ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Antonio Lauro. foto: Archivo del autor

Si México tiene la suerte de contar con el legado excepcional de Manuel M. Ponce, Brasil el de Heitor Villa-Lobos, mientras Argentina dio autores de la talla de Alberto Ginastera y Carlos Guastavino y Paraguay a Agustín Barros Mangoré –en el caso de Cuba, mucho después, Leo Brouwer marcó a escala universal un antes y después en la guitarra–, Venezuela aportó un nombre que los ejecutantes reverencian: Antonio Lauro.

Este 3 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de Lauro en Ciudad Bolívar. Su vida, que se prolongó hasta el 18 de abril de 1986, estuvo casi exclusivamente consagrada a plasmar en el instrumento de seis cuerdas el alto vuelo de la savia sonora de su tierra.

No hay guitarrista que se respete que deje de incluir en su repertorio valses como Natalia, El marabino y Angostura o que se resista a emular la lección de articulación y ritmo conseguida por su compatriota, el maestro Alirio Díaz, en su versión del joropo Seis por derecho, en el que remeda el timbre del arpa llanera.

Entre quienes acudieron a su obra se hallan nada menos que los españoles Andrés Segovia y Narciso Yepes, el inglés John Williams y el cubano Brouwer.

Lauro pulió como piezas definitivas un total de 16 valses, pero también aportó a la guitarra solista otras obras entre las que destacan su monumental Sonata, una Pavana al estilo de los vihuelistas,
la Suite venezolana así como piezas vocales y para formaciones de cámara.

Por cierto, la Sonata y la Suite fueron escritas entre 1951 y 1952 cuando sufrió prisión por enfrentarse a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. La primera es un ejemplo del manejo de armonías politonales en función de la ampliación de las posibilidades expresivas de los géneros tradicionales de su patria, por lo que se desmarca de los tópicos nacionalistas al uso. La Suite, mucho más apegada a este último canon, incluye en su tercera parte una de las más logradas recreaciones del folclor afrocaribeño, sin que por ello haya tenido que acudir a citas directas.

Obra mayúscula en su catálogo autoral es el Concierto para guitarra y orquesta, fechado en 1956, con el que ese año conquistó el premio nacional de composición Vicente Emilio Sojo. Confió su estreno a su amigo Alirio Díaz. Quizá haya sido esta la página en que con mayor hondura y conocimiento de causa Lauro haya apostado por hallar vasos comunicantes equilibrados entre los préstamos formales del clasicismo europeo y las matrices folclóricas del criollismo.

A su trayectoria como compositor unió una incesante faena en el campo de la pedagogía musical y la promoción cultural, con hitos relevantes entre los que cabe señalar la fundación de la coral Madrigalistas de la Radio Nacional y las agrupaciones Los Cantores del Trópico y el trío de guitarras Raúl Borges y, especialmente, su contribución a la sistematización de los estudios académicos.

Sobre su trascendencia, el musicólogo Alejandro Bruzual observó, a propósito del centenario de Lauro: «Cuando asume su representatividad de lo venezolano en el mundo, da muestra también de una forma de ser intelectual. Intuyo que en muchos de nuestros países se ha rebajado el proyecto original nacionalista a una mera variante de lo popular-internacional, algo proyectado como world music por las grandes empresas del comercio musical. En cambio, el nacionalismo de esos años se pensó y se propuso como un aporte al pensamiento musical, produciendo una expresión novedosa dentro del mismo paradigma occidental».

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