Que Donald Trump lleve las de perder en Hollywood no es noticia cuando se sabe que históricamente allí los demócratas han alcanzado mayoría electoral, a pesar de figuras como Stallone, Bruce Willis, Clint Eastwood y otros más, abanderados eternos del Partido Republicano, algunos de ellos sin asomar la cara en las últimas semanas por aquello de «quien me representa me hace sentir avergonzado».
En tiempos de George W. Bush sus hombres criticaban al Hollywood seguidor, en su inmensa mayoría, del Partido Demócrata y se decía —en perfecta asunción demagógica— que eso era por ser la gente del mundillo cinematográfico unos elitistas alejados de las preocupaciones de los ciudadanos normales (lo cual no fue óbice para que el asesor principal de Bush, Karl Rover, tras los ataques del 11 de septiembre, corriera a conciliar una reunión urgente entre el Pentágono, los guionistas y los magnates de Hollywood, en aras de fabricar películas a raudales que exaltaran el patriotismo, caldo de cultivo en función de justificar las invasiones que vendrían. Esas cintas glorificadoras del héroe americano se hicieron y se seguirán haciendo, no importa qué Partido esté representado en la Casa Blanca. Después de todo, y si de estadísticas se trata, alrededor del 80 % de los militares estadounidenses son republicanos, y ellos estarán dispuestos a prestar aviones y tanques, siempre que los cineastas involucrados en las guerras de mentiritas, cumplan).
Pero lo que sale a relucir en una reciente noticia con respecto a Trump es la escasa recaudación (posiblemente la menor de todos los tiempos) obtenida por un republicano en la tierra de los grandes estudios.
Las cifras publicadas por la Center for Responsive Politics (oficina que computa los fondos de campaña) habla por sí sola: para apoyar a la Clinton, 20.7 millones. En favor de Trump, menos de 350 000 dólares, la mayor parte recaudados en los días en que el millonario seguía prendido a las máscaras que luego irían cayendo una tras otra.
Y que conste que no faltan en Hollywood conservadores, y muchos, una buena parte de ellos asentados en Beverly Hills, el barrio situado al oeste de Los Ángeles, famoso por su concentración de millonarios enriquecidos con la industria del espectáculo.
Solo que como decía un viejo amigo periodista, que a su vez lo había tomado no recuerdo de quién, o de dónde, «uno va al cementerio a despedir a los amigos, no a enterrarse con ellos».
Una recomendación que parece haber seguido al pie de la letra un apasionado del partido de Trump, como lo es Arnold Schwarzenegger, cuando, no poco compungido, declaró en los primeros días de octubre: lo siento, pero por primera vez desde que obtuve la ciudadanía estadounidense no votaré a un republicano.
Para otros, el buche amargo de la despedida ha sido más fácil, pues ni siquiera se han asomado al cementerio.











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Fernando dijo:
1
31 de octubre de 2016
09:07:05
Lee dijo:
2
31 de octubre de 2016
20:23:43
victor ramos dijo:
3
31 de octubre de 2016
22:40:55
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