ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El ángel. Foto: Fotograma de la Película

Concursando en largometrajes y con el aval de haber sido un taquillazo en Argentina, se presenta El ángel, una historia de robos y asesinatos, inspirada en hechos reales que se refieren a dos jóvenes que allá en los años 70 –tiempos de dictadura militar– se ganaron los más espectaculares titulares de prensa, interesados como estaban los generales en inundar de distraimiento amarillo la tirante situación política del país.

Según cuentan entendidos en la causa criminal, los sucesos verídicos desbordan la visión cinematográfica del filme dirigido por Luis Ortega con producción de Pedro Almodóvar. Una película bien realizada y entretenida, que se mueve entre lo que sucedió, lo que pudo haber ocurrido –a partir de no pocos elementos de ficción–  y un evidente barniz de empatía sobre los asesinos múltiples, de manera de hacerlos más asequibles a los espectadores en una historia impregnada de colorido, acción y excelente banda sonora. Porque lo cierto es que aquellos gatillos alegres dispararon hasta contra un niño durmiendo en una cuna, ultimaron a 11 personas de la manera más cruenta y uno de ellos violó a varias muchachas.

El personaje principal de El ángel es un joven de 20 años, rubio y con cara de niño, a quien le da vida Lorenzo Ferro, capaz de asumir los tintes de complejidad sicológica que el director le atribuye a Carlos Robledo Puch, condenado a cadena perpetua, todavía en prisión y quien, hace un tiempo, declaró que aspiraba a que su vida fuera llevada a las pantallas por Martin Scorsese y con Leonardo DiCaprio interpretándolo a él.

Al filme se le ha reprochado que bajo el atendible presupuesto de crear una historia otra, la imaginación haya terminado por encubrir con cierta frivolidad aspectos muy importantes de los hechos –la eterna polémica entre realidad y ficción–, pero lo cierto es que el director pretende mucho más que retratar los sucesos tal cual, y en busca de una recomposición artística entrega un filme  de excelente factura y encomiable  trabajo interpretativo.

También en competencia, la brasileña Óxido, de Aly Curitiba, se inserta en una temática que en los últimos tiempos ha motivado a directores de diferentes países: los teléfonos móviles, la red y los aspectos íntimos que en manos espurias se convierten en sucesos públicos.

Dividida en dos partes perfectamente delineadas, Óxido comienza como una bonita historia de amor entre una simpática muchacha y un joven algo tímido. Ya en la primera aproximación física, la muchacha pierde su teléfono, sentada junto a él en un parque. A la   felicidad de ella, que desde hacía rato le había echado el ojo al atractivo joven, se le une un desconcierto casi de inmediato, cuando al llegar a la escuela es recibida con los comentarios más mundanos. Sucede entonces lo que ya se ha convertido en noticia reiterada: una joven, perturbada por el acoso y las implicaciones morales que conlleva la exhibición en la red de un video muy personal, se quita la vida.

Una primera parte del filme es narrada a tono con el ritmo juvenil de los estudiantes que le dan vida a la historia, y una segunda transita caminos más reflexivos, interesada como está en desentrañar la personalidad del joven. Hay una evidente culpabilidad en él, pero ¿cuáles pudieran ser las causas?

Retirada la familia al campo como estrategia del padre, iremos conociendo interioridades de traumas sicológicos y vidas fragmentadas, al tiempo que ante el espectador se exponen dos posibilidades éticas: asumir el joven la responsabilidad inherente al caso –consejo del padre–, o enfrentar la culpa, proposición de una madre que vive separada de la familia y se ha presentado exhibiendo el embarazo de otra relación amorosa, un conflicto paralelo que, aunque no lo parezca, pudiera influir.

Un viejo y premiado conocido de los Festivales de La Habana, el mexicano Carlos Reygadas, se presenta ahora con Nuestro tiempo, un drama nada misterioso y sí muy sensual, que el mismo director ha declarado no tener nada que ver con su vida privada, por cuanto tanto él como su esposa son los
actores principales y hasta sus hijos forman parte del elenco.

Un metraje de tres horas que nos habla de un matrimonio que vive una relación muy particular en un rancho, propiedad de ellos, donde se crían toros. El protagonista, a pesar de su rudo trabajo, es un poeta que va a la ciudad a ofrecer recitales y ella una mujer amorosa, pero con patente de corso para sostener relaciones sexuales ajenas al lazo nupcial, siempre y cuando informe al marido de cuánto acontece.

Como en todas sus películas, Reygadas le otorga al tiempo narrativo el espacio necesario para la reflexión y construye su historia íntima alejado de normas clásicas, pero sí funcionales en cuanto a establecer mundos simbólicos entre el machismo que representa (y niega) su personaje, y el mundo exterior, dominado por la fuerza de la naturaleza y el enfrentamiento entre los toros por reafirmarse como los mejores dentro de la manada (bella escena final la del filme).

Una película que necesariamente, aunque en otras dimensiones, remite a los conflictos de pareja tratados por el maestro Bergman y poetizados ahora por el talento de Reygadas en hermosas imágenes y textos que en ocasiones, contrario a lo que él  siempre ha rechazado, rozan el melodrama, quizá porque el director no es el actor más adecuado para interpretar un personaje de intenciones contrastantes.

Una película rica en matices y que de ningún modo cierra –como puede suceder en la vida misma– el rastreo síquico  y existencial de la pareja en conflicto, en especial en lo que concierne al personaje masculino.
Filme para analizar con mucho más tiempo y espacio, pero sin duda meritorio.

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sandra dijo:

1

14 de diciembre de 2018

10:30:29


Por lo que leido parece interensante cuando viene a Santiago