Los oficiales del FBI recibieron una gran cantidad de información
detallada y concreta acerca de los grupos terroristas anticubanos,
incluyendo sus localizaciones exactas, con direcciones y números
telefónicos, fotografías y cintas grabadas en las que describían, en
sus propias voces, siniestros planes y muchos otros datos. En ningún
momento ellos protestaron o expresaron preocupación en relación con
la capacidad de Cuba o los métodos utilizados para obtener
evidencias tan precisas.
Solamente nos agradecieron y solicitaron algún tiempo,
argumentando que habían obtenido más evidencia, mucha más de la que
ellos podían haber esperado.
Cuando Gabriel García Márquez se reunió con colaboradores
cercanos del presidente Clinton en la Casa Blanca el 6 de mayo de
1998, nadie preguntó cómo Cuba había descubierto esos terribles
complots. Uno de los caballeros norteamericanos solamente dijo:
"Tenemos enemigos comunes".
Fue exactamente lo mismo en cada ocasión que nos reunimos en La
Habana, Washington o en cualquier otro lugar para discutir con los
funcionarios norteamericanos la información que teníamos sobre
atentados terroristas. Nunca se quejaron de ninguna forma, ni
directa ni indirectamente, ni siquiera en susurro.
Los funcionarios norteamericanos nunca objetaron nuestros
esfuerzos investigativos por algunas razones muy obvias. La historia
de violencia y terror contra Cuba es bastante larga —ha durado hasta
ahora medio siglo— y está muy bien documentada en una extensa
bibliografía registrada en los archivos del Congreso de Estados
Unidos y también está disponible en documentos oficiales
desclasificados, o en los que aún no lo han sido, los cuales,
debemos asumir, son bien conocidos por nuestras contrapartes
norteamericanas.
Con tales antecedentes Cuba tiene el derecho (incluso la
inexcusable obligación) de protegerse a sí misma y a su pueblo y de
descubrir qué están tramando aquellos que tratan de causar daño
material y sufrimiento humano. Este es el principio reconocido
universalmente de la legítima defensa.
Los norteamericanos estaban muy conscientes de eso. Como
seguramente recordaban, cuando conocimos de un intento de asesinato
contra el presidente Reagan y rápidamente compartimos con ellos la
información, a pesar de la antipatía del Gran Comunicador hacia
Cuba. Washington no protestó entonces, sino que expresó
agradecimiento.
Ellos también sabían que Cuba es solamente una pequeña isla en el
Caribe, con una población de un poco más de 11 millones de personas.
Cuba no tiene satélites captando información desde el espacio
ultraterrestre, tampoco tiene ninguno de los dispositivos
extremadamente sofisticados que son de uso común para los servicios
de inteligencia de Estados Unidos y de otras grandes potencias.
Cuba tiene solo inteligencia humana. Algo que ahora es admitido
como indispensable en Estados Unidos, algo que hubiera salvado
muchas vidas norteamericanas si hubiera sido utilizado acertadamente
por parte de Estados Unidos antes de los terribles hechos que
estremecieron a ese país en el 2001.
Y la nuestra no es una inteligencia humana a sueldo. Nosotros
nunca hemos gastado dinero, como otros que gastan muchos billones,
para comprar información o para contratar caros agentes en todo el
mundo. Nosotros dependemos del sacrificio generoso y heroico de
jóvenes como Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René.
Mucho antes de los atroces ataques del 11 de septiembre, Gerardo
Hernández Nordelo dijo estas simples verdades a una Corte
norteamericana, que lamentablemente fue incapaz de escucharlas:
"Cuba tiene derecho a defenderse de los actos terroristas que se
preparan en la Florida con total impunidad a pesar de haber sido una
y otra vez denunciados por las autoridades cubanas. Es el mismo
derecho que tienen los Estados Unidos de tratar de neutralizar los
planes de la organización del terrorista Osama Bin Laden que tanto
daño ha causado a este país y que amenaza con seguir haciéndolo.
Estoy seguro de que los hijos e hijas de este país que cumplen esta
misión son considerados patriotas y su objetivo no es amenazar la
seguridad nacional de ninguno de los países donde esas personas se
refugian".
Cuando Gerardo escribió esas palabras muchos de los individuos,
que más tarde usaron aviones civiles como armas letales contra
norteamericanos, estaban finalizando su entrenamiento ahí mismo en
Miami. Pero el FBI local no hizo nada para frustrar su horrendo
proyecto. No tenían tiempo para eso. Su tiempo estaba dedicado
exclusivamente a proteger a sus terroristas persiguiendo y
castigando a Gerardo y sus compañeros.
El FBI, al menos en Miami, no estaba combatiendo al terrorismo.
Ni tampoco estaba evitando los ataques contra los norteamericanos ni
contra Cuba. Estaba del otro lado de la cerca.