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Primero de Enero
Dos testigos, una emoción
Dilbert Reyes y
Eduardo Palomares
Santiago
de Cuba.— El primer día de enero de 1959, casi Santiago entero cupo
en las calles y la plaza principal de la ciudad.
Por diferentes rutas y desde todas direcciones avanzaron los
barbudos que bajaban de la Sierra, mientras eran aclamados por el
pueblo convertido en masa eufórica.

Miguel
Franco muestra una foto junto a otros combatientes del Ejército
Rebelde el 1ro. de Enero de 1959.
Aquella jornada fue una muy clara expresión de que la causa
rebelde era popular; pues de no ser por los uniformes, las armas y
las barbas largas, no podrían diferenciarse pueblo y guerrilleros.
UN SENTIMIENTO LIBERADOR
"¡Batista se fue, se cayó Batista!, fueron los primeros gritos
que llamaron la atención en mi casa. La gente se volcaba a las
calles y yo, una adolescente de 14 años, salí con una tía a
confirmar la noticia", cuenta 55 años después, la actual
Historiadora de Santiago de Cuba, la doctora Olga Portuondo Zúñiga.
"Aunque tenía parientes vinculados en la clandestinidad a la
causa revolucionaria, y conocía de los justos principios que
proclamaban, todavía yo estaba muy lejos de imaginar lo que sería la
Revolución.
 Doctora Olga Portuondo, Historiadora de Santiago de Cuba.
"Sin embargo había conocido del terror y la crueldad sangrienta
desatada por la tiranía, cuando, por ejemplo, vi asesinar frente a
mi casa al jovencito Omar Girón. Mi barrio era el mismo del cuartel
Moncada, y desde el asalto en 1953, la zona había vivido en
permanente estado de sitio, con la tensión constante de la
persecución y las ejecuciones a sangre fría.
"Por eso nada más que el anuncio de la huida de Batista nos colmó
de entusiasmo y alegría, y nos arrastró, junto a la muchedumbre
hacia el parque Céspedes, donde se aseguraba que hablaría Fidel.
"Ciertamente fue largo el tiempo de espera. Algunos se marchaban
dada la hora tardía, pero aún así el parque permaneció lleno hasta
que llegó el jefe rebelde y se asomó al balcón del Ayuntamiento. La
curiosidad y la esperanza alimentaban la euforia de la gente, y
mientras él discursaba, el pueblo aclamó y ovacionó varias veces sus
palabras.
"Con 14 años, inocente todavía de lo que significaba en toda su
dimensión aquel cambio trascendental, no podría decirles que escuché
e interpreté con profundidad aquel discurso. Incluso para aquella
adolescente Fidel solo era el guerrillero, el jefe de la Sierra, el
hombre del Moncada.
"Pero de algo sí estaba clara aquella jovencita esa jornada: el
1ro. de Enero de 1959 experimentó el más grande sentimiento
liberador, la certeza de que al fin terminaba el pánico en la calle,
el terror, el miedo a la represión de muchos años. Eso vi en aquel
Fidel hablando en el balcón, y en aquel ejército de hombres que
entraron a la ciudad, barbudos, de verde olivo, con olor a monte".
CON FIDEL HASTA SANTIAGO
La misma intensa emoción, pero desde una perspectiva diferente,
vivió aquel día el combatiente Miguel Franco Rodríguez.
Pocos meses antes había subido a la Sierra, escapando de la
persecución de la tiranía por sus actividades clandestinas, y pronto
fue integrado a la Columna 9 que operaba cerca de la ciudad, por la
dirección de El Caney.
"El rumor de la huida de Batista se había regado entre la tropa;
pero permanecíamos tranquilos en el campamento que dirigía Filiberto
Álvarez, "El Negro". De pronto, recostado de un ciruelo, veo
acercarse dos carros, y en el segundo iba Fidel. Casi me paraliza la
emoción, pues aunque lo había visto en imágenes, no conocía
personalmente a mi Comandante. Me impresionó de verdad.
"Fue ahí donde comencé a vivir el privilegio de acompañarlo, a
modo de escolta —aunque tenía la suya— hasta la entrada a Santiago.
Del campamento lo seguimos hasta El Escandel, donde se negoció la
rendición de Santiago, y des-de ahí, ya de noche, emprendimos la
ruta en caravana a la ciudad.
"Desde el mismo inicio de la avenida Garzón la calle era un mar
de gente, saludando, queriendo tocar las manos, el uniforme,
pidiendo una balita de recuerdo, un collar, y así fue hasta llegar a
la emisora de radio CMKC.
"Custodiamos la entrada de la planta hasta que el jefe salió y
enrumbamos luego hacia el parque Céspedes. Tanta gente había que al
menos mi carro no llegó a la plaza y avanzamos a pie, justo hasta
ubicarnos en uno de los costados bajo el balcón, para observar y
proteger.
"No cabía un alma en aquel parque. La aparición del líder fue
casi mágica, y la gente desbordaba de emoción. Nosotros mismos no
escapábamos al ambiente del momento y mientras el jefe hablaba
evocábamos los compañeros caídos en la lucha.
"Tratamos de mantener firme hasta el gesto, pero a cualquiera se
le aguaban los ojos. Fue-ron tantas emociones y tantos los recuerdos
que hoy, 55 años después de la victoria, no es posible que nos
quepan en la memoria". |