ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Alfredo Diez Nieto. Foto: Cortesía del homenajeado

La Tercera sinfonía, para coro, órgano y orquesta, de Alfredo Diez Nieto, irrumpió en la sala Covarrubias como una fuerza telúrica. Concluida en 2011 es una obra que resume la estética y el oficio de uno de los grandes compositores cubanos de nuestra época. Centenario y lúcido,  el maestro asistió  el último domingo al estreno de la pieza por la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional de Cuba, bajo la dirección de Enrique Pérez Mesa. Discípulos, amigos y  numerosos admiradores lo aplaudieron y saludaron.

Pérez Mesa, con la colaboración en el montaje vocal de Digna Guerra y de la organista Sunlay Almeida, cumplió con uno de los más caros anhelos de Diez Nieto. Cuando celebró los cien años de vida en la Uneac, Alfredo dijo: «No me puedo marchar sin escuchar esa sinfonía». Hasta hace apenas unos meses estuvo componiendo, mientras el sentido de la vista le acompañó. Pero sigue en pie de lucha; no ha cesado su magisterio y ordena y revisa su catálogo, un legado que  todos debemos contribuir a preservar y promover.
Laureado con los premios nacionales de Música y la Enseñanza Artística, proclamado Maestro de Juventudes por la Asociación Hermanos Saíz, Diez Nieto encarna tanto el paradigma ético del pedagogo como  el de un compositor visceralmente comprometido con su patria y su tiempo.

En la Tercera sinfonía desarrolla dos ideas que ha defendido a lo largo de su dilatada trayectoria: la recreación de células rítmicas y acentos asimilados de las culturas africanas trasplantadas a la isla y construcción de un tejido formal riguroso y de alto vuelo en la concepción y evolución de los temas. Es como si el gran sinfonismo austro-alemán posbeethoveniano (dígase Brahms, Mahler, Bruckner) se dejara permear por los toques de los orichas.

El segundo movimiento, de carácter elegíaco, es sencillamente conmovedor. Sobrio de una parte e intenso por otra, la conjunción del coro con la masa instrumental acrecienta el dramatismo.

Hizo bien Pérez Mesa en iniciar el programa dominical con Tres danzas, de Alejandro García Caturla, obra que no debe faltar en el repertorio de nuestras orquestas y encaja con el talante de la partitura estrenada de Diez Nieto.

En la jornada inmediatamente anterior de la temporada sinfónica ocupó el podio el maestro Roberto Valera, quien se regaló a sí mismo –y por supuesto, al público– una obra suya que transpira cubanía, humor y excelencia formal por los cuatro costados: Mini Males. Del minimalismo toma únicamente el principio de la economía temática; nada más. El resto es pura, sabia y divertida especulación con el mambo y  el son, a lo grande, a lo vivo, a lo cultamente popular.

También Valera se dio –y nos dio– el gusto de repasar obras sinfónicas frecuentadas e implantadas en la memoria de tantos: Pompa y circunstancia, del inglés Edward Elgar; la Suite no. 1 de la música incidental que el noruego Edvard Grieg creó para el Peer Gynt, de su compatriota Henrik Ibsen; y la suite del ballet Cascanueces, del ruso Piotr I. Chaikovski.

Valera confirmó que no solo es uno de los compositores cubanos imprescindibles, sino que como director orquestal cuenta y pesa.
 

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Joana dijo:

1

5 de febrero de 2019

22:51:48


Impresionante la Sonata del maestro Diez Nieto como impresionante es su lucidez centenaria. Larga vida¡!!