ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
O último azul, en la Competencia Oficial Foto: Fotograma de la Película

El visionado de la película brasilera O último azul (Gabriel Mascaro, 2025) me hizo recordar La inutilidad de los ancianos, antiguo cuento folclórico de la región de Rumanía, los Balcanes y Grecia, que cuenta la costumbre de deshacerse de los ancianos adoptada por los jefes de cierta comarca eslava, al considerarlos inútiles para la comunidad y una carga de cara a la supervivencia del colectivo.

Pero un joven se resistió a esa suerte para su viejo padre, a quien ocultó, evitándole su muerte. Dos grandes retos, de supervivencia, fueron impuestos a los pobladores de aquella comarca, y solo gracias a la sabiduría del señor (a quien el hijo, en secreto, pedía consejos de cómo responder ante tales desafíos) pudieron salir airosos. Al develarlo a todos, abolieron la cruel costumbre.

También intentan deshacerse de los ancianos en el escenario distópico planteado por el filme. Al llegar los adultos mayores a cierta edad, deben ser confinados en la ignota Colonia, un sitio del cual se sabe poco, aunque muchos temen. El objetivo –dicen– es respaldar a los jóvenes, quitándoles el fardo del cuidado a sus veteranos, con el fin de que, así, logren más productividad laboral.

Pero Teresa, a sus 77, se resiste a esa suerte tecnomalthusianista, la cual representa una alegoría del edadismo, en tanto rémora social –fenómeno reductor de las posibilidades laborales y humanas de los longevos en algunas sociedades– formulada mediante este formidable alegato en defensa y respeto de las viejas generaciones.

Teresa (Denise Weinberg) tiene otros planes en el trayecto por una ancianidad que descubrirá como espacio de libertad y realización personal. No se siente inútil ni obsoleta. Desea cumplir sueños, como el de volar ese avión del encuadre inicial que surca el cielo de la Amazonía: espacio donde transcurre la historia.

Pese a sus esfuerzos, no podrá concretar tal anhelo. Sin embargo, se le cumplirán otros; acaso no soñados, mas sí intuidos, deseados sin palabras en el fuero interno de esta determinada mujer.

Cuanto nos propone el Director de Divino amor en su acuática road–movie existencial (como lo son todas, desde Thelma y Louise) es un viaje hacia el autodescubrimiento liberador alcanzado cuando la experiencia de la madurez desata a un ser humano –rebelde y orgulloso de su condición de anciana y de mujer– de los nudos colocados por pautas, normativas, tradiciones y convenciones, que Teresa hace añicos mediante su libre proceder.

Qué pedazo de autor, qué raza cinematográfica la de un director como el brasilero Kleber Mendonca Filho. Si en diciembre anterior, en esta columna, no escatimábamos elogios para su documental Retratos fantasmas, un año después se los obsequiamos a O agente secreto, largometraje de ficción, presente en la Competencia Oficial de este 46 Festival.

El realizador supera lo conseguido por Walter Salles en su Aún estoy aquí, al estampar un lienzo (global, no particular; pero atento a la perspectiva y los detalles) sobre la memoria histórica de una nación ensombrecida por la dictadura militar, dentro de una gozosa amalgama genérica que entrecruza la pantalla política con diversos géneros que él maneja bajo un cautivador criterio cinéfilo.

A los perseguidores de Marcelo (Wagner Moura), en 1977, los hemos visto, antes y después, innumerables veces en la pantalla latinoamericana, porque son espectros (reales) de nuestro pretérito, con el franco peligro de perpetuarse en la circunstancia de un surcontinente asediado, bajo el ataque frontal de los mismos poderes imperiales que respaldaron un pasado de sangre en este país, como también en Chile, Argentina, Paraguay...

Película de muchos aciertos (para comentar, con espacio, en su momento), O agente secreto debía ser vista por el Park Chan–wook de la desacertada Sin otra opción (2025), para que apreciara cómo se trabaja e incorpora el elemento tragicómico de forma maestra.

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