
El mundo se reordena y una vez más Eurasia está en guerra, aunque ahora por delegación del otrora indiscutible hegemon, EE. UU. No es la primera vez que abordo en estas páginas el tema del reordenamiento global y los cambios que de este se derivan. No obstante, considero indispensable retomarlo por la urgencia de comprenderlo para poder, entre todos, hacer las propuestas encaminadas a adecuar a nuestro país a ellos. La multiplicidad, complejidad y también la diversidad de los impactos que esos cambios provocaron, y provocan, obliga.
Se puede afirmar, porque parece haber consenso para ello, que el neoliberalismo y la financierización de la economía impulsaron la globalización. No lo hay, sin embargo, en que Occidente (EE. UU. y sus estados vasallos y siervos) que la impulsó, sino que aceleró su declive y la razón es que no logró alcanzar el esperado dominio geopolítico global, aunque el capital financiero transnacionalizado, a cuyo servicio se encuentran esos mismos estados nacionales, alcanzara en el periodo ganancias fabulosas.
La crisis de 2008-2009 –que debió ser la alerta a Occidente de que el neoliberalismo y la financierización de la economía no era la panacea esperada– poco contribuyó a que el capital regresara a la economía real en los países «desarrollados». Y aunque el crecimiento en general se mantuvo, este se concentró, principalmente, en los países del «Sur global» y en la región Asia-Pacífico, paradójicamente con amplia participación del capital transnacional, en busca de las ganancias extraordinarias proporcionadas por el diferencial de los costos de producción, y en ellos de los salarios. Lo anterior reforzó la tendencia, ya preexistente, a convertir esa región en lo que es hoy, la «fábrica del mundo», y con ello la pérdida de hegemonía de Occidente por el desplazamiento de la economía real, y con esta del eje geopolítico global, hacia el Oriente, esta vez sí geográfico.
Todo periodo de tránsito es complejo, difícil y desconocido. Y no puede dejar de serlo el del tránsito de un viejo ordenamiento global a uno nuevo. Por descabellada que pueda parecer a algunos, la comprensión del hecho solo puede encontrarse en la teoría y, como de economía se trata, en la Teoría económica y más en la Economía política internacional.
Es que si desde antes de nacer el capitalismo estuvo signado por el egoísmo y el «dejar hacer, dejar pasar» de los fisiócratas, que se manifestara en el liberalismo en lo económico y en la «democracia representativa», en lo político, ya en su madurez la crisis de 1929, dio paso al «capitalismo regulado» y al keynesianismo cuya crisis fue seguida por más liberalismo: el neoliberalismo, acompañado del keynesianismo militar, y a la idea de que las fronteras eran solo un obstáculo a la maximización del capital.
Sus impulsores más reconocidos fueron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, premiados con la implosión de la URSS y el fin de la guerra fría, y también con los aportes de Bill Clinton y Barack Obama en relación con los mercados financieros y el comercio, la globalización y la financierización.
La jauja del neoliberalismo, del «Consenso de Washington», y de instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), facilitadoras todas de la liberalización comercial y financiera sin fronteras –tan beneficiosa para las empresas transnacionales– hizo posible acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y hasta propuestas como las del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y las negociaciones del considerado su sucesor, el sigilosamente preparado luego de la incorporación de EE. UU. Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés), aunque también la incorporación de China a la OMC, lo que a posteriori alteraría el equilibrio geopolítico global. También el neoliberalismo globalizador inestabilizaría al mundo al aumentar los niveles de desigualdad entre países y en el interior de estos hasta dar lugar a la exacerbación de los nacionalismos y hasta del fascismo.
En particular en EE. UU., la pérdida de competitividad de su industria, el surgimiento de los «cinturones de óxido», el malestar por la caída del salario real y del nivel de vida de la clase media pusieron fin al «sueño americano» y profundizó las diferencias de clases en el país. También en Europa aumentaron las dificultades, tanto por el incremento de las desigualdades, como por las oleadas de inmigrantes procedentes de los mismos países que durante siglos habían masacrado y explotado… y todo ello, además, acompañado por las masacres en la propia Europa por la OTAN y occidente en Yugoslavia, y también en Irak, Libia, Afganistán, Siria…
Los resultados anteriores provocaron el deterioro de la peregrina idea de que la globalización –conducida por EE. UU. a la que se sumaba como vagón de cola Europa– universalizaría los valores occidentales y su cultura acabaría dominando el mundo a través del leitmotiv del egoísmo y su visión de la democracia, de la política y hasta de su cultura transmitida por sus películas, su música, la internet, sus algoritmos y sus redes sociales.
