ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La libertad guiando al pueblo servía de inspiración a los oprimidos, pero pronto la doctrina del sálvese quien pueda comenzó a mostrar su verdadero rostro. Foto: AFP

Desde su nacimiento, el sistema capitalista pretendió acicalar su imagen con cíclicas capas de maquillaje. Ningún sistema anterior había logrado convertirlo todo en mercancía, incluidos los seres humanos, con tanta eficacia.

Al inicio, la imagen de La libertad guiando al pueblo, servía de inspiración a los oprimidos, pero pronto la doctrina del sálvese quien pueda comenzó a mostrar su verdadero rostro.

La efigie del revolucionario burgués se transformó en la de un individuo regordete con sombrero de copa, tal como lo retrataba la prensa en el siglo XIX, hasta llegar al galán o la vampiresa hollywoodense, sensual y glamurosa de la vigésima centuria.

Hagamos un poco de historia. A comienzos del siglo XX, el crecimiento del movimiento socialista y anarcosindicalista en ee. uu. atemorizaba a los dueños y señores del naciente imperio estadounidense.

Un 20 de abril de 1914, la Guardia Nacional abrió fuego con rifles y ametralladoras, en un campamento de carpas, en Ludlow, Colorado, contra unos 1 200 mineros en huelga y sus familias.

La cobarde acción provocó la ira de los obreros que, como respuesta, se armaron y atacaron decenas de establecimientos antisindicales durante los siguientes diez días.

A raíz de aquellos acontecimientos, un grupo de empresarios, entre ellos la familia Rockefeller, convocaron a los principales publicistas de entonces, para diseñar una estrategia que permitiera cambiar la imagen interna negativa del capitalismo estadounidense.

Ivy Lee, un consultor de eficiencia empresarial, y Edward Louis Bernays, publicista, convencieron a sus empleadores de la necesidad de manipular la forma en que la «masa», a la que comparaban con un rebaño que podía arrasar con todo a su paso, apreciaba la verdad de su país y de su vida.

Lo importante no es lo que ocurre en la realidad, sino cómo las personas lo ven, lo perciben, planteaban.

Edward Louis, sobrino de Sigmund Freud, utilizó sin reparo los conocimientos de su genial tío; recomendó recurrir a técnicas sicoanalíticas para indagar en lo más profundo del público, poniendo su foco en la angustia, el miedo, la ansiedad y el estrés, para después vender la solución.

Creador de la ingeniería del consenso, en su libro titulado Propaganda, resumía su maestría en el arte de conseguir que las personas se comportaran de manera irracional, si se lograba vincular los productos (o las políticas) con sus emociones y deseos más acendrados.

El pasado siglo nos legó las tendencias de la moda, las pasarelas, el street style, las celebrity news, los looks de alfombra roja, las it-girls, los estilistas, los influencers, etc.

Sin embrago, tras la vorágine impetuosa de la banalidad en venta, el capitalismo envejecido apenas logra esconder la basura y la desdicha, el dolor y la miseria de millones de seres humanos sacrificados al Moloch de la avaricia.

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