ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El relato de cuatro hermanos que llegan a un reino mítico a través de un armario ha fascinado a editores y lectores por décadas. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Difícilmente encontremos en casa un lugar más proclive a incitar la fantasía que el escaparate. Ya sea antiguo, hecho con madera eterna y olorosa, heredado de una abuela; o moderno, estilo clóset, en su interior hay un mundo conformado por retazos de vida.

Allí no solo guardamos la ropa de todos los días, también la que ya no usamos pero nos negamos a regalar, porque cuesta deshacerse de las cosas –aunque sean solo eso, objetos– cuando han sido testigos de nuestro paso.

Pero también están pequeños recuerdos: fotos, cartas de amor, cintas de regalos hace mucho estrenados, un diploma entrañable, los primeros zapatos del bebé…

Y el día que destinamos para hacerle la limpieza, se torna más simple el reacomodo de un universo donde nada parece sobrar.

Por eso a las niñas y niños les provoca tanto curiosear en esos espacios, adivinar qué hay en las gavetas, probarse los abrigos y zapatos, imaginar monstruos terribles que en las noches los cruzan, y hasta esconderse en su tibia oscuridad.

Pocos son los que no han querido averiguar si no habrá tras sus percheros la puerta a otro universo; pero no todos tenemos la suerte de los hermanos Peter, Susan, Edmund y Lucy, de llegar a un reino como Narnia, sin límites entre humanos y animales, y un elevado concepto del bien y la valentía.

Después de leer El león, la bruja y el armario (Colección Ámbar, Editorial Gente Nueva, 2016), la primera de las siete novelas que conforman Las crónicas de Narnia, confieso que estiré el brazo dentro de mi clóset, esperando toparme con las ramas de algún árbol y la nieve fría, pero no, solo estaba la pared y el agobiante calor de La Habana.

Sin embargo, he estado en Narnia, porque Clive Staples Lewis (Irlanda del Norte, 1898–Inglaterra, 1963) se aseguró de que todos sus lectores tuviesen la posibilidad de llegar hasta allí, donde hay faunos y castores parlantes, leones sabios, y un tiempo que no pasa, o lo hace a un ritmo diferente.

Esta es una historia que la gente pequeña, inteligente como es para negarse a dudar de lo que cuentan los libros, puede y debe leer; pero se disfrutará más después de que algunas arideces adultas se hayan instalado en la personalidad, y se haga cada vez más difícil dejarse sorprender.

El propio Lewis, en la dedicatoria a Lucy Barfield, dice que «las niñas crecen más rápido que los libros. Como consecuencia, ya eres demasiado mayor para cuentos de hadas y, cuando se publique, serás todavía mayor.

Pero algún día habrás llegado a la edad en que se comienza a leer otra vez los cuentos de hadas. Podrás entonces bajar el libro de algún estante, lo sacudirás y me dirás qué piensas de él».

Por eso, quien se atreva a empezar de nuevo con los cuentos de hadas encontrará en estas páginas mucho en qué pensar, porque se habla, como sin quererlo, de la traición, de la crueldad de la guerra y sus víctimas inocentes, de las tristes consecuencias que acarrea la ambición de poder, del sacrificio por el bien común…

El león… es de esos textos que hay que tomarse en serio, porque cuando se abre la página 1 hay grandes probabilidades de no dejarlo hasta el final, aunque haya pendientes de trabajo, y platos sucios o teléfonos sonando. Y no porque sea de la eufemísticamente llamada literatura ligera (para no decir mala) sino porque supone un viaje vertiginoso a las esencias –las luminosas y oscuras– de la humanidad propia y ajena, que cada día nos reta.

Las ideas, los símbolos, sobreviven a cualquier envoltura material y a todas las muertes, nos confirman las palabras de un volumen destinado a ser ejemplo de que ni la temática infantil, y mucho menos la fantasía, son asuntos menores.

En el epílogo de esta edición, Enrique Pérez Díaz invita a internarse en los predios misteriosos de Narnia, donde «reverdeceremos una vez más y por siempre jamás, esa inagotable savia que nutre a la infancia desde que el mundo es mundo: la curiosidad innata de descubrir todos los secretos, develar cualquier misterio y vencer todos los miedos, para superar todas las crisis, en un país conocido y cercano o en el mítico e ignoto Reino de la Lejanía».

Todos tenemos un Narnia, un paisaje de recuerdos y emociones, de abrazos dados y recibidos, al que siempre acudir cuando la realidad amenaza con ser demasiado. Y allá estamos cuando los otros nos ven absortos y con cierta sonrisa dibujada (esa que hace a las madres decir: «quien solo se ríe de sus “maldades” se acuerda»).

Narnia son nuestras vivencias más especiales, las que hilamos paso a paso y resguardamos de la desesperanza, las que nos protegen de la amargura en ese armario tremendo que es la memoria.

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nanner dijo:

1

14 de noviembre de 2018

09:45:00


Las crónicas de Narnia alimentan el alma y nos hacen crecer, no considero que haya literatura mala por lo general siempre enseñan algo