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Escena de Doctora Foster. Foto: Tomada del Daily Express

La sangre no llegó al río, pero hirvió lo suficiente como para que los telespectadores compartieran las angustias y sobresaltos de una trama que puso sobre el tapete celos, infidelidades, golpes bajos y trapisondas a lo largo de los diez capítulos de Doctora Foster (Multivisión, tarde y noche de lunes a viernes).

Esta producción de la británica BBC, transmitida originalmente de septiembre del 2015 a octubre del 2017 en dos temporadas, constituye una muestra plausible acerca de cómo un drama familiar puede hacerse más intenso e interesante a partir de la estructura del thriller, sin que por ello pierda su esencia: develar la crisis de una familia y su efecto nefasto en la vida de un hijo adolescente.

Si bien el tema es universal –cuántas veces, aquí mismo, en nuestro entorno, hemos presenciado cómo el divorcio de los padres pone de manifiesto miserias humanas que repercuten negativamente en su descendencia-, en Doctora Foster  el contexto social determina en  buena medida el curso de las acciones.

Parece que en Inglaterra también se cumple aquello de pueblo chiquito, infierno grande. En Parminster, una pequeña localidad que se supone cercana a Londres (no existe en la realidad, los exteriores fueron  filmados en Hertfordshire y el policlínico donde labora la protagonista es un centro de salud comunitario de Chesham), todos se conocen.

El conflicto pasa por los que tienen más recursos financieros y los que tienen menos. La propiedad y el dinero devienen armas de sostenibilidad y desestabilización más decisivas que la propia catadura moral de los personajes en pugna. Simon Foster (Bertie Calver) no solo queda en un momento, como diríamos aquí, en la calle y sin llavín, sino en la ruina.

Pero lo más ingenioso de la trama se desata a partir de un lugar común: el hallazgo de un cabello rubio en la bufanda de Simon. En lo adelante, la doctora Gemma Foster desata sus obsesiones: de la sospecha a la certeza de la infidelidad avanza por los cinco capítulos de la primera temporada, en la que se van deshojando mentiras, falsedades, comportamientos hipócritas tanto por parte del marido como por la amante y  sus padres. Esa parte inicial no tiene desperdicio en cuanto a progresión dramática.

Lo que vino después ya no es tan efectivo. Se torna redundante, extremo y por momentos artificialmente construido, aunque aleccionador. Pero como la serie se enmarca en una industria que se rige por el vínculo entre rentabilidad y audiencia, ya se están calentando los motores para una posible tercera temporada, que abordaría el destino de Tom, el hijo, después de la huida. La primera que  no está segura de prolongar la serie es Suranne Jones (Doctora Foster). «Hice una segunda temporada porque hubo aspectos que funcionaron muy bien en la historia, pero siento que  seguir en esto no sería algo correcto».

La Jones  conquistó al público y la crítica. Ganó por  su actuación los premios Nacional de Televisión, y los galardones a la mejor actriz del año concedido por el Gremio de Prensa de la radio y la TV (Broadcasting Press Guild), la Real Sociedad de Televisión (Royal Television Society) y la Academia Británica de Televisión (British Academy Television). Una Doctora Foster sin ella es impensable.

Al guionista Mike Bartlett se le plantea un dilema. Compulsado por la industria, ha hablado del tema:«El final de la segunda temporada es abierto y permite una secuela. Pero no he escrito nada todavía», confesó en julio pasado.

Por lo pronto la Jones se ha involucrado en la miniserie anglonorteamericana Gentleman Jack, donde interpreta a una mujer del siglo XIX que regresa al hogar de sus ancestros luego de viajar por años.

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