ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Oliver Mtukudzi, Tuku, el más icónico de los músicos contemporáneos de Zimbabwe. Foto: Internet

En Zimbabwe era rey; en el continente, una leyenda; en el mundo, uno de los referentes ineludibles de la música africana contemporánea. Desde el pasado miércoles, colegas, aficionados y públicos de muchas partes lamentan la muerte de Oliver Mtukudzi, a conciencia de que con él se marcha un hito que puso la cultura de su país en los circuitos internacionales de difusión.

Compositor, cantante y guitarrista, su obra suele clasificarse con la etiqueta que la industria del espectáculo acuñó para nombrar buena parte de las producciones sonoras de la periferia, aquellas que no encajan en el mainstream de los centros hegemónicos: músicas del mundo. Por su poder improvisatorio con la guitarra, los jazzistas lo incorporaron a su nómina y hubo críticos que lo situaron como representante del llamado afro jazz, paraguas bajo el cual se cubren artistas tan diversos como el saxofonista camerunés Manu Dibango, la cantante beniana Angelique Kidjo, la banda del etíope Mulatu Astatke, o el multinstrumentista nigeriano Fela Kuti.

Tuku, como en su país nombraban familiarmente a Mtukudzi, nacido en 1952, comenzó su carrera en 1977 con la banda Wagon Wheels. En aquellos momentos se hallaba vigente el régimen racista de Rhodesia. Justo en 1980, para saludar el advenimiento de la nueva Zimbabwe, Tuku cantó el himno Ishe Kimborera Africa (Dios bendiga África) en una versión a ritmo de reggae.

A lo largo de su trayectoria, grabó nada menos que 67 álbumes, en los cuales la mayoría de los temas fueron compuestos por él, destacándose Chokwadi Chichabuda (1980), Nyanga Nyanga (1988), Chikonzi (1990), Mutorwa (1991), Tuku Music (1999) y Neria (2001). En este, la canción que le dio título derivó pronto en una de las piezas más difundidas de su repertorio, no solo por su discurso melódico, sino debido a que aborda la situación desfavorecida de la mujer en varias sociedades africanas.

Aún enfermo –la salud delicada obligó a suspender el último año conciertos y giras-, se permitió registrar en 2018 los discos Eheka Nhai Yahwe, de resonancias místicas, y Hany’ga, que contiene más de una alusión el complejo contexto político de su país.

En general, el contenido de sus canciones se caracteriza por un enfoque social y de denuncia de las condiciones de vida diaria de las mujeres y los hombres de su entorno más cercano, con la aspiración de hacer realidad una esa sociedad más justa. En más de una entrevista se pronunció contra políticos africanos que una vez han tomado el poder, reproducen los esquemas de opresión de los tiempos coloniales y se entregan a la corrupción.
La lista de honores recibidos por Tuku también es larga: más de 50 títulos concedidos por organizaciones e instituciones de África y Europa, así como premios a su producción discográfica.   

Al escribir el obituario de Tuku, la periodista española Gemma Parellada, especializada en asuntos africanos, recordó cómo el músico quiso transmitir su pasión y desbrozar el camino a los nuevos talentos creando un espacio para el desarrollo artístico de los jóvenes. Sin tasa de inscripción, ni clases, ni profesores, Mtukudzi fundó en 2004 en una antigua zona industrial, el centro Pakare Paye, a 50 kilómetros de la capital, Harare. Lo bautizó como uno de sus grandes éxitos Pakare Paye – que significa «siempre la misma canción» en la lengua shona- y abrió el espacio para que los músicos pudieran ensayar, escuchar, probar y también grabar. Pakare tiene un estudio. Era frecuente ver allí al propio Tuku Mtukudzi alentando a músicos de la nueva generación como la Tsevete Band o Munyaradzi Mataruse.

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