Los mecanismos por los cuales se conforma el gusto, incluido el lector, no son insondables, pero sí intrincados. El amigo que me regaló El señor de las moscas, obra publicada en 1951 por el escritor británico y premio Nobel de Literatura William Golding (1911-1993), la disfrutó bien poco y, sin embargo, me dio la posibilidad de encontrar una de esas lecturas cuyo influjo acompaña toda la vida.
¿Por qué nos inquietan tanto las películas de terror protagonizadas por niños? Quizá porque de ellos esperamos todo lo contrario a la maldad; acostumbrados a protegerlos no podemos imaginar que nos hagan daño. Y aunque este libro no se acerque a esa cuerda cinematográfica, sí explora con agudeza el horror.
La historia comienza con el reagrupamiento de un grupo de niños, desde muy pequeños hasta preadolescentes, tras sufrir un accidente de avión en una isla desierta. El piloto, único adulto que los acompañaba, ha muerto. Nunca sabemos por qué iban en ese vuelo, hacia dónde o de qué huían; apenas algunos elementos permiten sospechar de la guerra o un desastre nuclear.
La historia, difundida en Cuba por la Editorial Arte y Literatura, es protagonizada por Ralph, un líder nato, que apuesta por el orden y ciertas rutinas para garantizar la vida y el rescate; Piggy, el niño gordo, miope y asmático, el más inteligente y compasivo, pero sin una voz que pueda hacerse valer; Jack, también líder, pero impulsivo, seducido por la diversión y el caos; y Simón, un personaje desvaído, que lo ve todo claro, aunque no alcance a difundir sus mensajes.
La crueldad y la indefensión se alternan en un paisaje paradisíaco, en cuyas descripciones el lenguaje de Golding alcanza la mayor belleza: «El sol era en el oeste una gota de oro ardiente que resbalaba más y más hacia el umbral del mundo. Todos de pronto sintieron la noche, que era el fin de la luz y el calor».
Los intentos de Ralph y Piggy por hacer una lista de los niños, garantizar el diálogo (para lo que asumen el inocente método de conceder la palabra a quien sujete en sus manos una gran caracola que han encontrado) y, sobre todo, tener el fuego encendido, se ven constantemente enfrentados a la apuesta de Jack por la caza y la diversión:
«–No podemos tener fuego siempre. Y a ellos no les importa. Y hay algo peor... –dijo mientras miraba intensamente la sudada cara de Piggy–. Hay algo peor. A mí tampoco me importa a veces. Supón tú que yo haga como ellos, que nada me importe. ¿Qué será de nosotros?
«Piggy se quitó los espejuelos, profundamente preocupado.
«–No sé, Ralph. Tenemos que seguir, no hay otro camino. Eso es lo que hace la gente grande».
Como apunta la nota de contraportada, el texto es un símbolo de la lucha entre civilización y barbarie, una muestra de en qué podría convertirse el hombre de renunciar a la autodisciplina y los controles de la sociedad.
En las profundidades de la selva, los niños creen que los amenaza una bestia, y el salvajismo parece que ganará la partida, mientras llega a cuotas impensadas de violencia y enajenación: «De un lado el mundo de la cacería, las tácticas, el feroz regocijo, la habilidad; del otro, el mundo de los anhelos y el desconcertado sentido común».
Las páginas últimas del libro describen con realismo la persecución, más dolorosa porque no perdemos de vista que al final son, simplemente, niños solos en una situación dramática.
Justo así se revela al final, duro de leer: «Un semicírculo de niñitos, con los cuerpos manchados con arcilla de color, unas varas afiladas en las manos, estaban de pie en la playa, muy callados».
Es entonces cuando Ralph llora «por el fin de la inocencia, las tinieblas del corazón humano y la desaparición de su sincero y sabio amigo Piggy».
La anécdota deja el sinsabor de la irracionalidad de consecuencias irreparables, algo con lo que el mundo lidia constantemente; porque, no nos mintamos, tampoco los «grandes» hemos creado herramientas invulnerables para frenar el odio.
Leer El señor de las moscas puede ser un ejercicio amargo, pero es, sin duda, una invitación a revisar cuanto creemos saber de lo humano y sus límites.










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