Quien repasa la vida de José Raúl Capablanca pensaría que no existió. Su invencibilidad, aupada con la sencillez y precisión de su juego, sobrepasa lo natural. Podría decirse que es un mito, para hacernos creer que la perfección existe en el ajedrez.
Llegó al mundo el 19 de noviembre de 1888 para reformar ese deporte, como un mesías enviado por Caissa, la diosa de los trebejos. Capablanca es el personaje que todo ajedrecista cubano quiere ser; no es casual que los aficionados, al ganar una partida, afirmen que jugaron como el maestro. Catalogado niño prodigio, empezó en el juego ciencia con cuatro años, observando a su padre jugar con amigos.
Desde entonces, su desarrollo fue vertiginoso. En 1901, con 13 años, derrotó al campeón nacional, Juan Corzo. Con balance de cuatro victorias, tres derrotas y seis tablas, se proclamó monarca de Cuba.
Similar al Mesías en su Cuaresma, el joven Capablanca pasaría casi desapercibido en ese tiempo. Intentó estudiar en la Universidad de Columbia, pero su amor por el tablero pesó más que la Ingeniería Química, en la que solo culminó dos cursos.
La ciudad de San Sebastián presenciaría su estrellato universal. En el torneo organizado en 1911 obtuvo seis triunfos, siete tablas y un revés, ante la mirada atónita de los estelares Ossip Bernstein y Aron Nimzowitsch, quienes al inicio protestaron por la presencia del desconocido.
Nada lo detuvo hasta la conquista del título de campeón mundial en 1921, cuando venció en La Habana a Emanuel Lasker. El alemán no ganó una partida y, tras perder cuatro y empatar diez, cedió la condición de mejor jugador del orbe.
En 1927 perdió el cetro ante el ruso Alexander Alekhine; pero, para el mundo, él seguía siendo el mejor, «la máquina del ajedrez», hasta su muerte en 1942, que lo sorprendió junto a las 64 casillas.
Sufrió menos de 50 derrotas en partidas oficiales, para el 6 % del total. Permaneció ocho años, entre 1916 y 1924, y en su aval consta la medalla de oro individual en la Olimpiada de 1939, en Buenos Aires.
Él se inmortalizó, subió al cielo y se sentó junto a Caissa. Su estilo preciso y letal fue el referente de otros astros como Bobby Fischer y Anatoly Karpov y, gracias a la masificación del deporte en Cuba, niños, jóvenes y adultos sueñan ser como él.
Recuerda el periodista e investigador Jesús González Bayolo, en su libro Titanes del ajedrez cubano, que Capablanca fue un promotor del ajedrez como materia oficial en las escuelas.
Ese legado sigue vivo por personas como la Gran Maestra Vivian Ramón, quien, con paciencia y amor, enseña a los infantes los misterios del ajedrez. Su proyecto Soñando a Capablanca ha logrado captar a cientos de niños que son el futuro en este deporte, y antes otros fueron formados por su mano y el Instituto Superior Latinoamericano.
El intelecto del genio cubano y sus sueños de masificar el ajedrez reviven en esas ideas. También lo hacen en la clase de Educación Física los infantes que mueven sus primeras piezas, o en espacios organizados por entidades públicas, como los topes Paul Morphy, auspiciados por la Biblioteca Nacional José Martí, o los señores que juegan en el Prado habanero y en otros tantos lugares.
Por sus venas corrió la sangre hispánica de sus padres, y en su corazón, el amor de su primera esposa, Gloria Simoni, sobrina de Amalia, viuda de Ignacio Agramonte.
Para el cubano que fue Capablanca, quien rechazó jugar por Estados Unidos, para el que prefirió colocar a una Isla en el mapa del ajedrez, es este homenaje.

















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Carlos dijo:
1
19 de noviembre de 2025
12:03:39
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