ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La obra poética de Georgina Herrera cuenta entre lo mejor de la lírica contemporánea cubana. Foto: Madeleine Sautié Rodríguez

Muchas conmociones le debo a un libro que llegó a mis manos con la carátula desprendida y no muy bien cuidado hace más de 30 años. Como una fuente de ardores que se activa con solo pensarlo guardo esta joya donde Alberto Rocasolano reunió poesía de voces femeninas de la Isla desde el siglo XIX hasta la contemporaneidad, marcada entonces por la lírica escrita en los 90.

Fue en Poetisas Cubanas (Letras Cubanas 1985) donde descubrí a autoras que hoy son platos fuertes en mi «consumo» literario. Lo que leí entonces de Reina María Rodríguez, Elsa Claro, Nancy Morejón y Marilyn Bobes, por solo mencionar las más recurrentes, fue suficiente para que las buscara, no siempre con buena estrella, pues sus libros corren la suerte de abandonar pronto los anaqueles.

Junto a aquellas, y bajo la rúbrica de Nuevas y novísimas, hallé a Georgina Herrera (Matanzas, 1936). No podría decir cuántas veces he vuelto a sus viejos poemas, ocho textos que renuevan mensajes, respondiéndome preguntas que provocan otras y situándome en no pocas encrucijadas, de las que solo sabe resolver la propia poesía.

Ahí está Duda, expelente de enigmas que nos tocan alguna vez, frente al titubeo de la existencia; o Los gatos, texto en que ingenio e ironía
consiguen elevar la perfecta dicha felina por sobre las arideces que entorpecen los regocijos humanos.

Escrito desde la más suprema nobleza Preguntas que solo ella puede responder consigue estrujar a fuerza de inquietudes hermosamente descritas los naturales e inevitables temores maternos. ¿Por qué te quiero hasta pisar los límites/ del llanto? / ¿Por qué la lástima, / si te estiras derecho hacia la felicidad? (…) ¿Por qué si salto de la cama, sin besarte, /regreso con pavor, como si fueras mi sagrado amuleto?

Especial impacto me sigue causando un poema como El Tonto. El texto se me abre con antojo caleidoscópico sin que haya podido conseguir jamás desentrañar qué pudo motivar su escritura. Al mismo tiempo, en cada acercamiento, suele resolvérseme el misterio en una historia que estrena siempre nuevas conjeturas.

Hace apenas unos meses regresé a casa con la Poesía completa de Georgina Herrera. Publicada por Letras Cubanas, como homenaje a su ya pasado cumpleaños 80. Tenía la sensación de haber reservado un exquisito postre para las noches, en que alternando televisión con un buen libro termino degustando el segundo.

Como ella misma ha dicho, la poesía que ha escrito es su propia vida. La existencia de la niña que sufrió pobreza extrema, la adolescente que vivió de cara a la discriminación racial y social, la que arraigada en un entorno de recias arbitrariedades despuntó poseída por la poesía, está en estas 518 páginas.

Pero no solo el ramalazo que se alivia en el decir lírico engrosa la compilación. La resistencia, la fibra y la dulzura de la guerrera seducida por el amor y el desenvolvimiento que le vino después marcan páginas que bien podrían recetarse para curar abatimientos. 

Estar en contacto con su obra ejerce sobre sí una energía más, un designio. Es preciso cerrar estas líneas. De Romper papeles inservibles (2013-2016), escojo una voz de dobles conclusiones: Si oyera yo decir a alguien: «Voy a romper Georginas inservibles. / Voy a diseminarlas, hacerlas polvo…» / Me pondría en guardia / transformándome, / escondiéndome dentro de lo más absurdo / para protegerme, / porque si existo es por algo / y quiero y debo ser. 

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