Hábil estratega, su creador, J.J. Abrams, se apoyó en notables escritores de ciencia ficción para elaborar buena parte de los capítulos de Fringe (Fox, 2008–2013). Ello se advierte no más pisar el umbral de la serie: en las matrices argumentales, el aura de misterio circundante a personajes de impresionante magnetismo, las atmósferas generadas y la solución de las ecuaciones del relato. Uno está «leyendo» aquí «fantaciencia» clásica impregnada de un toque visual y conceptual renovador.
Resulta notable, en tal sentido, el grado de influencia de la obra no solo para su campo genérico –fantastique, sci–fi–; sino además para otros, a la manera de la acción. Si este comentarista intentara consignar los planteos de discurso o argucias visuales copiadas a Fringe por el audiovisual posterior, no le cabrían líneas para la tarea. Tan solo un ejemplo: el piloto de la serie de Guillermo del Toro, The Strain (FX, 2014), resulta un calco del piloto de Fringe.
Pero Fringe es única por su grado de riesgo, merced a la vocación de Abrams de equilibrista contumaz en posición de no arredrarse ante el peligro. En ocasiones, en caída libre en paracaídas, pues ahora –a diferencia de su serie Perdidos–, los personajes centrales tienen un doble y, en consonancia, precisan operarse los motores dramáticos constituidos acorde con cada uno de los dos escenarios.
Vistas sobre el papel, determinadas secuencias o trechos de guion parecían imposibles. Sin embargo, fueron concretadas, con pulso, sin miedo, para alcanzar el éxito redondeado a partir de la osadía. Ni los constantes saltos en el tiempo, ni la alternancia de mundos, la disolución de las lógicas espacio–temporales, el solipsismo narrativo o la ruptura permanente de las propias reglas generadas por la serie operaron en contra del trabajo.
Antes bien, contribuyeron a desplazar al espectador hacia las fronteras de un producto icónico de las nuevas señas identitarias audiovisuales, abocadas a la metabolización/descarte/superación de las convenciones genéricas e imbricación con nuevos postulados de concepción: en su caso, el entramado cuasi lúdico (en el sentido de distendido retozo con el canon) del sentido metafísico inyectado al mismo genoma de la trama.
La agente del FBI Olivia Dunhan (la australiana Anna Torv) y el científico Walter Bishop (John Noble), dos de los tres personajes centrales de Fringe, hacen parte –sobre todo el segundo: delicioso, con entidad dramática, riquísimo en su delineado de figura sometida a diversos conflictos internos– de la lista de rostros imperdibles sembrados en el imaginario universal por la teleficción estadounidense a partir del Tony Soprano de Los Soprano hasta el Walter White de Breaking Bad. La pieza no sería igual sin el «loco» Bishop y la mirada de ángel descarriado de John Noble.
A diferencia de la mayoría de sus similares, Fringe no perdió en calidad a medida que avanzaban las temporadas. Por el contrario, al principio tenía menos peso específico, pues daba cabida a algunos capítulos de escasa trascendencia o hasta a «raptus» de Abrams que, más que genio, delataban poco tiempo en la mesa de guionistas para urdir los 50 minutos en pantalla.
Su tendencia ciclotímica propiciaba la alternancia de episodios de alto voltaje con otros irrelevantes. Sin embargo, fue ganando de forma ostensible en densidad, complejidad, configuración caracterológica de los personajes, sentido del espectáculo al servicio de la idea desarrollada en cada episodio, articulación de un universo muy personal, creación de su propia mitología.
Creció de serie procedimental –las que en cada capítulo se resuelve un caso– de ciencia ficción a drama filial de hondas connotaciones. A tal punto se me hizo entrañable, que aquel 18 de enero de 2013 del episodio 100, quise quedarme allí, en el laboratorio del profesor Walter Bishop, donde con placer planté guarida cada semana, por cinco años, constatando la probabilidad de lo inaudito.











COMENTAR
Responder comentario