ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El Réquiem, de Mozart, resultó un espectáculo altamente disfrutable. Foto: Cortesía DCC

¿Cómo una obra destinada a despedir a un difunto puede convertirse en un canto a la vida? Con esa interrogante asistimos a la representación escénica del Réquiem en re menor k. 626, de Wolfgang Amadeus Mozart, que por dos fines de semana en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso protagonizaron Danza Contemporánea de Cuba, el Teatro Lírico Nacional y la orquesta sinfónica del GTH.

Las claves pudieran estar en dos pasajes de la obra mozartiana. En el Introito se escucha una premonición de lo que sucederá sobre las tablas: «Ad te omnis caro veniet / todos los cuerpos van hacia ti». Y más adelante, cuando se entonan las súplicas y alabanzas (Hostias et preces), un verso reza: «Fac eas, Domine, de norte transire ad vitam / hazlas pasar, Señor, de la muerte a la vida».

En efecto, la teatralización del Réquiem, como prefirió el coreógrafo George Céspedes  denominar su versión, pasa por la energía física de los danzantes–el cuerpo como núcleo de la celebración– y el tránsito hacia la plenitud del movimiento. No hay que buscar hilos narrativos en el discurso, más bien estados de ánimo que desembocan en la revelación de un mensaje vigorizador.

Céspedes gusta de explorar la expresión colectiva: desplazamientos masivos en la escena, aunque se disfruten solos memorables, como el de Stephanie Hardy López. No solo deben rastrearse en la Carmina Burana, con música de Carl Orff, que repletó la sala García Lorca el pasado fin de año, sino en una obra suya  de singularísima composición, Matria etnocentra. Sin esta, pienso, hubiera sido difícil llegar al Réquiem.

Como tampoco sería posible emprender un proyecto tan abarcador sin la legítima ambición artística de Miguel Iglesias, director general de DanzaContemporánea de Cuba, quien no se arredra ante nada y apuesta decididamente por la rigurosa innovación.

Uno de los más complejos problemas a los que se enfrentó esta producción fue la capacidad para distribuir a los intérpretes sobre el escenario –danzantes,  solistas vocales y coro– y lograr la deseada fluidez en la puesta. El coro no acabó de integrarse a la resultante visual desde el lunetario –su división conspiró contra la  emisión–, y a los solistas vocales se les hizo farragoso ocupar sus puestos. Evidentemente, este Réquiem funcionó más desde la danza como espectáculo, sin quitar el obvio interés por la música interpretada en vivo.

La ejecución de la obra por la Sinfónica y el Coro del GTH puso a prueba la consistencia que ha ido logrando Giovanni Duarte en el manejo orquestal.

Compenetrado con el estilo mozartiano –se sabe que uno de sus discípulos, Franz Xaver Susmayr, completó la partitura siguiendo fielmente los dictados del maestro–, Duarte subrayó la hondura espiritual que recorre de arriba abajo ese monumento del clasicismo europeo.

Al final de la función, el espectador está en condiciones de despejar la paradoja plantada al comienzo de esta nota. La vida triunfa.

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