ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El pianista Mario Ro­meu arribó a sus 90 cumpleaños. Foto: Yaimí Ravelo

El 90 cumpleaños de Mario Romeu no cabe en una crónica. Porque no se trata de la longevidad de un músico, sin lugar a dudas, excepcional, sino de huellas que más allá de la edad, han impreso los trazos de una identidad y las horas de una eternidad. Con 90 o sin 90 —claro está, que celebramos su larga vida—, Mario está aquí, con nosotros, ayer, mañana y siempre.

Alguien dirá, por su entorno familiar, que debía ser músico a como fuese. Su padre Armando, su hermana Zenaida, madre de la estelar directora orquestal Zenaidita Castro Romeu, y el maestro Jascha Fischermann, lo iniciaron en el piano. Su hermano Armando fue uno de los mejores ejecutantes del saxofón tenor en nuestra historia y una celebridad al frente de la orquesta de Tropicana, fundador de la Orquesta Cubana de Música Moderna y piedra sillar del jazz cubano. Su hijo Mayito y su sobrino Armandito han dado que hacer en la música de nuestro tiempo y lugar. Gonzalo, también sobrino, y su hija Belinda, ocuparán un lugar luego en esta historia.

Pero a lo que iba: el talento de Mario se mostró tempranamente con independencia de los lazos sanguíneos. Antes de la adolescencia convencía con probados argumentos virtuosos a los públicos que lo escuchaban en la interpretación de partituras clásicas. Fue uno de los más avanzados pianistas cubanos hacia la medianía del siglo pasado; Ernesto Lecuona, que también era un intérprete excepcional, lo consideraba fuera de serie. Públicos de Estados Unidos, Venezuela y, por supuesto, Cuba quedaron cautivados por su pianismo. Y hubiera ido de mejor a extraordinario sin la timidez y ese exagerado sentido de la autocrítica que marca su carácter.

Cumplió, sin embargo, con otros no pocos sueños en la música. Pródigamente dotado para la dirección, a su regreso de Venezuela Mario fue fichado por el canal 4 de la recién estrenada televisión, donde muy pronto asumió la conducción de la orquesta y de la programación musical, misión que se prolongó tras el triunfo revolucionario al frente de la Orquesta del Instituto Cubano de la Radio y la Televisión. Se destacó asimismo como orquestador y promotor de nuevos talentos.

En esta última faceta nadie calcula el papel que desempeñó Mario en el despegue de la carrera de Silvio Rodríguez. Un día lo escuchó en su casa, mientras el trovador compartía canciones con su hija Belinda, y al advertir la originalidad del joven lo citó para un estudio de televisión donde aquel grabó sus primeros temas.

Al filo de la década de los noventa, su sobrino Gonzalo, reconocido director de orquesta, lo invitó a compartir la banda sonora del filme La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet, a partir de una novela testimonio de Miguel Barnet. Fue una hermosa e intensa aventura que dejó temas memorables pletóricos de cubanía.

Por esos años el promotor y músico Redento Morejón, que de manera quijotesca pretendió desde una empresa del grupo Cubanacán caracterizar algunos sitios recuperados en la capital, le entregó a Mario las noches del club Imágenes, frente al parque Villalón, del Vedado; allí alternaba danzas de Cervantes y Lecuona con estándares de Cole Porter y George Gershwin, y de vez en cuando afloraban Liszt, Chopin, Rachmaninov, y hasta una increíble paráfrasis de Tristán e Isolda, de Wagner. Aquello no podía permanecer: el divorcio entre cultura, mercado y turismo, lo impidió.

Mario celebró —vaya sorpresa la que le deparó su yerno boliviano Palmiro Soria— entre familiares, amigos y colegas su cumpleaños. Le llegó el abrazo del viceministro de Cultura, Fernando Rojas; de los presidentes del ICRT, Danylo Sirio, y del ICAIC, Roberto Smith, y del presidente de la Asociación de Músicos de la UNEAC, Guido López Gavilán. Y le llegó el deseo de poner en un piano pasajes de su vida.

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Redento Morejón Morejón dijo:

1

19 de marzo de 2015

17:40:03


Amigo Pedro Hoy como antes, no lo pensaría un minuto en entregar un piano al Maestro Mario Romeu, en el Club Imágenes. Fue lo más digno que se podía hacer por esa gloria de nuestra vida musical, ir a escucharlo en horas tempranas en un club nocturno solo es posible en nuestra patria, donde cultura y turismo tienen que ir de la mano para bien de todos.