Cualquiera que esté al tanto de lo que ocurre en el mundo, podría pensar que una buena parte del planeta está gobernada por una cuadrilla de chiflados cercanos, por su coeficiente intelectual, a los invertebrados; con perdón de los platelmintos, anélidos, pólipos y demás.
Algo de eso hay, sin duda, pero el asunto es mucho más grave. Los adalides de esos sujetos enfermos de una ambición sin límites rigen un país que posee arsenales ilimitados de armas de exterminio masivo y una sed de dominio insaciable.
No es necesario aclarar a quiénes nos referimos.
La Casa Blanca está involucrada en más de una decena de conflictos, es el agente desestabilizador número uno de varias regiones del mundo, y maneja con ligereza los hilos de la entropía.
«Elegidos por la Providencia» para lograr sus objetivos de dominio, aplican terapias de choque que les permiten crear estados de ingobernabilidad que justifiquen la acción directa de sus fuerzas armadas, siempre como libertadoras o tras el manto de la «ayuda humanitaria».
Otras veces actúan, en su lugar, los aliados y lacayos, que para eso cuentan con ejércitos y fuerzas de seguridad a su servicio, educadas, entrenadas y armadas por el Tío Sam.
Impactan diversos escenarios a corto, mediano y largo plazos, mediante el uso de herramientas no convencionales, de probada efectividad para engendrar el caos, entre ellas la guerra económica, la promoción del narcotráfico, el paramilitarismo, los grupos delincuenciales, las campañas mediáticas, etc.
Operan con políticos, funcionarios, empresarios y académicos formados a la medida de sus proyectos de dominación mientras una nueva «izquierda buena», que responde al capitalismo, con una fidelidad y una efectividad nunca antes vistas, hace su trabajo.
En el caso de América Latina y el Caribe, hay que tener en cuenta el papel que desempeñan, en los planes de Washington, el lawfare y las ONG al servicio de la comunidad de inteligencia.
La estrategia de los servicios especiales estadounidenses apunta, como uno de sus ejes centrales, a bastardear los movimientos juveniles y estudiantiles, convirtiéndolos en organizaciones no gubernamentales (ONG), administradoras de recursos para la sedición.
Construyen líderes mediante planes de becas, cursos de liderazgo y acuerdos de intercambio académico, quienes son insertados en la superestructura de sus países de origen, como «semillas» listas para eclosionar en el momento preciso.
No es menos importante la labor que realizan en los planos ideológico, simbólico y cultural. Nos «venden» un capitalismo glamuroso, asimilable para el homo frivolus, ese ser que, apoltronado en su casa, condena enfadado a los «malditos» rojos de turno, culpables, según está convencido, de su vida miserable.
Por si fuera poco, no pueden detener el carrusel del consumo en que han convertido al mundo, un tiovivo que gira cada vez más rápido, sin control, conducido por una especie de «nave de los locos» que no sabe a dónde se dirige.
Además, como corresponde a su condición de kamikaze, destrozan la propia casa en la que habitan. Entendamos que necesitan el desorden, no pueden evitarlo; el objetivo es lograr que no quede nada más que el caos, aunque al final se hundan en él.













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