El Chile de Salvador Allende, el que había ideado y abrazado aquella agrupación, que bajo el nombre de Unidad Popular (UP) se proponía un programa ambicioso con ideas socialistas como bandera y la participación popular como algo imprescindible, se enfrentó pronto a varias realidades, internas y externas, que abortaron tales intentos y dejaron nuevas enseñanzas.
El proyecto de unir las fuerzas de izquierda había comenzado con un llamamiento el 9 de octubre de 1969 y se concretaba en diciembre del propio año, cuando se afiliaban a la UP, además de los Partidos Comunista y el Socialista, otras agrupaciones. El 4 de septiembre de 1970, a la Unidad Popular la integraban la izquierda marxista, los socialdemócratas, los Cristianos por el socialismo, y sectores progresistas independientes.
Fue ese el contexto electoral en el que llegó al poder Salvador Allende y su bandera de combate, la Unidad Popular.
Antes de comenzar su ejercicio como presidente expresó: «…Desde aquí declaro, solemnemente, que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro, y quiero que lo sepan definitivamente, que al llegar a La Moneda, y siendo el pueblo gobierno, cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído, de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular».
Fue entonces que se lanzó a lo que sería su más grande y heroica batalla: la realización de un programa para reivindicar los anhelos populares, devolver a la soberanía nacional las grandes empresas, sobre todo del cobre, que estaban en manos de transnacionales de Estados Unidos, llevar adelante programas de salud acompañados con la construcción de modernos centros a los que el pueblo tendría acceso, así como planes de educación inclusiva, desarrollo agrícola y otros renglones.
Se planteó un cambio radical en la Constitución de la República. «Someteremos a la voluntad soberana del pueblo la necesidad de reemplazar la actual Constitución de fundamento liberal, por una de orientación socialista», declaró.
Muy pronto, desde Estados Unidos, el presidente Richard Nixon ordenó a la CIA interrumpir el gobierno de Allende por cualquier vía. Para ello, se usó la guerra sicológica, la presión económica y financiera que incluía sanciones, sobornos e, incluso, un plan de asesinatos contra figuras del nuevo gobierno chileno y, finalmente, el golpe militar y la muerte del presidente.
Otro factor, la falta de unidad, hizo también mella en el proceso que se desarrollaba en Chile bajo la égida de Allende y la Unidad Popular.
Las discrepancias dentro del movimiento de izquierda, las constantes faltas de consenso respecto a la estrategia a seguir por una u otra agrupación, debilitaron, sin dudas, el papel aglutinador en torno al Presidente y a la UP, que debió ser la base fundamental para consolidar la victoria lograda en las urnas.
Respecto a esa agrupación política, el intelectual cubano, Ricardo Alarcón, escribió: «A la distancia, el proyecto de la Unidad Popular parece como una hazaña que buscaba anticipar la historia. En realidad fue un aporte decisivo para cambiarla».
La enseñanza de entonces no puede menos que servir de referencia para enfrentar las sacudidas fascistas y neoliberales que hoy sufren varias naciones latinoamericanas.
Es hora de retomar las experiencias de la Unidad Popular en Chile. El enemigo externo es el mismo: el Gobierno de Estados Unidos, y el enemigo interno sigue siendo la falta de unidad. Es momento de revertir esta última y de unirnos todos para detener el paso del «gigante de las siete leguas».















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