Sea o no el primer cartel político ubicado en un sitio público de
la Cuba colonial, como señala la historiografía, lo que sí está
claro es que el mensaje, ahora grabado en bronce en el mismo sitio,
anuncia desde bien temprano ese espíritu de lucha que por siglos ha
acompañado a los habitantes de Trinidad, la ciudad que este domingo
festeja sus primeros 500 años de fundada.
Por aquellos tiempos José Aniceto Iznaga y Borrell y el doctor
José Hernández Cano capitanearon la que se conoce como conspiración
de 1823; y tiempo después (1827) las ideas del primero lo llevaron a
entrevistarse con el Libertador Simón Bolívar, para tramitar con
este la independencia de Cuba, una empresa a la que se aventuró con
toda su fortuna incluida.
El apoyo de Trinidad a la gesta emancipadora de 1868 ahondó la
crisis del sector azucarero en la región, que al término de la
guerra grande había reducido su producción a solo 3 mil bocoyes en
las ocho industrias, que todavía se mantenían laborando en el decadente
Valle de los Ingenios.
Los trinitarios proclaman con orgullo las hazañas del general
Lino Pérez y del brigadier Juan Bravo en la guerra del 95, contienda
en la que uno de sus hijos, Hugo Roberts, se desempeñó como médico
personal del general Antonio Maceo en su campaña por Occidente,
donde además cumplió otras misiones como oficial del Ejército
Libertador.
La rebeldía de la región no terminó con la República, etapa en la
que proliferan las manifestaciones de sus hijos contra los gobiernos
de turno; las acciones a favor del pago del diferencial azucarero,
una lucha que lideró hasta su muerte el dirigente obrero Jesús
Menéndez; o los alzamientos de jóvenes revolucionarios en las
montañas del Escambray, llegado el momento de la lucha
insurreccional.
Con la Revolución en el poder, los enemigos se equivocaron más de
una vez con Trinidad: primero fue la invasión trujillista —derrotada
en horas— en agosto de 1959; luego, la idea de realizar el
desembarco mercenario por sus costas, proyecto igualmente abortado;
y casi de manera simultánea, la creación de decenas de bandas de
alzados en las montañas del Escambray, algunas tan cercanas a la
ciudad que incluso llegan a rozarla.
Hasta las mismas lomas a donde antes habían subido a hacer
Revolución regresaron cientos de trinitarios, ahora con traje de
miliciano, a librar una guerra contra el terror que costó al país
más de 1 000 millones de pesos y cientos de vidas humanas, episodio
que vino a confirmar la validez de aquel pasquín misterioso que hace
casi 200 años amaneció colgado en la Iglesia de Paula.