
Cuando se piensa en el por qué Fidel eligió a Abel Santamaría como segundo al mando de los sucesos del Moncada, o en el por qué lo calificó como el más generoso, querido e intrépido de su generación, no queda más remedio que pensar en las extraordinarias cualidades que vio Fidel en aquel joven noble e inteligente como pocos.
Tal fue así, que el 26 de Julio, el líder de la acción trató de protegerlo, enviándolo a una posición de menor peligro, para, en caso de que él cayera, el hermano de Haydée asumiera como como jefe del movimiento y diera continuidad a la obra, lo cual demuestra el gran apreció y la confianza infinita en Abel.
Por ese vínculo de hermanos de lucha, en el juicio del Moncada, al referirse al joven villaclareño oriundo de Encrucijada, Fidel dijo que era el más valiente, el más recto, que era honesto y no podía pensarse en nada deshonroso de su persona.
Mas, el cariño entre ambos era recíproco. A pesar del poco tiempo que tuvieron para compartir y conocerse, de poco más de un año, la recia personalidad del joven que encabezaba la Generación del Centenario caló muy hondo en Abel, quien dijo de él a su hermana, tras conocerlo, el 1ro. de mayo de 1952: «¡Yeyé, he conocido al hombre que cambiará los destinos de Cuba! ¡Se llama Fidel y es Martí en persona!».
De aquel encuentro en el Cementerio de Colón, Haydée dejó un vibrante testimonio: «[…] hasta ese momento Abel era la persona que yo había conocido con más condiciones para dirigir una acción; y aquella gran fe de Abel en Fidel, aquella gran pasión […] no cabe la menor duda de que influyó mucho también […] No hay días en que no pensemos en el amigo que perdió Fidel al perder a Abel. Abel no solamente fue compañero y segundo de Fidel. Abel fue el más leal de los amigos. Tal vez Abel fue la primera persona en esta tierra que vio los valores extraordinarios de Fidel».
Los unían, en primer lugar, sus profundas convicciones martianas, además del cariño y el aprecio mutuo, nacido de la comunión de ideales y principios, y una profunda conciencia de la necesidad de cambiar los destinos de la Cuba neocolonial que les tocó vivir.
Tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista de 1952, por distintas vías, Fidel y Abel habían mostrado su indignación ante aquel hecho abominable. A partir de entonces, el apartamento de 25 y O, en el Vedado, sería un hervidero de ideas; y bajo el liderazgo de ambos jóvenes, cobraría vida la Generación del Centenario.
Desde el inicio, ambos convinieron en que la acción fundamental se diera en Oriente, por razones históricas y estratégicas, de ahí la necesidad de tener hombres en aquel punto y que la discreción resultara absoluta. Solo un santiaguero, Renato Guitart, colaboró en el plan, aunque no fue hasta la víspera del día del ataque que se supo realmente cuál era el objetivo.
PARA ABEL, CUBA Y FIDEL ERAN LA MISMA COSA
Un mes antes de los sucesos del Moncada, Fidel encomendó a Abel para que fuera a Santiago de Cuba por temas organizativos, y acondicionara la Granjita Siboney, lugar alejado de la ciudad que sirvió de punto de concentración de los futuros asaltantes, desde donde partirían para la acción prevista.
En la madrugada, llegada la hora de la partida para al combate, el joven encrucijadense reclamó ante Fidel el lugar de mayor peligro, convencido de que era Fidel quien tenía que vivir; algo que le fue negado por el jefe del Movimiento, porque según él, si caía, era Abel quien debía seguir adelante con la Revolución.
Luego de una fuerte discusión, el jefe de la acción logró convencerlo de que su misión sería la de ocupar el Hospital Civil Saturnino Lora, enclavado frente a la entrada principal del Regimiento, decisión que no le agradó, porque según él, allí debían estar las mujeres y el médico, lo que motivo la respuesta enérgica de Fidel:
«Tú tienes que ir al hospital civil, Abel, porque yo te lo ordeno; vas tú porque yo soy el jefe y tengo que ir al frente de los hombres, tú eres el segundo, yo posiblemente no voy a regresar con vida».
Ante la orden, Abel contrariado le dijo a su amigo: «No vamos a hacer como hizo Martí, ir tú al lugar más peligroso e inmolarte cuando más falta haces a todos», ante lo cual Fidel, comprendiendo la preocupación del segundo jefe de la acción, le pone las manos sobre los hombros y persuasivo explica: «Yo voy al cuartel y tú vas al hospital, porque tú eres el alma de este movimiento y si yo muero tú me reemplazarás».
Puestos de acuerdo, antes de partir arengan a los combatientes reunidos en la Granjita Siboney. «¡Jóvenes del centenario del Apóstol, como en el 68 y en el 95 aquí en Oriente damos el primer grito de “¡Libertad o Muerte”!», mientras el segundo al mando, expresó: «Es necesario que todos vayamos con fe en el triunfo, pero si el destino nos es adverso, estamos obligados a ser valientes en la derrota porque lo que pase en el Moncada se sabrá algún día […] nuestro ejemplo merece el sacrificio y mitiga el dolor que podemos causarles a nuestros padres y demás seres queridos. ¡Morir por la Patria es vivir! Libertad o Muerte».
Como se conoce, ante el fracaso del factor sorpresa, Fidel ordenó a Fernando Chenard que avisara a Abel de la orden de retirada; mas, el emisario nunca pudo llegar, al ser capturado antes y luego asesinado por la soldadesca batistiana.
Sin embargo, al escuchar los disparos provenientes del cuartel, Abel intuyó el desenlace, pero decidió seguir disparando, porque, como le dijera a su hermana, mientras más tiempo estuvieran allí combatiendo, más podrían salvar a otros revolucionarios.
«En aquellos momentos tan difíciles, en que la vida puede muchas veces vencer a la muerte, para Abel su vida era que Fidel viviera, […] Abel lo único que pensaba, lo único que deseaba era que Fidel viviera. Abel nunca se planteó vivir él. Y Abel era la vida misma», reconocería Yeyé.
Fracasada la acción, y una vez capturado, los torturadores querían que confesara el nombre del jefe del movimiento y sus planes, pero Abel guardó silencio al igual que los demás. Primero lo golpearon, después le quemaron los brazos y –en un acto de barbarie sin parangón– le vaciaron un ojo. Pero Santamaría no dijo una palabra ni profirió una queja. Finalmente lo asesinaron.
Con solo 25 años, la tiranía apagó la vida de quien fue calificado por Fidel durante el juicio del Moncada como «el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba».
En memorable carta enviada por Haydée Santamaría a sus padres desde la prisión en que estaba recluida, trata de consolarlos ante la irreparable pérdida de su hermano, para lo cual no encuentra mejor argumento que recomendarles que pensaran en Fidel:
« (...) Mamá, ahí tienes [a] Abel, [¿] No te das cuenta Mamá [?]. Abel no nos faltará jamás. Mamá, piensa que Cuba existe y Fidel está vivo para hacer la Cuba que Abel quería. Mamá, piensa que Fidel también te quiere, y que para Abel, Cuba y Fidel eran la misma cosa, y Fidel te necesita mucho. No permitas a ninguna madre te hable mal de Fidel, piensa que eso sí Abel no te lo perdonaría».










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