Un
día 11 de enero nació un hombre bueno. De esos que entregan a una causa
su vida, sin la seguridad de alcanzar recompensas. De esos que no
podemos darnos el lujo de olvidar.
Acaso el apellido libanés heredado de su padre le
puso aún más alta la meta. No podía ser menos porque todos esperaban
más de él, como siempre sucede con los hijos de los grandes sabios.
Gustavo no los defraudó. Su pasión por la
microbiología y parasitología le enrumbó el camino; y sobraron luego
las distinciones que avalaban sus aportes en el campo científico.
Nunca abandonó el laboratorio, allí se gestaron sus
sueños y grandes logros, allí se convirtió en un incansable
estudioso de las enfermedades tropicales, especializándose en
Virología. Allí se ganó el respeto de la comunidad científica y del
pueblo para el cual trabajaba.
Fundador del sistema cubano de investigaciones
biomédicas, el eminente profesor dedicó esfuerzos a la lucha contra
el dengue y su agente transmisor, el mosquito Aedes aegypti.
Al frente del Instituto de Medicina Tropical Pedro
Kourí (IPK), del cual fuese nombrado Honorífico Director Fundador,
trabajó para proteger a la población contra la introducción o
reintroducción de enfermedades consideradas exóticas, como la
malaria, que ya se había erradicado en el país.
Ayudar a los países del Tercer Mundo, desarrollar la
ciencia en el campo de la Bacteriología, Virología, Micología y
Parasitología, Epidemiología e Infectología, así como la atención
integral al paciente de SIDA, fueron otros de los propósitos de su
vida.
Héroe del Trabajo de la República de Cuba y
merecedor entre otras tantas de la Orden Carlos J. Finlay, Hijo
Ilustre de la Ciudad de La Habana, pero sobre todo hijo amado y
respetado de Cuba.
Un día 11 de enero, pero de 1936, nació el
profesor Gustavo Kourí Flores, uno de esos hombres buenos, que
podemos llamar imprescindibles.