La idea de la globalización incluía que el mundo convergería, en esencia, en torno a los valores liberales para beneplácito de sus promotores que, cual dioses, harían y mantendrían al mundo a su imagen y semejanza… pero convertida en fábrica de desigualdades, la concentración de la riqueza y de los avances tecnológicos concentrados en el Metaverso no solo no produjeron el «efecto derrame» anunciado en los países «del centro», sino que el aumento de las desigualdades que promovió a las ultraderechas al poder, aumentó la pobreza en la periferia y fue incapaz de evitar que se crearan otros polos de poder global.
Para tratar de detener el surgimiento de uno de esos polos, la OTAN, rompiendo compromisos verbales, siguió su expansión hacia el Este, acercándose a Rusia hasta comprometer su seguridad con el resultado conocido de la guerra en Europa, convenientemente lejos de EE. UU.
También convenientemente lejos, hasta de Europa, Occidente, en nombre de la democracia, la libertad y el orden sujeto a reglas, generó su propia sopa de letras y creó alianzas militares: quad (EE. UU., Japón, Australia e India), Aukus (Australia, Reino Unido, EE. UU.), Five Eyes (Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Reino Unido y EE. UU.); realizó y realiza ejercicios militares provocadores en las proximidades de Corea del Norte, incursiona en las proximidades de China y se inmiscuye en sus asuntos internos alentando el separatismo de Taiwán. Y todo lo anterior, además, acompañado de sanciones que cuando se imponen a un país pequeño, como el nuestro, perjudican al «sancionado», pero cuando se imponen a países grandes y ricos en recursos, también resultan sancionados, y más, los sancionadores.
Así, los que sancionaron a Rusia sancionaron al mayor exportador de energía del mundo (y al mayor suministrador de Europa occidental), al mayor exportador de trigo, y se encuentra entre los mayores de cereales, al primer exportador de fertilizantes (sin los cuales se reduce considerablemente la producción de alimentos en el mundo); no tuvieron en cuenta que del metanol ruso depende la producción de productos industriales y médicos esenciales sin el que o no pueden producirse o cuyo costo de producción se multiplicaría; que exporta el zafiro artificial (80 % del mercado) necesario para la producción de semiconductores y chips que, en buena medida, depende de la producción rusa… todos componentes clave, aunque unos mucho más que otros, como los alimentos y la energía, de la vida moderna.
Las «sanciones», además, aceleraron la división del mundo en bloques, la prevista conversión del Brics en Brics plus por la solicitud de incorporación de más países, lo que aumentará aún más su importancia en el mundo y también el proceso, ya desde antes iniciado, de la desdolarización como consecuencia de la inflación galopante por el exceso de emisión de dinero fiduciario que precipitó la estanflación, y por el ulterior aumento de las tasas de interés en el intento de controlarla; por el uso de las monedas nacionales de Rusia y China y de Rusia e India en su comercio mutuo; por la desconexión de Rusia del sistema Swift, congelar sus cuentas y bienes en el exterior e iniciar procesos para su confiscación, lo que aceleró el uso del rublo, el yuan y la rupia en el comercio mundial. No menos importante es que las «sanciones» han impulsado proyectos como el mBridge, en el que participan el Banco Popular de China, la Autoridad Monetaria de Hong Kong, el Banco de Tailandia, el Banco Central de los Emiratos Árabes Unidos y el Centro de Innovación del Banco de Pagos Internacionales de Hong Kong creando posibles vías para la internacionalización del yuan, lo que continúa depreciando el dólar y precipita su final como principal moneda de reserva mundial.
Los hechos demuestran que el mundo unipolar que EE. UU. llegó a imponer no existe ya más, que la globalización neoliberal y el «orden basado en reglas» con que EE. UU. y Occidente pretendieron mantener su hegemonía desaparecen; que cada vez son menos los países dispuestos a seguir al otrora hegemon y menos aún los que admiten las criminales acciones punitivas unilaterales disfrazadas de democráticas y humanitarias; que los intentos por mantenerla perjudican a los pueblos del mundo, a sus propios pueblos y ponen en peligro la paz mundial. Surge un nuevo orden y en él está nuestro lugar.













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JOSE dijo:
1
16 de diciembre de 2022
20:11:41
Jose Alfonso Daza dijo:
2
18 de diciembre de 2022
19:24:32
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