ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El maestro Guillermo Rubalcaba. Foto: Yander Zamora

Tranquilo, como si nada lo sacara de paso, a su aire, Guillermo Rubalcaba toca el piano. Siempre ha sido así: oficio, tradición, buen gus­to y sobre todo una cubanía que por dentro y por fuera se manifiesta lozana, esencial, sin excesos pero sin remilgos.

Esas cualidades las tuvo en cuenta la experimentada productora discográfica Ana Lourdes Martínez cuando pactó con el sello Colibrí la realización de un álbum con el maestro como protagonista, ahora recién salido del horno para saludar la celebración de la segunda edición del festival de la cultura cubana Habanarte.

El título del fonograma, Como en el ayer, no deja de ser engañoso. ¿Será porque son obras musicales del pasado? ¿Por qué se considera que ya no se interpreta el piano como lo hace Rubalcaba? ¿O simplemente se desliza un guiño a la nostalgia como estrategia publicitaria?

Todo esto puede o no puede ser, según el ta­lante de quién escuche. Ciertamente, al repertorio le cabe una denominación que entre los jazzistas nunca ha sido problemática: Ru­bal­caba ejecuta estándares. Es decir,  piezas probadas por el tiempo a las que se va una y otra vez para versionarlas a la manera de cada cual.

Solo que en este caso el maestro no se propone una relectura innovadora, sino asumirlas desde una intimidad cómplice, sin artilugios. Como quien entra a la sala de la casa o nos convoca sencillamente a compartir un estado de gracia.

Pero, atención, porque nos llevaremos más de una sorpresa. Una de ellas, la conjunción de piezas emblemáticas de la música popular cu­bana del siglo XX con obras que nos han llegado mediante bandas sonoras de clásicos del cine norteamericano y se han instalado en una zona legítima de nuestro imaginario musical.

En el álbum de Rubalcaba, el maestro repasa melodías que se nos han hecho entrañables, como As time goes by, de Herman Hupfeld —sí, la canción que le removió el corazón al duro Humphrey Bogart en Casablanca—; Laura, de David Raskin; Tres monedas en la fuente, el tema que viene a la mente a gente de todo el mundo cuando desemboca en la romana Fontana de Trevi; y, en una interpretación despojada de acentos triviales, Love Story, de Francis Lai. También hay un salto al Brasil de la bossa nova con La chica de Ipanema, de  Jobim y Moraes; y a la manera mexicana de hacer nuestro bolero con Bésame mucho, de Consuelo Velázquez.

Quizá sin proponérselo, en el mismo comienzo del disco, un tema resume esa confluencia entre lo de aquí y otras partes: La guantanamera, que como se sabe, es una de las tonadas que nos identifican en cualquier latitud. Y luego está El manisero, de Moisés Simmons. Si la música cubana cobró vuelo universal en las primeras décadas de la pasada centuria, lo debe a obras como esa, puesta de moda en el París de los años veinte y treinta y que con el título The peanut vendor fue, junto a Aquellos ojos verdes, de Nilo Menéndez, la obra cubana más versionada en los Estados Unidos en plena Era del Jazz y del auge inicial de las placas de 78 revoluciones por minuto.

El poderoso y sugerente melodismo de la canción cubana asoma con Profecía, de Adolfo Guzmán, tema por cierto esquivo entre los jóvenes cantantes de nuestros días; y Qué te pedí, una de las perlas de Fernando Mulens que nunca debe ser olvidada.

No podía faltar el linaje danzonero de Ru­balcaba, que buscó a buenos y expertos aliados para concretar esa faceta en el fonograma, los contrabajistas Ricardo (El Zurdo) Muñoz y Humberto Seijas; los percusionistas Augusto Lage, Eduardo (Boniatillo) López y Luis (Betún) Valiente; el flautista Polo Tamayo y el trompetista Elpidio Chapottín.

Obligado y sensible homenaje el que rinde a su padre, Jacobo Rubalcaba, al interpretar uno de esos danzones imprescindibles, el cadete constitucional. Pero también en el orden de las sorpresas que antes anticipé, está Soy matancero, de Israel (Cachao) López, tan fresco, sabroso, rotundo y listo para conquistar el mundo como Buenavista Social Club.

A estas alturas conviene recordar que a Ru­balcaba le vienen todas esas músicas de una vida de trabajo. Violinista quinceañero en los Ases del Ritmo,  bajo la égida de su padre en la orquesta Montecarlo, pianista de planta en la CMQ, por años noche a noche en los clubes El Gato Tuerto, Maxim, la barra del St. John y el Barbarám (en su combo de este sitio estuvo nada menos que el jovencito Juan Formell), pianista de la Orquesta de Enrique Jorrín y más adelante, por invitación del maestro Odilio Urfé, a cargo del teclado en la Charanga Típica de Concierto.

Y como para no ser menos en el boom de la música cubana de los años noventa, lo llaman para Afrocuban All Stars y Diego El Cigala, después de la experiencia con Bebo Valdés, lo ficha para sus andanzas,

No, Guillermo Rubalcaba no es del ayer. Su piano suena como si nos despertáramos mañana.

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