
Santiago de Chile.–Por estos días, Bety me mira con rabia cuando llega la tarde. No estuvimos en Cuba cuando esa escalinata universitaria –que ha sabido ser nuestra de tantas formas y tantas veces– se llenó de Silvio, y hemos visto pasar los meses en Santiago de Chile como esperando un milagro, a sabiendas de que difícilmente podamos ver al poeta en su gira de por acá.
Bety me apuñala con sus ojos, casi no le importa que, cientos de días ha, los chilenos se hayan puesto de acuerdo en pocas horas, cosa difícil cuando se trata de un pueblo, para comprar todas las entradas posibles y probables de los conciertos de marras en este país que respira entre la cordillera y el mar.
Forma tiene que haber, me increpa; el mercado negro, amistades que «quién sabe si…», una carta abierta y lacrimosa a los ángeles con cita, llorar en la puerta del concierto, decir que uno es cubano –como si eso se entendiera por ahí en su profunda medida cada vez que uno siente la necesidad de decirlo–, que Silvio es algo parecido a Cuba, un cuerpo vivo, extraño, imperfecto, irrepetible, amable, querible y hasta besable como mi tierra… y que se apiade el guarda.

Uno nunca sabe cuándo va funcionar lo que sea y Silvio por ahora, solo por ahora, está ahí, a pocos kilómetros, en alguna parte.
En lo personal, me inquietan más los ojos de Bety que el no ver a Silvio, y hasta coqueteo con lo poético de no hacerlo, como el No la toquéis ya más, que así es la rosa, de Juan Ramón Jiménez; como el Confórmate con su salvaje lejanía / con su ajena belleza, de Luis Rogelio Nogueras y su imperativo fulminante de «Trágate tu amor imposible. / Ámalo libre. / Ama el modo en que ignora que tú existes».
De todas formas, los versos nunca son tan exactos, como no lo son los poetas ni los sentires. Estar cerca, no verlo y seguir viviendo va un poco más allá:
Es pensar Silvio y no imaginarse a un hombre, sino fotogramas y vidas agolpadas en el pasillo por instantes estrecho del pensamiento; es la casa vieja de la infancia, la grabadora de casetes, la radio, la fila matutina de la escuela; la calle llena de gente, el diálogo con las tijeras rurales de mi abuela para enfrentar rabos de nube…
Es el «cuentan que cuando un silencio» para terminar con una novia y el «supón que no te dejo de mirar» para empezar con otra; el «si no creyera» arañando entrañas antes de entrar a un centro de aislamiento; el «pero hay que decir que hay quien muere sobre su papel, que vivirle a la vida su talla tiene que doler», de la «Oda a mi generación» con dolores que fueron suyos y que han sido míos; el «llorando por el humo siempre eterno» de las ciudades que no son de uno; el «doblemos los dos la cabeza» de La Bayamesa en el destierro; y el «quedamos los que puedan sonreír», incluso sin concierto.

Dice Toño que existen en el mundo algo así como las bellezas distintas. Toño es chileno y sabe acariciar con los ojos cuando su boca dice Cuba. Estuvo en la escalinata de la Universidad de La Habana durante la magia del 19 de septiembre, y también en la platea del Movistar Arena de Santiago de Chile, en la serendipia del 1ro. de octubre.
Él dice eso, que en mi La Habana fue una belleza tremenda, específica, neurálgica, y que en su Santiago fue otra belleza más, pero belleza otra, ni mejor ni peor, igual de mágica y otra.
Y yo tengo que recogerme en movimientos extraños del rostro y decirle a Bety que confíe en lo que dice Toño, aunque Bety sabe y nadie tiene que decirle nada y es jueves en la noche y, huyendo de no sé qué, como una gaviota, aparece otra vez silente en la puerta, me clava los ojos y grita: ¡Quiero ir!
Y yo, que no soy bueno, sin saber cómo, le respondo: ¡Vamos!












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Fabriciano dijo:
1
5 de octubre de 2025
09:43:14
Heem Gondes dijo:
2
5 de octubre de 2025
10:01:04
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