Disfrutar del amor profesado por los abuelos es un privilegio que
merece concederle alta estima. Los hijos, nietos, la familia toda,
han de reciprocar con bondades a quienes durante décadas velaron por
nosotros y fueron los puntales del hogar.
La vida, el interés por las cosas bellas, los momentos
agradables, no terminan con la llegada a la tercera edad. Varían las
artes y mañas para asumir esa realidad, cuando es preciso hallarle
aristas positivas a la existencia en aras de sentirse útil, sin
renegar ante la gradual disminución de la versatilidad de la mente y
el cuerpo.
El paso inicial para encontrar acomodo en el inminente devenir,
es aceptar el cambio, por ejemplo, al estilo de aquellos veteranos
eternamente jóvenes, orgullosos y convencidos de que cada edad posee
su en-canto.
Si los más activos de la familia tienen plena conciencia de su
rol, han de considerar que los abuelos no son muebles en desuso a
los que se les arrincona y mucho menos se les niega opinar sobre
cualquier tema, solo porque ya no poseen las mismas condiciones para
aportar como en el pasado. Es injusto condenarlos a que se
conviertan en simples mandaderos velando por cuanto producto llegue
a la bodega, o limitarlos a cuidar de los menores para que sus
padres salgan a disfrutar de una fiesta.
Mientras el envejecimiento gana terreno en Cuba, ello nos exige
aumentar los puntos de apoyo que los descendientes debemos propiciar
a quienes contribuyeron, desinteresadamente, con nuestra formación
como hombres y mujeres, y hoy continúan esa bella obra amantes de
los nietos.
La preocupación por mantenerlos saludables —en primer lugar
correspondiente a la familia— ha de perdurar, con independencia de
que la Revolución pone especial énfasis en mejorar las condiciones
de los Hogares del Adulto Mayor, en los Círculos de Abuelos y
continuará incrementando las garantías para las personas de la
tercera edad.
Gracias a las instituciones antes mencionadas, a los programas de
salud y al constante hincapié en que se ejerciten para elevar la
calidad de vida, hoy muchos abuelos entran en su séptima, octava o
novena década de vida con capacidad para valerse por sí mismos,
dispuestos a departir en el hogar y con los vecinos del barrio. En
cualquier lugar de la Isla donde residen, se convierten en un
símbolo para la comunidad, son dignos de admiración y respeto.
También la realidad nos coloca ante el caso de un familiar urgido
de ayuda para satisfacer sus necesidades y requiere de las
atenciones de un cuidador. Este, más allá de los sinsabores, en
reiteradas oportunidades descubre en sí mismo cualidades que nunca
imaginó poseer.
Intensa es la experiencia, transitar por ella suma vivencias que
pueden insuflar aliento y enriquecer el espíritu de otros de igual
manera responsabilizados con la vida de una persona mayor apremiada
de una asistencia especial.
El diario quehacer de alguien dedicado a velar por un ser querido
acusará cambios sustanciales, situaciones para las que deberá
prepararse, al variar sus relaciones con el resto de la familia y
sus amistades, ver afectadas la posibilidad de trabajar y su
economía, además de reducírsele el tiempo libre.
La sobrecarga abrirá paso a la aparición del llamado síndrome del
cuidador (agotamiento, trastorno del sueño, irritabilidad, ansiedad,
cefaleas, sentimiento de tristeza). Por ello —de existir las
condiciones— conviene asumir la faena entre varios integrantes de la
familia, para aliviar el peso físico y síquico.
A contrapelo de los anteriores riesgos prevalecerá la convicción
de por qué se afronta tal responsabilidad. Ello reconforta y da
fuerzas para no claudicar en el deber de retribuir con el esfuerzo
la entrega de los abuelos, pues los empeños por atenderlos como
merecen no se comparan con lo que hicieron por nosotros, incluso,
desde antes de haber nacido.