A El atracón hay que pesarlo no solo por lo que ofrece sino por el lugar que ocupa: sábado en la noche, después del noticiero y antes de la miniserie de turno. Sale al aire cuando por Multivisión y el Canal Educativo (Espectador crítico) no han empezado las películas, mientras el canal deportivo retransmite eventos pasados. Horario estelar entre los estelares y con la gente en casa por la situación epidemiológica, el plato de obligatorio cumplimiento está servido.
De ahí las expectativas que genera un espacio humorístico por más señas y ya se sabe cuántas veces, público y artistas, en comentarios formales e informales, clamaron por el incremento y diversificación de ese tipo de programas.
¿Provocar risa o al menos una sonrisa? Importa, mas no es la única tasa de medida del humor. Nadie tiene la fórmula. Unos se ríen con lo que otros lloran y viceversa, tal es la condición humana. El problema de El atracón pasa por si se aceptan o no las reglas del juego que, en este caso, son las reglas de la dramaturgia humorística en la cultura occidental, desde los lejanos tiempos de Aristófanes hasta la tradición vernácula que, a mucha honra, nos pertenece.
Pareciera ser una comedia de situación, género bien asentado en el lenguaje televisual –peripecia única planteada, desarrollada y conclusiva en una misma unidad de tiempo, una o dos locaciones, personajes arquetípicos e inalterables, salvo el o los invitados de ocasión–, pero no siempre cuajada en cada episodio, como si costara trabajo a realizador y guionistas levantar vuelo. Tira más al sketch que al argumento situacional.
En apariencias, se mueve en la órbita de la parodia. En efecto, el hilo conductor se anuda en torno a un programa de cocina. Sin embargo, se desaprovechan las oportunidades de lidiar con esto, mediante desvíos temáticos que se apartan de la centralidad de la propuesta.
Indudablemente, para no abandonar las referencias culinarias, el plato fuerte pasa por el elenco. Dos probados referentes, Arturita y Maraca. Tanto Yerlín Pérez como Leonardo Santiesteban gozan de la simpatía de vastos sectores del público por la solidez de sus personajes. En menor escala funciona la Felipa, de Gelisset Valdés, y quizás haya que subrayar el aliento que cobró la Yani Cíper de Venecia Feria, el último sábado, cuando le fue arriba al invitado Reuel Remedios (Lindoro Incapaz) con una retahíla de chismes. El resto se indefine, víctima de la pobreza de lo que les toca actuar y decir.
Lo mejor que le puede pasar a El atracón es que sus realizadores se miren en serio por dentro, de cara a nuevas experiencias, y que la dirección del canal tome en cuenta el valor de un horario estelar.











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