Quienes esperaban un arranque plácido de Francia en Rusia 2018, quienes esperaban una demostración del poderío de una de las generaciones más talentosas del fútbol galo, se quedaron con las ganas en toda la línea, y eso que el rival era Australia, a priori, uno de los elencos de menor cartel en la presente cita universal pese a su amplio recorrido mundialista.
El cuadro dirigido por Didier Deschamps, uno de los grandes favoritos en todas las casas de apuestas, dieron una imagen gris, sin bríos ni profundidad pese a que en el campo coincidieron Griezmann, Mbappé, Dembelé, Pogba, Tolisso y compañía, nombres que situados en una misma oración pueden dañar la vista por el brillo que emanan.
Con ellos en el campo Francia quiso dejar claro que todo lo que se ha hablado de sus oportunidades no es pura palabrería. El tridente de ataque incordió desde temprano al meta Ryan y a toda la defensa australiana, algo desconcertada por las mil revoluciones por minuto del brioso cuadro europeo.
Sin embargo, salvo ese arreón inicial, apagado por los bomberos australianos o por el peso del tiempo, estos chicos casi no conectaron en Kazán, desarmados y víctimas de su propia vanidad, rasgo que este plantel necesita eliminar de tajo para concretar un Mundial acorde a las expectativas.
Con el paso de los minutos, el empaque y galantería que se esperaba de Francia cayó en saco roto, desapareció como por arte de magia, y Australia lo aprovechó en cierta medida, sin notables aproximaciones, pero con la convicción de que podía sacar algo más que un rosario de goles en contra.
La mejor ocasión de la primera mitad fue a favor de los socceroos, aunque se produjo por un despeje de Tolisso que casi se convierte en un golazo en contra, salvado sobre la línea por un felino Hugo Lloris, atónito por ser el responsable de sostener a su equipo con tantas estrellas por delante.
Ni siquiera el descanso despertó a los galos, incapaces de mover el balón con criterio y profundizar, lo cual hizo pensar en la debacle, porque sin cerebro en la medular y sin chispa ni velocidad en los desbordes costaba creer que pudieran sacar petróleo frente a los oceánicos, cuya mayor virtud era solo la buena ubicación.
Un pique aislado de Griezmann, una jugada que pudo terminar lo mismo en un despeje a un costado que en un saque de meta, terminó con el crack de Atleti en el suelo, reclamando un penal que el árbitro uruguayo Andrés Cunha, de entrada, jamás vio. Sin el VAR, el duelo hubiera seguido empatado a cero, pero el colegiado pidió la revisión y ahí se vio (a medias) un contacto de Risdon con Antoine.
El penal lo marcó el propio delantero, cuya sonrisa fue esfimera, porque en medio minuto Umtiti levantó las manos cual bailarín en el área y cayó otra pena máxima, pero en el área contraria, y también detectada por el VAR. Jedinak, vikingo barbudo, cambió el regalo por gol con suma facilidad y dio paso a una especie de ruleta rusa.
Sí, porque tras el empate pudo ganar cualquiera, o no. Los australianos inquietaron lo mismo que Francia, poco, pese a que no tenían cambios tan rutilantes como Fekir, Giroud o Matuidi, quienes, desde su entrada, aportaron respiración y presión, pero no pesaron en la creación, aspecto que, de hecho, no existió.
Tanto fue así que el segundo y decisivo gol de Francia llegó en otra jugada que lo mismo pudo terminar en un despeje australiano que en un saque de meta, como la del penal de Griezmann. En esta oportunidad solo cambió el protagonista, que fue Pogba, quien golpeó la pelota sin plena convicción de lo que pretendía hacer, y la misma, rozó en un defensor, pasó por encima de los dedos de Ryan, tocó en el poste y pasó la línea de sentencia por lo justo, tanto que el colegiado solo cantó el gol cuando vibró su reloj.
Así caía el bastión de los oceánicos, quienes, no obstante, pusieron a temblar a una de las selecciones más poderosas de Rusia 2018 con un fútbol muy elemental, basado en el cierre de los espacios y la correcta ubicación. Para Francia, el primer llamado de atención.



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