Como reconocieron durante la selección del jurado,
el secuestro de Elián González y sus consecuencias para la comunidad
estaban muy presentes en las mentes de aquellos que serían jurados
en el juicio a los Cinco Cubanos unos meses después de que el niño
de seis años fuera rescatado por los federales.
Como todo el mundo, ellos habían seguido los hechos
relacionados con Elián que saturaron las noticias. Las caras de los
secuestradores, de sus promotores y seguidores, así como de otros
involucrados en el escándalo, se habían vuelto muy familiares para
los miembros del jurado. Las caras y dos detalles del drama de Elián,
con un carácter único y una conexión directa con el proceso de los
Cinco Cubanos.
Primero, la desconcertante conducta de todos los
funcionarios públicos de Miami, desde sus congresistas federales, el
alcalde y los comisionados hasta los bomberos y los miembros de la
fuerza policial, quienes abiertamente se negaron a obedecer la ley y
no hicieron nada para ponerle fin al más publicitado caso de abuso
infantil ocurrido alguna vez. Y, en segundo lugar, pero no por eso
menos increíble, que nada le ocurrió a un grupo de individuos que de
forma tan clara había violado la ley con el secuestro de un niño, y
la violencia y los disturbios que crearon en toda la ciudad cuando
fue rescatado por el gobierno federal. Nadie fue procesado,
arrestado ni multado. Ninguna autoridad local fue destituida,
sustituida ni invitada a renunciar. El caso Elián demostró que la
impunidad anticastrista reina en Miami.
Cuando los jurados se sentaron por primera vez en la
sala del tribunal para realizar su deber de ciudadanos, ellos
probablemente se sorprendieron. Ahí, en vivo, estaban las
"celebridades de Miami" a las que ellos estaban tan acostumbrados a
ver, día y noche, en la televisión local. Y estaban todos juntos,
algunas veces sonriendo y abrazándose unos con otros, como viejos
compinches. Los secuestradores y los encargados de "hacer cumplir la
ley" en contubernio con los fiscales (esas valientes personas que
nunca aparecieron cuando un pequeño niño estaba siendo molestado
frente a los medios de prensa).
Los jurados pasaron siete meses en esa habitación
mirando a, y siendo observados por, las mismas personas tan
familiares para ellos y que ahora estaban en el banco de los
testigos, en el área del público o en la esquina de la prensa, las
mismas personas que ellos van a encontrar frecuentemente en el
parqueo, en la entrada del edificio, en los corredores. Algunos de
vez en cuando mostrando orgullosamente el atuendo usado en su última
incursión militar a Cuba.
Los jurados los escucharon explicar en detalles sus
hazañas criminales y decir una y otra vez que ellos no estaban
hablando del pasado. Fue un extraño desfile de individuos
compareciendo ante una corte judicial y reconociendo sus acciones
violentas contra Cuba que fueron planeadas, preparadas y emprendidas
desde su propio vecindario.
Ahí, haciendo discursos, exigiendo el peor castigo,
difamando y amenazando a los abogados de la defensa.
La jueza hizo lo que pudo para tratar de preservar
la calma y la dignidad. Ella realmente le ordenó al jurado, muchas
veces, que no considerara ciertos comentarios inapropiados, pero
haciendo eso no podían borrarse de las mentes de los jurados sus
efectos perjudiciales y aterradores.
Las consecuencias fueron obvias. La decisión del
panel de la Corte de Apelaciones lo planteó en términos muy claros:
"la evidencia sacó a relucir las actividades clandestinas no solo de
los acusados, sino también de varios grupos de exiliados cubanos y
de sus campos paramilitares que continúan operando en el área de
Miami¼ La percepción de que estos grupos podían inferir daños a los
jurados que emitieran un veredicto desfavorable a sus puntos de
vista, era palpable". (Undécimo Circuito del Tribunal de
Apelaciones, No. 01-17176, 03-11087)
Pero hubo más. Después de oír y de ver la abundante
evidencia de actos de terrorismo que los acusados habían tratado de
evitar, el Gobierno tuvo éxito en defender a los terroristas al
lograr que la Corte inexplicablemente estuviera de acuerdo en
quitarle al jurado el derecho de exonerar a los Cinco sobre la base
del derecho de necesidad, que era el fundamento de su defensa.
El corazón de la cuestión, en este caso, fue la
necesidad de Cuba de proteger a su pueblo de los intentos criminales
de los terroristas que gozan de total impunidad en territorio de los
EE.UU. La ley en los Estados Unidos es clara: si se actúa para
prevenir un daño mayor, incluso si él/ella viola la ley en el
proceso, estará exento de cualquier incriminación porque la sociedad
reconoce la necesidad, incluso los beneficios, de ejecutar esa
acción.
Estados Unidos, única superpotencia mundial, ha
interpretado este principio universal para llevar la guerra a
tierras lejanas en nombre de la lucha contra el terrorismo. Pero al
mismo tiempo, se negó a reconocerlo para cinco hombres desarmados,
pacíficos, no violentos que, en nombre de un país pequeño, sin
causar daño a nadie, trataron de evitar las acciones ilícitas de
delincuentes que han encontrado refugio y apoyo en los EE.UU.
El gobierno de EE.UU., a través de los fiscales de
Miami, fue aún más lejos, hasta lo último, para ayudar a los
terroristas. Lo hicieron muy abiertamente, por escrito y con
discursos apasionados que curiosamente no se consideran de interés
periodístico.
Eso sucedía en el año 2001. Cuando los fiscales del
Sur de la Florida y el FBI local estaban muy ocupados castigando
duramente a los Cinco y ofreciendo protección a "sus" terroristas,
los criminales que ejecutaron el ataque del 11 de Septiembre se
estaban entrenando, sin ser molestados y desde hacía bastante
tiempo, en Miami. Debieron tener una razón de peso para preferir ese
lugar.