internacional de Béisbol (IBAF) advirtió que le quitaría el aval al torneo. Ante la presión global y la mediación de World Baseball Classic, el Departamento del Tesoro finalmente emitió una licencia especial el 20 de enero de 2006, permitiendo que el talento cubano se midiera, por primera vez, contra lo mejor del universo profesional.

EL DEBUT

Ubicada en el Grupo C, Cuba llegó a Puerto Rico con una aureola de misterio ¿Podrían los peloteros de la Serie Nacional competir contra figuras establecidas en las Grandes Ligas? El 8 de marzo de 2006 la respuesta comenzó a gestarse frente a una selección de Panamá que contaba con el respaldo de jugadores de la MLB.

El encuentro desbordó dramatismo. Era la primera vez que Cuba enfrentaba a un elenco nacional de ese calibre, mientras mantenía la política de no incluir a sus jugadores residentes en el exterior. El partido se extendió hasta las once entradas, pero fue en el noveno episodio donde nació una leyenda que marcaría la década siguiente.

Con 21 años y el número 10 en su espalda, el joven espirituano Yulieski Gurriel asumió el peso de una nación. En la parte alta de la novena entrada, con dos outs y el estelar Michel Enríquez en circulación, el marcador estaba igualado a cuatro e incluso antes hubo ventaja panameña en el sexto por cuadrangular de Rubén Rivera que silenció el graderío.

Fue entonces cuando Gurriel conectó una línea electrizante por el jardín izquierdo, un vuelacercas que puso a Cuba momentáneamente arriba 6-4 y desató la euforia. Aunque el pitcheo relevo, encabezado por el joven Yadier Pedroso (de apenas 19 años) y Yunesky Maya, sufrió para cerrar en la baja del noveno, la garra del equipo prevaleció en los extrainnings para sellar el 8-6 definitivo.

Esa victoria no fue solo una marca en el casillero, sino la confirmación de que el beisbol cubano, a pesar de los cercos y las controversias políticas, mantenía una reserva de talento capaz de mirar a los ojos a la élite mundial.

Tras la sufrida victoria ante Panamá, Cuba demostró su casta en la primera ronda. Un contundente triunfo sobre Holanda selló su avance a la segunda ronda, aunque Puerto Rico la noqueó 12-2. La fortaleza del pitcheo, liderado por lanzadores como Pedro Luis Lazo y Maya, junto a la ofensiva oportuna que encontró en Gurriel, Enríquez, Frederich Cepeda, Yoandry Garlobo, Osmany Urrutia a sus principales artífices, marcaron el paso de la novena cubana.

LA ETAPA DECISIVA

La siguiente parada fue en la misma sede. Impulsados por la confianza adquirida y el respaldo de su afición, desplegaron un béisbol agresivo y efectivo. Una sólida actuación colectiva, combinando el pitcheo certero de Lazo y el bateo oportuno –incluidos jonrones de Cepeda y Ariel Pestano– les permitió vencer a Venezuela en el duelo inicial de la ronda.

Tras una derrota frente a República Dominicana, tomaron desquite de los boricuas y les ganaron el bueno 4-3, apoyados en acciones como el tiro de relevo de Carlos Tabares a Yulieski y de este al receptor para poner fuera a Iván Rodríguez en el plato, además de un doble play de Vicyohandri Odelín en el octavo con las bases llenas y un out.

Así viajaron a la semifinal en el Petco Park de San Diego, otra vez ante los quisqueyanos. Con una actuación destacada de sus figuras clave, el equipo de la Isla logró imponerse en un encuentro de infarto. El pitcheo de Yadel Martí y Lazo supo contener los embates de una alineación de lujo y la ofensiva respondió en los momentos cruciales, sellando así el boleto a la Gran Final del I Clásico. El sueño de la gloria máxima estaba a solo un paso.

El clímax del torneo se vivió ante el gigante asiático, Japón. La final fue un reflejo de la intensidad y el talento que caracterizó al torneo. Intercambiaron golpes, demostrando la calidad del beisbol a nivel mundial, aunque entre ambas nóminas solo existían dos jugadores en la MLB.

A pesar de una batalla heroica y de contar con momentos de brillantez, el equipo cubano terminó cediendo ante la contundencia de la ofensiva y la efectividad del pitcheo japonés, por 10-6. El marcador final reflejó un duelo disputado, donde la experiencia y el ritmo de juego de los nipones inclinaron la balanza a su favor.

La participación de Cuba en el I Clásico trascendió lo deportivo. Fue una muestra de resistencia ante la adversidad política, un testimonio del amor incondicional por la pelota y una plataforma para que una nueva generación de peloteros dejara su huella en la historia.

A pesar de no alzar el trofeo de campeones, el equipo se ganó el respeto del mundo y demostró que, incluso en las circunstancias más complejas, el talento y la pasión por el beisbol pueden abrirse camino. Su desempeño sentó un precedente y dejó una huella imborrable para las futuras generaciones en los Clásicos Mundiales.

Cuba logró avanzar en una segunda ronda que constituye, quizás, el mayor evento entre grandes equipos caribeños. Foto: Ricardo López Hevia
Japón anotó cuatro carreras en la primera entrada de la final. Foto: Ricardo López Hevia
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