ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El punto más alto de las relaciones entre el ballet cubano y el francés fue la actuación y el montaje de Alicia de su versión de Giselle para la Ópera de París, en 1972. Foto: Cortesía del autor

El papel de Francia en la cultura universal ha sido, durante siglos, uno de los más transcendentes en los más diversos campos. En la esfera de las artes, junto a la música, la plástica y el teatro, la danza ocupa un lugar de especial relevancia en la historia gala, sobre todo en lo referente al ballet, forma de la danza espectacular a cuyo desarrollo ha contribuido de manera decisiva.

Si bien es cierto que el ballet tuvo sus orígenes en la Italia renacentista, periodo en el cual los maestros de danza fueron capaces de crear ese nuevo género a partir de la herencia del baile popular acumulado durante toda la Edad Media, sería Francia el lugar donde esos espectáculos alcanzaron la categoría de arte profesional. Llevado a la capital francesa por la florentina Catalina de Médicis, reina de ese país luego de contraer matrimonio con Enrique II, el “balletto” italiano devino “ballet” francés, luego del apoyo decisivo que recibiera del Rey Luis XIV, quien en 1661 creó la Academia Real de la Danza, primera institución dedicada a formar bailarines profesionales en el mundo occidental. En ella el maestro Pierre Beauchamp, no solo la reglamentó sino que le dio nomenclatura a los pasos y poses y estableció las cinco posiciones básicas para los brazos y piernas vigentes en el mundo hasta hoy día.

De esa Academia, devenida Ópe­­ra de París a partir de 1713, surgieron los dos grandes géneros y estilos que florecieron en los siglos si­guientes: el ballet de acción y el ro­manticismo, que encontraron cam­po fértil en los más diversos parajes de la tierra.

La danza académica tuvo su primer registro en Cuba en 1800, cuando el Papel Periódico de La Habana, en su edición del 10 de julio de ese año, dio a conocer la presencia en la Isla de Jean Guillet, primer maestro que enseñó las reglas de la danza académica en la entonces colonia española, en un modesto teatro de madera y guano, edificado en el espacio que hoy ocupa nuestro Capitolio Na­cional. Poco tiempo después comenzaron a llegar a Cuba obras, figuras y agrupaciones portadoras de lo mejor del quehacer coreográfico francés, entre las cuales merecen citarse los estrenos de obras de Noverre y Jean Dauberval, representativas del ballet de acción, realizados en 1803, en el Teatro Principal, en la Alameda de Paula, por la compañía de Jean Bap­tiste Francisqui.

En 1816 se produjo el estreno de una obra tan transcendente como La fille mal gardeé, de Dauberval, esta vez por la Compañía local del maestro y coreógrafo Joaquín González. Luego de su inauguración, en 1838, el Gran Teatro Tacón fue la sede don­de actuaron las principales compañías y figuras que visitaron la Isla a partir de entonces, muchas de ellas francesas.

En 1839 lo haría la compañía Ravel-Lecomte, la cual presentó obras de coreógrafos tan relevantes como Jean Coralli, Jean Aumer y Filippo Taglioni. En 1841-1842 la gran bailarina austriaca Fanny Elssler, una de las más célebres figuras del ballet del siglo XIX dio a conocer en sus dos visitas La sílfide, de Taglioni, obra que, en la Ópera de París, dio inicio al estilo romántico, así como otros trabajos del coreógrafo Joseph Mazilier y del propio Taglioni, quien aunque italiano de nacimiento es reconocido como la máxima figura creadora en el romanticismo francés. En 1843 la Compañía Francesa de Ópera y Ballet, encabezada por sus estrellas Pauline Desjardins y Phillipe Hazard, alcanzaron en La Habana grandes éxitos con dos famosas coreografías creadas por Taglioni para el repertorio de la Ópera de París: Roberto el Diablo y El dios y la bayadera. Cinco años después, en 1848, llegaría a Cuba la máxima figura masculina extranjera del ballet que nos visitara en el siglo XIX: Hippolite Mon­plaisir: “etoile” de la Ópera de París y partenaire de la más excelsa figura femenina del romanticismo, María Taglioni. Acompañado de su esposa Adele Bartholomin y de un conjunto de bailarines franceses y cubanos, estrenaron, entre otros, el pas de deux del II acto de Giselle, obra magistral del periodo, que al paso de los años tendría especial relieve en la historia del ballet cubano.

