Cuando la Corte Suprema decidió no escuchar la
petición de los Cinco, los magistrados actuaron exactamente como se
les solicitó a nombre del Presidente Obama, mostrando que en este
tema, no ha habido ningún cambio, evidentemente ningún cambio en el
que nosotros podamos creer.
El pasado 14 de junio la Corte Suprema simplemente
se unió a las otras dos ramas del Gobierno en su hostilidad hacia el
pueblo de Cuba, que durante los años 90 había tenido entre sus
principales características su complicidad con la campaña terrorista
que ha costado vidas, sufrimiento humano y daños materiales, y que
Estados Unidos en lugar de evitar —como era su obligación— toleró y
promovió.
Inmediatamente después del derrumbe de la Unión
Soviética, Cuba entró en una extremadamente severa crisis económica,
para nosotros peor que la Gran Depresión de 1929. Este fue
precisamente el momento escogido por Estados Unidos para fortalecer
su bloqueo económico como se reflejó en la Enmienda Torricelli
(1992) y en la Ley Helms-Burton (1996). El trío —Torricelli, Helms y
Burton— al responderles a aquellos que objetaban las ilegales
legislaciones extraterritoriales les aseguraba a sus colegas que ese
era el último año del Gobierno dirigido por Fidel Castro.
Otros hicieron dinero fácil en esos días publicando
textos baratos, que anunciaban con fechas específicas el inevitable
fin de la Revolución Cubana. Esto se convirtió en un indiscutible
dogma para muchos académicos, políticos y periodistas y una fuente
de aliento para aquellos que han buscado venganza de forma activa
durante décadas.
Algunos, no satisfechos con lo que ellos percibían
como insuficiente agresividad por parte de Washington, trataron de
realizar un asalto final a la isla abandonada y aislada.
Paradójicamente, en septiembre de 1994 y mayo de
1995 Cuba y Estados Unidos tuvieron éxito en la negociación de
nuevos acuerdos migratorios en un ejercicio de tranquila diplomacia
privada que incluyó el compromiso de avanzar hacia el levantamiento
del bloqueo y una promesa de frenar las acciones terroristas contra
Cuba.
Fue entonces cuando el Sr. Basulto y sus seguidores
multiplicaron sus incursiones aéreas. Él fue muy franco al explicar
sus intenciones. La supuesta naturaleza "humanitaria" de sus vuelos
previos —ayudar a los cubanos indocumentados a entrar a Estados
Unidos— había desaparecido desde el 2 de mayo de 1995 con la nueva
política norteamericana de enviarlos de regreso a la Isla. Desde ese
día, como reconoció el Sr. Basulto, los vuelos continuarían y se
multiplicarían con propósitos subversivos. Casi a diario estaba en
los medios anunciando la próxima provocación y proclamando que Cuba
estaba tan debilitada por la crisis económica que no podía proteger
sus fronteras, ni siquiera impedir que él sobrevolara el centro de
la Habana, como hizo en más de una ocasión. Las autoridades de
Estados Unidos sabían lo que él y su grupo estaban haciendo, como
era sabido por cualquiera que tuviera un aparato de televisión
porque las provocaciones eran filmadas y reportadas en vivo por las
estaciones locales de Miami de las cadenas nacionales de televisión.
En 1995 y principios de 1996 hicimos todo lo posible
para persuadir a Washington de que impidiera esas provocaciones
aéreas completamente ilícitas. Le estábamos pidiendo solamente a la
administración norteamericana que respetara el derecho internacional
y cumpliera sus propias leyes y regulaciones nacionales.
Una oleada bastante intensa de comunicaciones
oficiales tuvo lugar entre las autoridades de ambos países a través
de la cual la parte norteamericana reconoció explícitamente el
carácter ilegal de los vuelos e inició, con la cooperación cubana,
los procedimientos administrativos contra los transgresores. O eso
fue lo que reiteraron en sus notas diplomáticas.
Además de por los canales abiertos, advertimos una y
otra vez, a los más altos niveles, tanto a las autoridades civiles
como militares de Estados Unidos.
Fidel Castro estuvo involucrado personalmente en
esas tareas. Pasó muchas horas con más de un importante visitante de
Estados Unidos, algunos de ellos con un evidente aval de la Casa
Blanca. Y tuvimos éxito en lograr un compromiso muy específico por
parte del Presidente Clinton de que esas provocaciones no volverían
a suceder jamás. (Acusación À La Carte, www.antiterroristas.cu,
Septiembre 7, 2009; Annals of Diplomacy, Backfire, The New Yorker,
January 26, 1998).
Algo bastante extraño sucedió en el camino de
Washington a Miami. Al parecer el Presidente Clinton dio
instrucciones específicas para que este compromiso se cumpliera.
Pero en esa peculiar ciudad (¿recuerdan a Elián?) las órdenes del
Comandante en Jefe de Estados Unidos no son siempre obedecidas. Tan
pronto la mafia de Miami supo de las instrucciones del Presidente,
los provocadores organizaron su última violación. Esa fue la
verdadera conspiración, la única, que llevó a los trágicos hechos
del 24 de febrero de 1996.
Increíblemente el Presidente Clinton reaccionó como
si nunca hubiera sabido nada y corrió a firmar la Ley Helms-Burton
en una deplorable ceremonia en la Casa Blanca, rodeado alegremente
por algunos de los verdaderos culpables, los mismos individuos que
lo desafiaron. Fue un año de elecciones presidenciales y Clinton
ganó fácilmente en Miami.
Esa experiencia hubiera sido más que suficiente para
que cualquiera se olvidara de la posibilidad de tener conversaciones
serias y alcanzar compromisos con socios tan frívolos, algo así como
una misión imposible.