«La noche del 12 de marzo de 2014, Mabel Gómez lleva a su hija al hospital, porque le duele el vientre. (…) Le atienden lo que parecen ser secuelas de una peritonitis reciente. Nadie (…) sospecha que lo que está sufriendo es un aborto espontáneo. Ahí es cuando entra la policía en el quirófano, toma la historia clínica, tacha aborto espontáneo y pone, sin pruebas: homicidio agravado por vínculo. «Belén (la hija de Mabel) nunca gozó de presunción de inocencia. Siempre fue culpable, para los que la atendieron y para los que la tenían que defender (…). El feto fue extraviado milagrosamente. No se realizó prueba de ADN. (…) En plena democracia, en un hospital público, Belén fue acosada, torturada y condenada en la misma noche. Los médicos hicieron de policías, los policías de médicos, y los jueces encerraron a una persona inocente sin pruebas».
Esas palabras, al minuto 91, pronunciadas en una audiencia por el personaje de la abogada de la defensa (antes de impregnarse luego de un sesgo de subrayado, de tesis remachada) exponen la base del argumento de un filme de explícito compromiso feminista y político como Belén (Dolores Fonzi, 2025), el cual ficciona un hecho real que activó luchas conducentes a la legalización del aborto.
En su segunda obra como realizadora, tras la alambicada Blondi (2023), la argentina Fonzi experimenta un avance ostensible en el campo de la dirección, al entregar una película limpia, bien filmada, cuyas piezas se organizan con suma disciplina, aunque sin alcanzar ese extra de trascendencia que la empine a estatus artístico mayor.
Se aprecia (en la distribución factual y la arquitectura narrativa) que la actriz devenida directora practicó un curso intensivo sobre la metodología para ramificar este tipo de materiales, a partir del visionado/estudio de muchos dramas judiciales cuyos ecos se distinguen aquí. El proceder resulta completamente lícito, e incluso aconsejable, pero funciona mucho mejor cuanto la amalgama referativa favorece el nacimiento de un aliento autoral.
Su aprehensión de lo visto en largometrajes de este tipo puede haber incidido en la solvencia con la que maneja las distintas etapas que desarrolla el personaje central de la abogada Soledad Deza: acercamiento al caso de la joven imputada de abortista y filicida; interacción con ella; implicación moral; investigación de los hechos; difusión a escala de país del desastre penal cometido contra Belén –vinculando todo con la expansión del movimiento femenino proabortista–; y su alegato final, decisivo, en la Corte.
Así, en la adaptación del libro Somos Belén, de Ana Correa, todo es correcto, aplicado, funcional, bien distribuido, escolástico; si bien se extraña ese plus de inefabilidad que hace perdurable al cine grande.
Ello no impide encomiar la habilidad de la realizadora y coguionista para airear en la pantalla (y atemperar políticamente a tiempos de motosierras, también abocadas a descuartizar la memoria histórica o a revertir viejas conquistas de los argentinos) circunstancias que, dado el conservador caldo de cultivo ideológico actual en su país, podrían reeditarse por los decretos o edictos de un ultraderechista.
Esto último lo alerta, con énfasis, la película.
Fonzi presta su encantadora presencia para incorporar a la letrada Deza, personaje que consolida desde una pulcritud ponderable.
Esa mujer –determinante en la liberación de la joven tucumana injustamente condenada en primera instancia por un conservador e inoperante sistema de justicia, el cual la castigó por ser mujer y por ser pobre– encuentra en la intérprete la herramienta ideal a efectos de establecer un puente empático y emocional con lo narrado.
Belén –la cual cierra con Cuando tenga la tierra, de la inmortal Mercedes Sosa, y una reivindicación visual de los derechos de las argentinas–, no es el tipo de cine que le gusta a Milei; de ahí sus esfuerzos por aniquilar una pantalla que, a pesar de tanto, resiste.









COMENTAR
Responder comentario