ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Korda, Alberto

Sindo pobló más de un siglo de canciones que en el nuestro siguen siendo imprescindibles. Uno no sabe con cuál de ellas quedarse. Si La tarde o Guarina, si La alondra o Amargas verdades. ¿Cuántas fueron? ¿Cuántas se recuerdan? ¿Cuántas vuelven una y otra vez, más allá del tiempo y de la moda, de voz en voz, desde la intimidad hasta la resonancia coral, a cantar al amor y el desamor, el fuego y la luz, los héroes y la Patria?

Tal es el destino de la obra de un santiaguero que nació el 12 de abril del año anterior al estallido de la sublevación contra el dominio colonial español y tuvo la dicha de vivir hasta las vísperas de la conmemoración del centenario de la gesta: Antonio Gumersindo Garay García.

Vida legendaria la de Sindo. Trapecista y acróbata, tabaquero y comediante, trashumante y caminador, pero por encima de todo trovador. Adolescente ya dispuesto a descubrir los secretos de la guitarra, un día de paso por Guantánamo ve a una muchacha y como sin darse cuenta brota su primer bolero, Quiéreme trigueña. A los 92 años, prácticamente ciego pero aún inspirado, escribió su última canción conocida: Testamento lírico.

Anduvo por toda la Isla y de joven por la vecina República Dominicana, donde vio a José Martí por los días en que este preparaba la «guerra necesaria» y estrechó la mano del Apóstol. Tanto fue la impresión que luego compuso Semblanza de Martí. En la última década de su vida, Sindo mostraba su legítimo orgullo de cubano por haber estrechado la diestra de los dos hombres que marcaron el pulso histórico de la nación: Martí y Fidel.

También cantó a Antonio Maceo. Más bien fue un canto de reivindicación, puesto que en los primeros años de la pasada centuria el trovador sentía, como muchos de sus compatriotas, la frustración republicana: «Si Maceo volviera a vivir / y a su patria otra vez contemplara / de seguro la vergüenza lo matara, / o el cubano se arreglara / o él se volviera a morir».

Pero sin lugar a dudas la obra que resumió a mayor altura, amor y sentimiento patrio, lleva por nombre La bayamesa o Mujer bayamesa. A finales de 1917 iba de Holguín a Santiago y pasó por Bayamo y quedó unos meses allí.

Enamoradizo y galante, más de una muchacha lo cautivó. Habitual en peñas de trovadores y serenatas era lógico que conociera la canción de Céspedes, Castillo y Fornaris. Entre nuevos amo­res y reanimadas convicciones mambisas, dio curso a la canción que dice: «Lleva en su alma la bayamesa
/ tristes recuerdos de tradiciones / cuan­do contempla sus verdes llanos/ lágrimas vierte por sus pasiones. / Ella es sencilla, le brinda al hombre / virtudes todas y el corazón / pero si siente de la patria el grito/ todo lo deja, todo lo quema / ese es su lema, su religión».

Cuenta Lino Betancourt, el hombre que sabe más de los trovadores cubanos, que hubo una noche en que Mujer bayamesa se interpretó en todos los cafés y peñas de la ciudad hasta el amanecer con tanto ardor que Sindo, ante la acogida, dijo al final de la jornada que al morir querría su última morada en Bayamo. Así fue.

Sindo es inagotable. ¿Perla marina o Retorna? ¿Germania o El huracán y la palma? Sindo es un patriarca. Debía ser llamado Sindo el Grande.

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Andrès Senciòn V. dijo:

1

14 de abril de 2017

10:03:19


!!!!Grande Sindo!!!!. Muchos e interesantes detalles sobre su paso por la República Dominicana; se pueden encontrar, en la excelente biografìa de Sindo escrita por Carmela de Leòn. Un aplauso eterno para ese gran trovador. Desde Rep. Dom .

Yasel dijo:

2

14 de abril de 2017

14:08:46


Ufff, exlente trabajo. En Bayamo, como en toda Cuba, queremos mucho a Sindo