Por decisión de su padre, en 1847 y con apenas 18 años, Reynoso
parte para Francia con el propósito de continuar los estudios
superiores iniciados en La Habana, y matricula de manera simultánea
las carreras de química y medicina, en la Universidad de París.
Finalmente se inclina hacia la primera de las disciplinas
mencionadas, y logra doctorarse en Ciencias en 1856, defendiendo una
tesis sobre la formación del éter. Durante su etapa estudiantil hizo
diferentes investigaciones en química fisiológica humana, cuyos
enunciados fueron publicados en prestigiosas revistas del país galo.
Sobresale entre ellas la referida a la presencia de azúcar en la
orina humana, de ahí que algunos especialistas lo consideren el
primer cubano en analizar científicamente la enfermedad de la
diabetes.
Según plantea el Doctor Pedro Marino Pruna Goodgall, coordinador
del colectivo de autores del libro Historia de la Ciencia y la
Tecnología en Cuba, Álvaro Reynoso retornó a su tierra natal en
1858, y trajo consigo un laboratorio de química y una importante
biblioteca, adquiridos con sus propios fondos.
Al año siguiente fue nombrado director del Instituto de
Investigaciones Químicas de La Habana, y en sus esfuerzos por
dotarlo de equipamiento avanzado, importó desde Francia el primer
espectrómetro que existió en el país.
Uno de sus más significativos aportes radica en haber concebido
un sistema integral de medidas agrotécnicas dirigidas a garantizar
el cultivo intensivo de la caña de azúcar, basado en investigaciones
acerca de las condiciones físicas y químicas de los suelos y de la
propia planta, en la selección de nuevas variedades, el empleo de
fertilizantes y la irrigación del terreno.
El propósito del mismo era pretender reducir las áreas dedicadas
a la gramínea, a fin de favorecer la diversificación agrícola y la
eliminación gradual de la esclavitud.
Si bien estas acciones fueron aplicadas en otras zonas del mundo
donde la caña constituía un renglón clave de la actividad agrícola
(por ejemplo en la isla de Java, hoy perteneciente a Indonesia), en
Cuba no se tomaron en cuenta hasta mucho tiempo después.
Durante el transcurso de 1862, Reynoso publica su obra cumbre
titulada Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar, que
recogía toda la problemática vinculada a tan vital renglón de la
economía cubana de la segunda mitad del siglo XIX, incluidas las
recomendaciones para mejorar esa actividad.
La primera edición apareció en La Habana, mientras la segunda la
publicó en Madrid en 1865 y fue la que se tradujo y publicó en
holandés ese propio año, y en portugués, en Brasil, en 1868.
Como manifiesta el Doctor Pedro Pruna, más allá de su talento
para la química y la agronomía (se le considera el padre de la
agricultura científica en Cuba), Reynoso sobresalió también por sus
dotes de innovador e inventor.
Baste mencionar que al trasladarse nuevamente a Francia en 1864,
creó una máquina capaz de extraer el doble de jugo de caña que el
obtenido en los molinos de los ingenios. De ella llegó a construirse
un prototipo comercial, presentado en la Exposición Universal de
París, en 1878, donde mereció medalla de plata y fue adquirida para
ser instalada en la mencionada isla de Java, entonces colonia
holandesa.
Durante su segunda estancia de 19 años en la nación europea,
también ideó un proceso encaminado a preservar carnes en cámaras de
gas a presión, e incursionó en otros estudios relacionados con
preparaciones farmacéuticas.
Quizás una de sus facetas menos conocida sea la de haber sido
redactor de artículos científicos en el Diario de la Marina, aun
cuando este periódico no era partidario de la línea reformista, de
la cual era simpatizante el sabio cubano.
Desde sus páginas divulgó conocimientos agronómicos importantes,
propugnó limitar la tala de bosques y abogó por mejorar la
agricultura en Cuba.
Académico Fundador y de Mérito de la Real Academia de Ciencias
Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y Socio de Número de la
Sociedad Económica de Amigos del País, Álvaro Reynoso volvió a su
Patria en 1883.
Debido a la falta de apoyo gubernamental para establecer una
estación agronómica que había proyectado, pasó los últimos años de
su vida haciendo por su cuenta investigaciones experimentales en
caña de azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.
Enfermo y abandonado, murió en La Habana el 11 de agosto de 1888,
hace justamente 125 años. Su estatura como hombre de pensamiento lo
sitúa entre las glorias cubanas de todas las épocas.