
Un joven músico ruso asumió una tarea que pocos cubanos cumplen: dedicar un programa monográfico al pianismo de la Isla desde sus orígenes hasta la actualidad.
Alexander Mutuzkin fue el protagonista de la hazaña premiada por un público entendido, entusiasta y agradecido que colmó este último fin de semana la Basílica Menor de San Francisco de Asís, una de las sedes del II Encuentro de Jóvenes Pianistas, coauspiciado por la Oficina del Historiador de la Ciudad y el Instituto Cubano de la Música.
El gusto y el interés por el repertorio pianístico insular le viene de su mentor Salomón Gadles Mikowsky, un habanero de origen ruso-polaco, que a casi seis décadas de radicarse en Nueva York, donde es valorado como uno de los pedagogos de mayor reputación en la enseñanza del instrumento, nunca ha dejado de sentirse cubano en cuerpo y alma.
Con apenas 34 años de edad, luego de diplomarse en la Music School of Manhattan (MSM) bajo la tutela de Gadles Mikowsky, fue nombrado su asistente en la cátedra de la prestigiosa institución. Paralelamente ha desarrollado una carrera profesional que incluye lauros en importantes certámenes en Europa y Estados Unidos y una muy elogiada actividad como concertista.
Este mismo año lo ha dedicado a estudiar la obra de Rachmaninov, dado el compromiso de grabar la integral de sus partituras para piano solo. Sin embargo, ha hecho un paréntesis a fin de mostrar en La Habana su afinidad y comprensión hacia la música cubana, a partir de la colección de obras editadas o suministradas directamente por los autores en poder de Gadles Mikowsky.
Profesor y discípulo acordaron dejar fuera de la selección a Manuel Saumell, Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona, en aras de privilegiar a compositores internacionalmente menos difundidos. En sentido estricto, el programa de Mutuzkin no tuvo pretensiones antológicas; más bien la intención pasó por transmitir una visión panorámica, que para el intérprete tuvo el sabor de un viaje de iniciación.
Es imposible en poco menos de dos horas satisfacer a plenitud las exigencias. En obras y autores no estuvieron todos los que son —ya Mutuzkin tendrá oportunidad de vérselas con Nicolás Ruiz Espadero y Carlos Fariñas, imprescindibles para completar los siglos XIX y XX, respectivamente, o de descubrir la grandeza de las danzas de Félix Guerrero—, pero cada uno de los compositores incluidos posee un peso insoslayable en la construcción de lenguajes que en el tiempo derivaron desde la afirmación nacionalista hasta la más aventurada vocación de universalidad.
Cómo no inclinarnos ante la gracia de las danzas de Tomás Buelta y Enrique Guerrero, la fineza oculta de César Pérez Sentenat, el radicalismo fundacional de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, el tremendísimo danzón de José Ardévol, las recreaciones aguajiradas de Edgardo Martín, Harold Gramatges y Héctor Angulo, el ejercicio neobachiano de Argeliers León, y el replanteo de los códigos de la danza por parte de Hilario González y Nilo Rodríguez.
Músicas para reverenciar, por su condición esencial, como las de Alfredo Diez Nieto y Guido López Gavilán, que nos recuerdan la bravura de la percusión cubana, o por su inteligencia, sutileza y sensibilidad, como el boceto de Leo Brouwer, o por su ingenio como el cuento sonoro de Roberto Valera, o por la hiperbolización dramática conseguida con notable economía de medios en el caso de Juan Piñera; músicas para acariciar el oído, como las de Jorge López Marín y Andrés Alén, y músicas desafiantes para gozar como las de Ernán López Nussa y Aldo López Gavilán, en las que Mutuzkin se las entendió de tú a tú con tumbaos y toques timberos.
De este recital podrá decirse en lo adelante en términos deportivos: Gadles Mikowsky, Mutuzkin, el público y la música cubana ganaron por unanimidad.











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letty dijo:
1
10 de junio de 2014
09:25:54
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