Giselle en su versión completa llegaría a nuestro público, el 14 de febrero de 1849, escenificada por Los Ra­vel, compañía que actuó en la Isla desde 1838 hasta 1865. Durante sus visitas, que incluyeron no solamente La Habana, sino también a las ciudades de Cienfuegos, Trinidad y Ca­magüey, mostraron un amplio y no­vedoso repertorio. Cerrando el ciclo de esa colaboración en la etapa colonial, en 1852 la Compañía de Bailes Franceses de la Familia Rousset, es­trenó en Cuba Catalina, la reina de los bandidos, de Perrot; El diablo a cuatro, de Mazilier y La vivandiere, de Arthur Saint-León.

El ballet volvió a representarse, ya en la Cuba republicana, con un buen nivel, a partir de 1904 en que se produjeron las actuaciones de la Compañía de Aldo Barilli, en el Teatro Albizu, de La Habana. Aun­que el conjunto estaba integrado totalmente por bailarinas italianas, el repertorio escogido fue Coppelia, de Saint-León, obra cumbre en el periodo que media entre el final del romanticismo y el estallido del estilo clásico en Rusia. Los nuevos aportes de Francia al arte del ballet serían conocidos por el público cubano en el siglo XX gracias a la gran bailarina rusa Ana Pávlova, quien durante sus actuaciones, entre 1915 y 1919, en los teatros Payret y Nacional, en La Habana; en el Sauto de Ma­tanzas, el Luisa Martínez Casado, de Cienfuegos y el Oriente, de Santiago de Cuba, interpretó fragmentos de obras maestras del francés Marius Petipa.

En 1947 el conjunto Les Etoiles de París, encabezado por exfiguras de la Ópera, como Serge Peretti, ofreció presentaciones en los teatros habaneros Auditorium, La Comedia y América, con un repertorio basado en coreografías de Serge Lifar y música de compositores franceses tan re­nombrados como Debussy, Ravel, Saint-Saens y Poulenc. Invitados por el Ballet Alicia Alonso, en 1951 actuarían en Cuba dos de las estrellas francesas más cotizadas en ese momento: Nathalie Phillipart y Jean Babilee, quienes realizaron el estreno en Cuba de El joven y la muerte, considerado una joya dentro del quehacer coreográfico de Roland Petit, uno de los más célebres coreógrafos galos de to­dos los tiempos.

En 1959, la célebre Ivette Chau­viré, máxima figura de la Ópera de París, presentó sus Recitales de Ba­llet en el Teatro Auditorium, en el que figuraron títulos con música de Saint-Saens, Daniel Auber y la Suite en blanc, afamada coreografía de Lifar sobre una partitura de Edou­vard Lalo. Ese propio año actuarían en Cuba Los Ballets de París, encabezado por el famoso bailarín Mi­lorad Miskovitch. Otro relevante acontecimiento fue la visita a Cuba, en 1968, del marsellés Maurice Bé­jart y su Ballet del siglo XX, oportunidad que permitió al público cubano tener su primer contacto con la obra de tan relevante coreógrafo fran­­cés, quien desde la escena del hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, mostró, entre otras, sus afamadas creaciones entre ellas Bo­lero, con música de Ravel.

En 1970, las relaciones franco-cubanas en el campo del ballet se estrecharon con la visita a La Habana del Grand Ballet Clásico de Francia, encabezado por la ex–etoile de la Ópera, Lyane Daydé, el cual presentó al público un repertorio integrado básicamente por obras de Serge Lifar, figura cimera, como bailarín, coreógrafo y director de la Ópera de París durante varias décadas.

Las raíces primeras de un ballet cubano hay que encontrarlas en el quehacer de la Escuela de la So­ciedad Pro-Arte Musical, fundada en 1931 sin ánimo de formar bailarines profesionales, pero de la cual surgiría la tríada fundacional del hoy Ballet Nacional de Cuba: Alicia, Al­berto y Fernando Alonso. El 29 de diciembre de ese año la legendaria bailarina cubana hizo su debut escénico en el Gran Vals de La bella durmiente,versionada coreográficamente del original de Petipa por su maes­tro Nikolai Yavorski. Su vínculo con la coreografía francesa se ex­ten­dería con su interpretación de Co­ppelia, en 1935 y en El lago de los cisnes, en 1937.

