La primera acta acusatoria, en septiembre de 1998,
inculpaba a los cinco cubanos de ser agentes de Cuba no registrados
y de otras violaciones menores. El gobierno también acusó a tres de
ellos —Gerardo, Ramón y Antonio— de "conspiración para cometer
espionaje." (Cargo 2).
La Fiscalía no acusó a ninguno de ellos de espionaje
en sí por una razón muy simple: no existió nada semejante y por lo
tanto nunca pudiera ser probado. Los fiscales fueron aún más lejos.
En su declaración inicial advirtieron al jurado que no esperara que
ellos revelaran ningún secreto ni nada por el estilo. Lo único que
tenía que hacer la Fiscalía era "convencer" a los miembros del
jurado que los acusados eran personas realmente malas capaces de
concebir un intento de poner en peligro la Seguridad Nacional de los
Estados Unidos en algún momento de un hipotético futuro. Y,
argumentaron, que los acusados tenían que recibir el castigo más
severo posible, porque eran unos tipos verdaderamente malos que
perturbaban la paz y la tranquilidad de Miami. ¿Recuerdan a Elián?
Para lograr ese objetivo los fiscales, a pesar de lo
que su propia acusación decía, hicieron en el juicio declaraciones
del tipo más violento, acusando a los Cinco de nada menos que tratar
de "destruir a los Estados Unidos" y recordándoles a los
atemorizados miembros del jurado que si no los condenaban estarían
"traicionando a la comunidad".
Los medios de comunicación se encargaron del resto.
Ellos siempre han presentado a los Cinco Cubanos como "espías", o
como personas acusadas de ser "espías". Los medios realmente se
excedieron en el cumplimiento de su tarea. Siguieron repitiendo la
misma cantinela, incluso después de que la Corte de Apelaciones
en banc concluyó unánimemente en septiembre de 2008 que no había
pruebas de que los acusados hubieran "obtenido o transmitido
información secreta" o de que hubieran dañado la Seguridad Nacional
de los Estados Unidos y por lo tanto decidió que las sentencias por
el Cargo Dos (conspiración para cometer espionaje) eran erróneas,
las anuló y decretó que Ramón y Antonio fueran resentenciados. (Undécimo
Circuito de la Corte de Apelaciones, No. 01-17176, DC, Docket No.
98-00721-CR-JAL , páginas 70-81).
Sin embargo, a pesar de reconocer que el mismo
procedimiento debía aplicarse a Gerardo, en un increíble acto de
discriminación judicial, el tribunal se negó a hacerlo aduciendo que
una cadena perpetua ya estaba pesando en su contra.
De hecho, era muy fácil darse cuenta de que en este
caso no estaba involucrada ninguna información secreta o militar, y
que la Seguridad Nacional de los EE.UU. nunca estuvo afectada. Eso
fue lo que dijo el Pentágono, en un lenguaje claro y sencillo antes
de que comenzara el juicio. Ese fue el testimonio, bajo juramento,
del almirante retirado Eugene Carroll (transcripciones oficiales,
páginas 8196-8301), del general de Ejército retirado Edward Breed
Atkeson (Idem páginas 11049-11199), del general y ex comandante del
Comando Sur Charles Elliot Wilhelm (Idem páginas 11491-11547), y del
teniente general retirado de la Fuerza Aérea James R. Clapper (Idem
páginas 13089-13235).
Sus testimonios no fueron secretos, sino que fueron
hechos voluntariamente en audiencia pública. Probablemente un
desfile como ese, de distinguidos y condecorados jefes militares
respaldando la inocencia de unos jóvenes revolucionarios cubanos, no
había ocurrido anteriormente ante un tribunal de los Estados Unidos.
Esto no fue noticia fuera de Miami, pero las transcripciones
oficiales del juicio están ahí para el que quiera leerlas.
Desde que los Cinco fueran condenados han tenido
lugar otros casos, cuyos resultados contrastan claramente con el de
ellos. Vamos a examinar muy brevemente algunos.
Khaled Abdel-Latif Dumeisi, acusado de ser un agente
no registrado del gobierno de Saddam Hussein. Fue condenado en abril
de 2004, en medio de la guerra de Estados Unidos contra Iraq, a 3
años y 10 meses de prisión.
Leandro Aragoncillo fue hallado culpable en julio de
2007 de transmitir información secreta de defensa nacional de los
Estados Unidos (alrededor de 800 documentos clasificados) obtenidos
desde su oficina en la Casa Blanca, donde trabajaba como asistente
militar de los vicepresidentes Al Gore y Dick Cheney. El Sr.
Aragoncillo fue condenado a 10 años de prisión, mientras que su co-conspirador,
Michael Ray Aquino, recibió una sentencia de 6 años y 4 meses.
Gregg W. Bergersen, un analista del Departamento de
Defensa, fue hallado culpable en julio de 2008 de suministrar
información de defensa nacional a personas no autorizadas a cambio
de dinero y regalos, y fue sentenciado a 4 años y 9 meses de
prisión.
Lawrence Anthony Franklin, un coronel de la reserva
de la Fuerza Aérea de EE.UU., que trabajaba en el Departamento de
Defensa, fue hallado culpable de entregar información clasificada y
de defensa nacional, incluyendo secretos militares, a representantes
de un gobierno extranjero y fue sentenciado a 12 años y 7 meses de
prisión. Sin embargo, nunca entró a una prisión federal. Estaba en
libertad mientras apelaba y en mayo pasado el Departamento de
Justicia retiró los cargos que sustentaban su caso.
Está de más decir que ninguno de los casos referidos
anteriormente fue juzgado en el sur de la Florida, ni involucraba
ningún intento de frustrar planes criminales.
Los Cinco recibieron, en conjunto, cuatro cadenas
perpetuas más 77 años. Ellos no trabajaban en la Casa Blanca, ni en
el Pentágono, ni en el Departamento de Estado. Nunca tuvieron ni
trataron de tener acceso a información secreta alguna. Pero hicieron
algo imperdonable. Lucharon contra el terrorismo anticubano y lo
hicieron en Miami.