Los hombres la reclamaban. Tenían la certeza de que llegaría, en
algún momento, aunque fuera solo con 12 hombres. El amor a la
libertad, diría uno de ellos llamado Ernesto, solo se iguala al odio
por quien te la quita. En ella se refugia todo sentimiento humano de
expansión, de conquista, de dignidad, como si el ahogo por no
tenerla fuera demasiado asfixiante.

Entonces los hombres lucharon por conquistarla. Y la
conquistaron. Desde los que dejaron a un lado sus familias, sus
riquezas y preferencias personales, hasta quienes convirtieron la
lucha en su única y verdadera satisfacción, los hombres llegaron a
la libertad por un camino largo y lleno de dejaciones. Y un día se
convirtió en un hecho, y para legitimarlo, una paloma se posó en el
hombro de quien dirigió la lucha por la libertad.
Los hombres salieron del fondo de sus casas, de los huecos de sus
patios donde escuchaban las transmisiones de radio, de la pobreza,
el hambre, y tomaron un farol, para aprender a enseñar. La sombra de
los árboles se convirtió en aula improvisada y allí conocieron de
las letras y los números, y de los libros. Aprendieron de la
libertad.
Así fue creciendo, poco a poco, el símbolo que ella traería entre
sus manos, para regalarle a la gente. Se nombró Revolución. Llegó a
cada cubano, al que la recibió con los brazos abiertos, al que la
rechazó y criticó, a quien no podía entender qué estaba pasando,
pero se dejó llevar.
Porque la Revolución se metió en la gente, en sus casas, sus
sueños. Convivió con cada hombre en sus dificultades. Se equivocó
también, y lo reconoció. Enseñó a pensar.
Tuvo enemigos, claro está. Los tuvo y los tiene: quienes sienten
que ante sus narices un pueblo conquistó su autonomía, en un mundo
donde la gente es cada vez más dependiente.
Hubo un momento que el odio visceral entró a la Isla que había
alcanzado la libertad, por aquello de no aceptar los precios del
mercado que se le exigían, en nombre de la libertad. Y los hombres
libres volvieron a defenderla. Fue en el mes de abril, cuentan,
cuando en Playa Girón se batieron a capa y espada, por mantenerla.
No se cansó la Revolución, y siguió su empeño de defenderse, aun
cuando la historia se repitió una y mil veces. Los dueños de la
explotación, el caos, la desigualdad, le impusieron un bloqueo. A
partir de ese momento fue más difícil comprar, vender, negociar,
vivir... . Sin embargo, los hombres que pelearon por la libertad,
siguieron creyendo en la importancia de no perderla.
Ella comenzó a meterse en la sangre de la gente, en el ADN, a ser
la única y definitiva forma de vivir. Al punto de que en los
momentos más difíciles, en esos años llamados Periodo Especial, sus
hijos se convirtieron en artífices de los más insospechados oficios.
El bolsillo de los habitantes del país se empezó a aligerar y
proporcionalmente las iniciativas de las mujeres y los hombres
comenzaron a ser cada vez más diversas. Fue necesario buscar
soluciones para enseñar y alimentar, pero ninguna significaría
renunciar a la libertad.
Ahora, a más de medio siglo de alcanzada, Libertad continúa
siendo el calificativo de una Revolución renovada e independiente,
con 11 millones de hijos dispuestos a luchar por sostenerla.