ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Los dibujos de Yailex Martínez Ortega embellecen esta edición Foto: Granma

Tiene cuatro años y un sinfín de estrellas en los ojos. Cuando entra a la casa, las habitaciones se llenan de arcoíris. Cuando ríe, amanece; y cuando pregunta, las cosas vuelven a nacer.

A su paso, deja un amasijo de hojas coloreadas, de juguetes desperdigados, de migajas dulces, y de corazones seducidos por sus ojos pícaros.

Ella es un tornado bueno que estremece mi amor de tía con su don de niñez: todo lo quiere saber, nunca se aburre, jamás se agota.

Ahí está lo sublime de la infancia: en las ocurrencias que salen como conejo del sombrero del mago, en la imaginación honda, y en las quimeras que destilan más sabiduría que los manuales universitarios.

***
«–Bien –dijo– ¿qué es lo que ves?
«Carlos escudriñó el espejo.
«–Nada –respondió– Solo mis cara y mis gafas y una vela.
«Humm –gruñó el viejo– Hay que saber mirar, muchacho. Sin embargo, espero que algún día aprendas a hacerlo. No olvides esto que voy a decir: en el ­fondo de cada persona, en la región más interior de cada uno de nosotros, vive otro ser. Con nosotros comparte vida y cuerpo, pero la mayoría de las veces resulta diferente. Muchos lo tienen dormido y van como sonámbulos por la vida. Por eso es necesario reconocerlo y despertarlo. Solo así se puede saber quién es uno en realidad.
«–¿Y si no se despierta? –preguntó Carlos».

***
Las niñas y niños deben creer en las brujas, en el unicornio, en los sentimientos de las muñecas, en los espejos mágicos, así se preservan de la aridez adulta, así son felices… Lo sabe el viejo Jesús, y les dice a Carlos y a Natacha: «Es bueno creer esas cosas. Así los sueños no se mueren del todo».

Lo entiende Idiel García (Villa Clara, 1980), el creador de estos tres personajes que se nos hacen entrañables en la novela ¡No soy un héroe! (Ediciones Áncoras, 2016). Pero los pequeños no son tontos ni viven en burbujas, comprenden más de lo que sospechamos los «grandes». El reto está en explicarles el mundo, incluidas sus zonas grises, sin rasgarles el velo de la inocencia.

Contar para ellos no es asunto de tema, sino de sensibilidad; esa es la razón por la que este libro habla de la guerra sin esconderla y del recuerdo de una herida, que es todavía más doloroso que la propia herida.

El Ogro, el flaco Lennon, Camila, Almudena, Raúl, Laura, son algunos entre una multitud de personajes, todos con sus diversas fisuras y enfrentados a la decepción, la muerte, la emigración, la enfermedad, el engaño, la bebida.

Sin embargo, al final, hay alegrías. Carlos quiere consigo a su papá –más que el nintendo enviado desde tierras lejanas– para que lo ayude en sus asuntos,  «al que pudiera contarle sus problemas y pedirle consejo, que le
enseñara la verdad de las cosas que él no comprendía, y fuera su amigo», y su deseo tendrá buen camino.

Para Natacha, sin otra magia que la de las flores de piscualas, se hará el prodigio de un hogar feliz; y el Ogro dejará de ser «el malo de la película», porque a veces los niños crueles en realidad solo están muy tristes y asustados.

Así como las almendras se vuelven unos árboles grandísimos, los protagonistas de esta historia descubren por el camino que no es lo mismo dolor que amargura (el primero es inevitable, la segunda, opcional), que la amistad es una tabla salvadora y el enamoramiento un susto extraordinario.

Y, sobre todo, una lección esencial también para quienes queremos a esos seres, inmensos en su poca estatura, que nos alborotan la cotidianidad: aún tienen tiempo para crecer. Aprender de a poco con la dicha plena es lo que permite mantener vivos ciertos sueños y un día, ante el espejo mágico, reconocerse una persona buena y repleta de luz.

***
«Si no despierta sería una verdadera lástima, muchacho. Ese otro ser es quien de verdad siente lo que cada uno es. Quienes lo llevan dormido solo pueden sentir a medias. Y van siempre equivocando lo que son. Bueno, ya lo sabrás por ti mismo, no hay que apurarse».

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