Qué diría el ciudadano medio norteamericano si un día se entera
que desde Cuba se organizan redes para derrocar al gobierno de su
país, y se financian programas destinados a destruir la misma
esencia de su sistema político.
Esto, ni más ni menos, es lo que ha venido haciendo el gobierno
de Estados Unidos contra Cuba por 55 años. No se trata de una
ficción ni de una reacción paranoica. Basta con abrir ahora mismo el
sitio oficial de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo
(USAID). Allí, sin el más mínimo pudor, se detallan las partidas que
irán recibiendo hasta septiembre de 2014 o 2015 según el caso siete
organizaciones asociadas a sus programas anticubanos, a saber, la
Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, el Grupo de Apoyo a la
Democracia, International Relief and Development, Pan American
Development Foundation, New American Foundation, el Instituto Internacional
Republicano y el Instituto Nacional Democrático.
Para justificar su accionar contra nuestro país, la USAID
despliega al frente del sitio unas palabras pronunciadas el 19 de
diciembre del 2011 por el presidente Barack Obama, que resumen una
retórica goebbeliana, cuando no una lamentable ignorancia: "El
futuro de Cuba debe ser determinado libremente por el pueblo cubano.
Tristemente este no ha sido el caso por décadas ni es el caso hoy.
El pueblo cubano merece los mismos derechos, libertades y
oportunidades que cualquier otro. Y es por ello que Estados Unidos
continuará apoyando los derechos básicos del pueblo cubano".
Comprendamos, sin embargo, que solo mintiéndose a sí mismos y a
los contribuyentes, se puede desatar un montaje ofensivo de tamaña
magnitud contra un país vecino que nunca, ni por asomo, ha atentado
contra las instituciones norteamericanas.
No es historia antigua la que aquí se expone. El 10 de julio del
año pasado, bajo el enigmático código SOL-OAA-13-000110, la USAID
circuló un documento mediante el cual se ofrecían seis millones de
dólares a unas 20 supuestas organizaciones no gubernamentales a fin
de que estas canalizaran recursos para el "entrenamiento" de
"disidentes" dentro de la Isla. (Y luego se insultan cuando se les
llama mercenarios).
Por esas mismas fechas William Ostick, portavoz de la Oficina de
Derechos Humanos, Democracia y Trabajo del Departamento de Estado,
anunció el inicio de un proceso de licitación para que aquellas
organizaciones interesadas en "promover los derechos humanos en
Cuba" accedieran a fondos gubernamentales.
La oferta quedó explícitamente detallada: un millón y medio de
dólares para el llamado periodismo independiente; 850 000 dólares
para herramientas digitales; 750 000 dólares para los derechos
laborales; y 500 000 dólares para la igualdad y defensa de la
población afrocubana. Estos dos últimos acápites resultan
reveladores: por derechos laborales debe leerse el intento por
dinamitar la unidad del movimiento sindical cubano justamente en
medio de la convocatoria al Congreso de la CTC, mientras que la
extemporánea apelación a la "población afro-cubana" —entre nosotros
los negros y mes-tizos no nos llamamos a nosotros mismos
"afrocubanos" como los blancos tampoco "eurocubanos"— parece un
intento desesperado por introducir una cuña divisoria en la unidad
de la nación.
Estos son apenas unos cuantos datos —públicos, por demás; qué no
habrá debajo de la superficie— imposibles de desconocer para tener
la medida del escenario hostil y agresivo en el que debemos
desarrollar nuestros programas de actualización, consolidación y
perfeccionamiento del modelo socialista cubano.