Todo empezó por un entrenador que se traicionó a sí mismo, por un técnico que quizás interpretó a quien manda para acabar por escuchar como la grada pedía a gritos la dimisión del presidente. Que oportuna es la megafonía. De hecho, el único que estuvo en su sitio en el Madrid fue su engarcado, que soltó a las mocitas madrileñas sobre el pitido de Borbalán para evitar más bochorno a Florentino Pérez. Todo era, pues, dantesco en el Bernabéu, convertido en un coso en el que el Barça toreó como antaño, sin necesidad de que su mejor matador se vistiera de luces de inicio. La diferencia con otras victorias en este estadio es que esta vez delante tenía a un manso con su cencerro de oro al cuello. Eso fue el Madrid.

Ahora hay que preguntarse por qué esta hecatombe comparable al 0-5 del 73 o al 2-6 de 2009. Algunas de las respuestas las tiene que ofrecer Rafa Benítez. Llegó al Madrid precisamente para ponerlo a salvo de naufragios como el sufrido en el clásico.
Uno de sus objetivos, el equilibrio, encontró su antítesis ante el Barcelona, con cuatro delanteros de espaldas a la portería durante muchos minutos, con centrales de hierro transformados en hombres de barro.
Lo cierto, sin embargo, es que el Madrid había encontrado supuestamente esa estabilidad táctica hace semanas, y a ello había contribuido la posición de un Casemiro al alza. Llegado el clásico, sin embargo, fue el sacrificado para dar entrada a James y Benzema, lo mismo que Isco o Jesé. Kroos volvió al mediocentro y fue como quitar el tapón de la pica. No era el equipo de Benitez.
Era el equipo de Ancelotti, con Keylor y Danilo, un desastre en la derecha, pero cargado de contradicciones, porque los actores no eran los apropiados para el mensaje, o viceversa.
El Madrid se acababa en la presión sobre la salida de la pelota, algo que los azulgrana jamás negociaron. Superada esa primera línea, para el Barcelona fue como llegar a los medios a sus anchas, con la faena entregada.
La superioridad era táctica e individual. Ningún jugador del Madrid fue mejor que el peor del Barcelona, algo dramático para los locales. Producto de la disposición del equipo de Benítez, la superioridad en el centro era abrumadora para los hombres de Luis Enrique, que no inventó nada, ni hizo concesiones a Messi.

Se quedó en el banco a la espera de participar en la segunda mitad. Cuando entró, todo estaba dicho. El argentino caminó y tocó con poco riesgo. La apuesta del asturiano fue más coherente que la de Benítez, presto a colocar a Benzema como titular. El francés no aportó nada, aunque es difícil saber si por su estado o por el escaso flujo en el juego del Madrid.
La ausencia de Messi la cubrió Sergi Roberto, el verso libre que provocó los primeros problemas en el Madrid. Hizo lo mismo que habría hecho el argentino, en cuanto a sus movimientos. Desbordó, auxilió al centro del campo, llegó al remate y creó todas las dudas en Marcelo, que no supo defenderlo y no tuvo la confianza para irse al ataque.
Su compatriota Danilo, en la izquierda, todavía lo empeoraba. Mirar a Neymar lo descomponía. Con un mediocentro fuera del partido, como Kroos, y dos laterales hechos un flan, Sergio Ramos y Varane acabaron desquiciados.
El primero estaba fuera de su sitio cuando Sergi Roberto decidió cambiar el ritmo en paralelo al área. Nadie en el Madrid salió a su paso, una constante en todo el encuentro que facilitó la llegada del Barcelona hasta el área. Además de orden, a los blancos les faltó agresividad. Sergi Roberto observó a Luis Suárez, sin marca, y el uruguayó definió como los pegadores. Golpeó con el exterior, duro y cruzado.
En la jugada del primero gol todos los futbolistas del Barcelona tocaron el balón, una buena metáfora de su dominio de la posesión, pero para el Madrid fue peor observar la pasividad con la que su defensa reaccionó a la llegada de Iniesta minutos después. El centrocampista tuvo tiempo de todo y decidió ceder a Neymar, directo hacia el gol. Incluso los milagros de Keylor dejaron de existir en esa jugada, al ser superado por bajo por el brasileño. Nada estaba a favor del Madrid, ni los intangibles. No lo merecía.
El costarricense, al menos, sacó una buena mano en un lanzamiento de falta de Neymar, pero casi nunca estuvo en situación de poder responder a los delanteros azulgrana. Si el Barcelona no se fue con un resultado de escándalo al descanso fue por su propia condescendencia en la definición. No obstante, todo hacía presagiar que se produciría. Era como divisar las nubes en el cielo. A ese destino inexorable sólo había un equipo que pudiera sobreponerse, porque lo dice su historia. Este Madrid lo traicionó todo, su pasado y su presente.

El futuro es ahora incierto, ya que al llegar al descanso el público no se resistió: ¡Florentino, dimisión!". Benítez es un personaje de paso, interpreta el respetable. Que triste para el entrenador. Lo que siguió fue lo que decía el cielo, con el amago escaso de una acción de Cristiano salvada por Bravo en el mano a mano. Iniesta, dueño de un partido colosal, uno más, encontró dos premios. El primero se lo envolvió de tacón Neymar para golpear a la red; el segundo, lo obtuvo al sentir como buena parte del público del Bernabéu le aplaudía al retirarse. Algunos de esos aplausos recordaban a los de Ronaldinho, hace 10 años.
"¡Florentino, dimisión!" ya no dejó de sonar, aunque muchos de los madridistas decidieron dejar su casa antes del final. Puede la vergüenza. Luis Suárez sació su apetito voraz en otra llegada en la que pudo decidir varias cosas y decidió jugársela, y Piqué acabó lanzado al ataque. Buscaba la 'manita' que tanto le gusta enseñar después de los pitos. Todo es parte de su desafío, del desequilibrio que su equipo no tiene.
Corresponde a otros. Benítez se quedó en su cueva, como si esto no fuera con él. Así lo ha entendido el público. Lo dramático es que lo entiendan así sus jugadores y que el mismo entrenador lo crea. A diferencia de sus antecesores, ya no está solo en la diana. (Tomado de El Mundo)












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