Aunque su vida fue controvertida, plagada de historias donde primaron los excesos del alcohol y una vida bohemia, la huella del pintor Carlos Enríquez en la plástica nacional es indeleble. Para recordarlo en el aniversario 126 de su natalicio (3 de agosto de 1900), Pinceladas evoca un singular tributo que se le rindió el 18 de septiembre de 1980, con motivo del viaje al cosmos de Arnaldo Tamayo Méndez.
Un artículo del periódico Granma, fechado el 24 de septiembre de 1980 y firmado por el artista plástico Manuel López Oliva, cuenta que una imagen pintada por este «cubanísimo pintor», junto a otros objetos simbólicos de nuestra historia y cultura que no se mencionan, acompañó al cosmonauta guantanamero y a su compañero Yuri Romanenko en su odisea al espacio exterior.
«La obra –ejecutada en 1955, a tempera, mediante el ágil y policromático tratamiento de ese artista fallecido en 1957, en el que la integración de manchas y pinceladas sugiere una atmósfera de transparencias tropicales y desplazamientos de las figuras– encarna la representación artística personal de una carga al machete mambisa, con briosos corceles flanqueados y en estampida, sobre los que avanzan prestos al combate los jinetes», describe López Oliva.
No era una ocurrencia caprichosa que la cultura cubana ascendiera a los espacios siderales en la pintura de Carlos Enríquez. Advierte el autor que este artista –también artífice de novelas y relatos– tradujo lo más auténtico de la condición nacional y con sus expresiones supo fijar instantes decisivos de nuestra historia. En dicha pieza se encontraba una evocación al espíritu del mambí, que entonces cobraba vigencia en las luchas contra el gobierno de Fulgencio Batista.
Asimismo, en su artículo López Oliva recuerda algunas opiniones trascendentales, como la de Diego Rivera, quien se refirió a los caballos de Carlos Enríquez –transversales a toda su obra– como «corceles de la libertad que sobreponen sus imágenes como en las cuevas de Altamira y la Dordogne ante el paisaje de la tierra de aquí».
Aunque no existe un registro público único que enumere la totalidad de los objetos simbólicos que viajaron en la Soyuz 38, por otras fuentes se conocen varios de ellos. Además de la pintura de Carlos Enríquez, viajaron una caricatura de René de la Nuez —cuyo original se conserva en el Museo Internacional del Humor de San Antonio de los Baños— y las partituras del Himno Nacional y de la canción Cuba, qué linda es Cuba, que hoy se resguardan en el Museo Nacional de la Música en La Habana. El módulo de descenso de la nave, junto a objetos personales de Tamayo como el gorro de la escafandra y sus guantes, se exhiben en el museo de Guantánamo.












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