ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La carretera rojiza de Quivicán que recorrimos mi padre y yo una calurosa mañana de septiembre por allá por los 80 fue testigo de uno de los más sabios consejos que jamás haya oído: «Todo en la vida tiene solución, menos la muerte; para todo hay siempre una salida». 

Foto de la autora

El temor cauteloso, del que además de padre vivía rodeado de adolescentes, en su condición de profesor de una escuela en el campo, advertía a su primogénita, de apenas 11 años, sobre esos desesperos que ante una situación desfavorable pueden atormentar al ser humano, tenga la edad que tenga. El destino al que se dirigían era una secundaria básica, una beca, como suele decírsele en Cuba, a pesar de que, como se sabe, el término tiene además otras acepciones.

La niña había matriculado el 7mo. grado en una secundaria urbana, pero quería estudiar en el campo. La furia de la beca, que había descubierto al ver llegar de pase a los muchachos grandes de la cuadra, las historias que se contaban, lo lindos que se veían los jóvenes, todos vestidos de azul, eran en su alma ingenua poderosos motivos para no querer llevar el uniforme de los «chícharos» y preferir el atuendo usado por los «azulejos».

No podría citar la cifra de alumnos que estudiaron en becas al menos por tres décadas, pero sí asegurar que en cada uno de ellos viven para siempre manojos de historias que hicieron mella en sus vidas, y guardan con especial recaudo, entre muchas otras, palabras como el docente, la inspección, la cuartelería, el albergue, el pasillo aéreo, las cátedras, el surco, el reporte o el punto de recogida.

Si en viejos diarios, alguna composición escolar o tal vez en un texto enviado a un concurso, duermen no pocas narraciones de corte becario, escritas por gente común, aunque no lo sean sus argumentos, en el título País con litteras, cuentos cubanos sobre becas –compilación a cargo de los escritores Roberto Ginebra Palenzuela y Joes y con sello editorial de Montecallado–, se recogen en unas 330 páginas exquisitos cuentos donde cada uno de los que alguna vez corrieron la suerte de permanecer fuera del hogar, en esa casa grande  que para bien o para mal llega a ser  ese recinto, se verán descritos o sentirán cómo la idea expresada apunta como un dardo sabio a las vivencias propias.

No solo recogen estos cuentos, espacios circunscritos al escenario campestre, reservado entre las décadas del 70 y principios de los 90 a la secundaria básica y el preuniversitario. Teniendo como elemento cohesivo la presencia de las literas, mueble infaltable en las becas, las piezas narrativas aluden también a las residencias estudiantiles universitarias o a otros argumentos que de algún modo conectan con algún suceso acaecido en esos escenarios colectivos.

Personajes como el profesor, la muchacha (o) más hermosa (o), o el menos aventajado, el bitongo, el guapetón, el jefe del albergue, el infiel o el cornudo, el más popular, el relegado conviven en esta antología, donde firman figuras como Senel Paz, Francisco López Sacha, Leonardo Padura, Abel Prieto, Alberto Guerra, Sergio Cevedo junto a autores más jóvenes como Yunier Riquenes, Maylin Arencibia o el propio Joes, por solo citar algunos.    
Un cuadro que cala hondo, dedicado al «tío de campo», como se le llamaba comúnmente al que acompañaba las brigadas a las labores agrícolas (también podía ser una tía) lo ofrece el cuento Mis sobrinos azules, de Omar Felipe Mauri.

«Antes viví en este mismo lugar, donde ahora está la escuela llena de uniformes azules, y si tú ves esto como era no lo crees. (…) pero no han hecho nada mejor que la Esbec. Pues nada más la vi nacer con mis sobrinos azules, en esta tierra donde también vi nacer a mi Otilio, me dije: ‘‘Pallá me voy a trabajar”. Y aquí estoy: haciendo cuanto puedo. Entonces quieren que uno se retire». 

Cada uno de los cuentos son garantes de momentos únicos que a su vez compartirán, sin permiso de sus autores, los lectores. De todos podrían citarse pasajes que todo becado alguna vez experimentó, golpeado por la desdicha o enardecido por la emoción.

«Encima de la litera revivir el beso, el único amor, espérame luego, voy contigo, avísame para el círculo de estudios, no te desanimes, los días pasando y las caminatas interminables y las discusiones acerca de Marx, la lucha de clases o los Cinco Picos». (Alánimo, alánimo, de Rosa Ileana Boudet)

El alma se pone en ristre cuando comienza la lectura desde su primer cuento (Disparos en el aula, de Alberto Guerra), y no sabemos si pensar que el alumno supuestamente ofendido lanzará la tiza a la pizarra o la echará al suelo. Uno se busca en las páginas y pronto aparece, lo mismo participando de una conversación que se nos antoja dejavou, o frente a situaciones dolorosas como haber perdido para siempre y demasiado pronto a hermanos de la beca.

El libro deja extraños sabores. Cerrarlo no significa abandonar sus letras. Puedo asegurar que tras su lectura, me he sorprendido buscando maravillas en la biblioteca de la Esbec, donde descubrí a Carson McCullers o bailando en una rueda de casino, vestida de azulejo aquellas canciones de Rubén Blades. 

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Alejandro Fernández Costa dijo:

1

15 de agosto de 2018

06:26:43


Inolvidable etapa de nuestras vidas.La mia en la Vocacional Antonio Maceo de Santiago,de 1980 a 1985.Admirada Madelaine:¿Dónde encontrar el libro?

Madeleine Respondió:


15 de agosto de 2018

17:07:55

Hola: El libro se ha vendido mucho, pero es posible queden ejemplares en algunas librerías. Por eso recomiendo siempre entrar, y preguntar. En cualquiera de ellas podemos encontrarnos una sorpresa. Mis saludos.

Felix Orestes Suarez dijo:

2

16 de agosto de 2018

21:58:53


Me fui en el recuerdo 51 años atras cuando estuve becado en el ITV Juan Pedro Carbo Servia, ubicado en el Chico, Wajay en lo qu despues fue Habana Campo, muy cerca de Rancho Boyeros. Cuantos recuerdos y vivencias de entonces.

julia dijo:

3

3 de septiembre de 2018

11:35:10


Yo cumplí 15 años en la escuela de Refrigeración de Santa Clara en el 1976, y sin leer este libro, he comenzado a sentir nostalgia. Quisiera tener ese libro y repasar todo lo vivido allí. De paso un saludos a todos los que por aquella época estuvieron es esta gran escuela.