Sin embargo, ese lazo indisoluble de la Alonso con el ballet francés tendría su punto culminante el 2 de noviembre de 1943, cuando asumió el rol principal del ballet Giselle, fruto del trabajo de cinco grandes creadores galos: los coreógrafos Jules Perrot y Jean Coralli; el compositor Adolphe Adam y los libretistas Theofile Gau­tier y Vernoy de Saint Georges, con el cual la prima ballerina cubana, du­rante seis décadas, recibió la aclamación mundial. Alicia Alonso, quien había actuado en París en 1950 y 1953, como estrella máxima del Ba­llet Theatre de New York, revivió sus triunfos en la escena francesa en 1966, cuando junto al Ballet Nacional de Cuba se hizo acreedora en el IV Festival Internacional de Danza de París, del Gran Prix de la Ville, por su versión coreográfica e interpretación personal del ballet Giselle, triunfo que repetirían en 1970, en el mismo evento, con el II acto de El lago de los cisnes, de Petipa- Ivanov.

El conjunto cubano, único en obtener en dos ocasiones el máximo galardón del evento, fue premiado por la crítica y la Universidad de la Danza de París en los reconocimientos dados también a Aurora Bosch por su desempeño en el rol de la Reina de las Willis, en Giselle, y a las bailarinas Josefina Méndez, Mirta Pla, Loipa Araújo y Marta García, por el Grand pas de quatre, de Perrot, con el cual obtuvieron el Premio Estrella de Oro, en 1970.

Pero sin lugar a dudas el hito mayor en estas relaciones lo constituyó el montaje de la versión coreográfica de Giselle, realizada e interpretada por la Alonso, en la Ópera de París, el mismo teatro donde fuera estrenada la obra en 1841. El 24 de febrero de 1972, la legendaria bailarina cubana devolvió la obra a su cuna “como hubiese querido verla Theopile Gau­tier”, según afirmaron los críticos en­tonces. Como símbolo de esos nexos cubano-galos, el danseur etoile Cyril Attanassoff sería el partenaire de la Alonso y de Josefina Méndez, quien también interpretó el rol protagonista junto al elenco de la Ópera.

Otras relevantes colaboraciones con la Ópera de París han sido el montaje por la Alonso del Grand pas de quatre, de Perrot, con Josefina Méndez en el rol de Taglioni (1973) y el de La bella durmiente, en 1974, centralizada por las célebres estrellas francesas Noelia Pontois y Cyril Ata­nassoff.

El gobierno de la República Fran­cesa ha honrado a Alicia Alonso con la Orden de las Artes y las Letras en grado de Comendador (1998) y con la Orden Nacional de la Legión de Honor en grado de Oficial (2003), galardón conferido también en Grado de Caballero a Josefina Méndez (2007) Post Mor­tem y a Loipa Araújo, en el 2010. Otras figuras cubanas reconocidas por el ballet francés han sido: Car­los Acosta (1990) y Rolando Sa­rabia (1998), merecedores del Grand Prix del Concurso de la Bienal de Danza de París. Maestros como Fer­nando Alonso y Loipa Araújo, han sido maîtres invitados de la Ópera, donde han dado a conocer su gran valía pedagógica, así como los basamentos técnicos y estéticos de la escuela cubana de ballet.

Entre 1966 y el 2010, el Ballet Nacional de Cuba ha realizado 14 giras por Francia, que han incluido actuaciones en 45 de sus ciudades, en las cuales se ha hecho acreedor de numerosas e importantes distinciones. En este reencuentro de las relaciones entre Francia y el ballet cubano ocupan un lugar especial los estrechos lazos forjados con la presencia de bailarines, coreógrafos y personalidades de ese país en las diferentes celebraciones del Festival Internacional de Ballet de La Ha­ba­na. En esa relación, iniciada en 1967 por la pareja integrada por Claire Som­bert y Michel Bruel, figuran tam­bién un grupo de las más rutilantes estrellas que han integrado el elenco de la Ópera hasta hoy día, así como también el Ballet del Rhin, el Ballet de Dominique Petit, Ris et Danseries, el Ballet Temps Presents y el Ballet de Biarritz, y otras grandes personalidades de la danza francesa, entre ellos, maestros, coreógrafos y críticos.

Figuras cubanas como Jorge Le­febre, Menia Martínez, Loipa Araújo, Catherine Zuaznábal y Julio Aro­zarena, han trabajado bajo la guía del gran Maurice Béjart; Carlos Acosta ha sido aclamado en la Ópera de París, durante sus actuaciones en Es­partaco, realizadas como estrella in­vitada del Ballet Bolshoi de Moscú, y en las últimas décadas muchos bailarines cubanos han integrado los elencos de varios conjuntos danzarios de Francia, como los Ballets de Marsella de Roland Petit, el Ballet de Biarritz, el Ballet de Nancy, el Ballet de Lyon y el Ballet de Toulousse.

Una histórica relación que, en los nuevos tiempos, reafirma su proyección de futuro.

* Historiador del Ballet Nacional de Cuba

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